SCOTT Tony (1944-2012)

The Last Boy Scout (El Último Boy Scout) (1991: 2.0)

El habilidoso pero vulgar realizador de Top Gun, Amor a quemarropa, Enemigo público o Spy Game, Tony Scott, dirigió a Bruce Willis (eufórico tras La jungla de cristal, en plan Harry el Sucio) en la brutal, cardiaca, descerebrada, estereotipada y estruendosa El último boy scout. Era el tipo de película USA estrenada en todo el planeta, también en España, claro: así viene sobreviviendo (¡pobrecita!) nuestra gloriosa industria del doblaje, encauzada como Dios manda hace ya decenios gracias al General Franco, que no sólo hizo pantanos, el hombre.

Un tipo de películas que, invariablemente, se ponía en las primeras posiciones del “hit parade” de las recaudaciones; esto sigue ocurriendo, si bien con películas algo distintas, ya que las tendencias y modas van ligeramente modificándose; pero a lo que voy es a esto: causa sonrojo recordar cómo tal reaccionaria tontería repleta de violencia y malos humos pudo copar la cartelera en media Europa. Causa sonrojo comprobar una vez más el daño que las multinacionales USA (con sus nefastos lotes que apestan a la peor ideología yanqui), aliadas con la susodicha y eterna industria española del doblaje, han hecho en nuestro territorio cultural. Los resultados saltan a la vista, diecisiete años después de películas como ésta: mi generación, la de los adolescentes que veíamos (yo, por lo general, no) esta clase de americanadas, anda bastante atontada en su mayor parte, adicta a los videojuegos más agresivos y bestiales, ansiosa por amasar dinero para pagarse los “gadgets” tecnológicos de última generación y los “spas” relajantes; está resignada a leer el Marca y el AS; ha desertado de las lecturas con algo de gancho o profundidad y de los debates de ideas. A lo máximo que llegan o aspiran tantos y tantas de ellos/as es a El Club de la Comedia y los tebeos y tatuajes; a salir de compras, chatear en Internet, sacar una oposición o hacer cursos de doctorado; a las vociferantes tertulias televisivas o a “salir de fiesta”; a Andy Warhol, Lost, Tarantino y Muchadada Nui... A todo esto, una Susan Sontag ya veterana, en Ante el dolor de los demás (de 2003, traducción al español de Aurelio Major), señalaba, entre otras cosas:

 

La conmoción puede volverse corriente. La conmoción puede desaparecer... Al igual que se puede estar habituado al horror de la vida real, es posible habituarse al horror de unas imágenes determinadas.

 

Las imágenes que habrían tenido a los espectadores encogidos y apartándose de repugnancia hace cuarenta años, las ven sin pestañear siquiera todos los adolescentes en los multicines. En efecto, la mutilación es más entretenida que sobrecogedora para muchas personas en la mayoría de las culturas modernas.

 

Claro que, en una actitud que combate la apatía y aboga por la responsabilidad, lucidez y autonomía del individuo, es decir, del espectador, Sontag también escribía más adelante:

 

Debemos permitir que las imágenes atroces nos persigan. Aunque sólo se trate de muestras y no consigan apenas abarcar la mayor parte de la realidad a que se refieren, cumplen no obstante una función esencial. Las imágenes dicen: Esto es lo que los seres humanos se atreven a hacer, y quizá se ofrezcan a hacer, con entusiasmo, convencidos de que están en lo justo. No lo olvides.

 

En todo caso, según Sontag: “Nada hay de malo en apartarse y reflexionar. Nadie puede pensar y golpear a alguien al mismo tiempo”. Señor Tony Scott: no lo olvide.