ANTONIONI Michelangelo (1912-2007)

Professione: reporter (El reportero) (1975: 6.0)

Desaconsejable es no relacionar Professione: reporter, coproducción (Italia, Francia, España) dirigida por Michelangelo Antonioni en 1975, con filmes de su época, de su década, como La rupture (Chabrol, 1971), La salamandra (Tanner, 1971), Walkabout (Roeg, 1971), Max et les ferrailleurs (Sautet, 1971), What? (Polanski, 1972), La noche se mueve (Penn, 1973), The Long Goodbye (Altman, 1973), La conversación (Coppola, 1974), Obsesión (De Palma, 1976), Stroszek (Herzog, 1976), El amigo americano (Wenders, 1977), The Shout (Skolimowski, 1978), incluso La muerte en directo (Tavernier, 1978). En todas ellas, de una u otra manera, cunde el desánimo, hay hombres aniquilados por su tiempo y su espacio, se perciben desencuentros entre significados y significantes, ruptura de generaciones, incomprensión ante los hechos, ansias por registrar lo real y frustración al conseguir sólo fragmentos, indicios, sucedáneos.

La historia de El reportero es de Mark People, guionista o coguionista de películas como El último emperador, El pequeño Buda o El cielo protector, amante de los grandes espacios abiertos y de la Historia imbricada en historias más pequeñas, especialista en encuentros con “el otro”, tomándolo como aquel o aquello (como ente) distinto de lo occidental, lo racional, lo que solemos llamar civilizado.

El actor principal es Jack Nicholson, experto siempre en personajes desequilibrados, imprevisibles, histriones, en aquellos años convertido en tipo liberado, peligroso, subversivo, según los casos y las películas: Five Easy Pieces (Rafelson), Conocimiento carnal (Nichols), Chinatown (Polanski), Alguien voló sobre el nido del cuco (Forman), El resplandor (Kubrick)…

La actriz (no principal pero sí la) que más sale en El reportero y, como era de esperar, se lía con Nicholson es una joven Maria Schneider a la que todos recordamos por El último tango en París. Antonioni, que no es Bertolucci, no la explota sexualmente ni permite que lo haga un apático Nicholson, en consonancia con la filosofía, podríamos decir, de la película, y del cine de Antonioni en su conjunto.

Porque probablemente toda película de Antonioni, más (El desierto rojo) o menos (El reportero) conseguida, pueda verse como una investigación en torno a la indiferencia: asunto metafísico y ético de la mayor relevancia. Investigación, también, en torno a una decisión, a veces en los alrededores de un crimen; sin sospechosos ni coartada ni móvil ni enigma. O el engima es la película entera. La película se construye para esbozar un enigma: su solución guarda tanta relación con el resto de cine de Antonioni como con el tipo de cine que se hacía (algunos lo hacían) en aquellos años, como quise demostrar con la lista de ahí arriba.

Pocas palabras, mucho espacio, la pantalla como un lienzo (de ahí aprendió W. Kar-Wai).

En mi pieza sobre la reciente película Nowhere Man, de P. Toye, mostraba mi desconcierto sobre la posible influencia que las obras de Antonioni habrían ejercido sobre la realizadora belga, según palabras suyas. Vista El reportero, entiendo algo mejor tal aseveración. En efecto, el Jack Nicholson de El reportero, como el personaje de Nowhere Man, desea escabullirse del mundo que le ha tocado en suerte, desaparecer, cesar en sus responsabilidades, esfumarse y vivir de otra manara, sin pensar, sin cuestionarse la felicidad.

El cine de Antonioni materializa (en Blowup de manera hiperrealista) el papel de los intermediarios, la imagen, las noticias, los signos, todo aquello que media entre lo real y nosotros (el personaje, el espectador: investigadores todos de lo real), todo aquello que distorsiona la verdad: Antonioni subraya lo ficticio de las representaciones, despojándolas así de “drama”, de sentimiento. Poniéndolas en su sitio, pero al mismo tiempo dejando al espectador desnortado y sin saber qué sentir o pensar. O en qué creer.

Sin haberme atrevido a colocar ninguna de sus películas (tampoco Todo va bien) en la lista del inicio, admito que he visto a Godard entre líneas en El reportero, el Godard más disperso, acaso espeso, nada alegre ni esperanzado ni ligero, un Godard artificioso.

A todo esto, otra película que me vino a las mientes, y no estoy de broma, mientras veía la segunda mitad de El reportero es, obviamente, Vicky Cristina Barcelona, el garrafal fallo del último Woody Allen, ya que la Barcelona (y la Almería: la España) que nos pinta Antonioni cae en algunas de las gansadas cometidas por el gran (y despistado) Woody, las estampas tópicas, el folclore. Surgió de ellas, por cierto, en un momento (para mí) surrealista, en un mínimo papel como empleado de un hotel, el ex presidente del F.C. Barcelona, Joan Gaspart (su rostro ya congestionado), a quien, vaya, no esperaba encontrarme en un film de Antonioni…

Insiste, e insiste demasiado Michalangelo Antonioni en la exposición o plasmación de sus teorías acerca de la ausencia de significados y de destino. La furia estética, las palabras lapidarias y la metafísica entre sociológica y lujuriosa de El desierto rojo están, un decenio después, muy desinfladas. Desenchufadas, diría. Le falta fuelle a este Antonioni, autor de un tratado de consentido existencialismo sobre el vital sinsentido, la deriva sin ilusión ni tormento, la difusa identidad con doncella y con muerte, un vagar sin compromiso ni placer ni metas.