ARISTARAIN Adolfo (1943-_)

Roma (Roma) (2004: 7.0)

En una entrevista virtual de diciembre de 2008 (en La Periódica Revista Dominical), el director argentino Adolfo Aristarain, respondiendo a qué es lo que admira de los directores del período clásico norteamericano (Ford y Hawks; Walsh, Fuller, Aldrich, etc.), señala (mis “negritas”):

 

Las virtudes de estos tipos son claras: técnica narrativa, algo que decir sobre la gente, manejo de las elipsis, desprecio por el virtuosismo y estilo no buscado. Y oído para el diálogo, sin temor a que hubiera mucho diálogo, que no molesta cuando es coloquial y que tiene que ser informativo sin que se note. Habían hecho cine mudo y sabían que en el cine mudo se hablaba hasta por los codos. Los críticos inventaron que el cine es imagen pero no hay nada más aburrido que ver gente que se mueve y no pasa nada. Y tenían un estilo rápidamente identificable. El estilo aparece cuando no se lo busca. 

 

(“El estilo aparece cuando no se lo busca”: entrevista de M. Abadía, R. Santander y A. Baena en http://laperiodicarevisiondominical.wordpress.com/2008/12/10/entrevista-a-adolfo-aristarain-el-estilo-aparece-cuando-no-se-lo-busca/)

 

Seguramente esas sean también las virtudes que ha perseguido y alcanzado Aristarain, al menos en las películas que he visto, la interesante Martín (H), la estupenda Un lugar en el mundo y la extraordinaria Lugares comunes, a la que se le une aquí y ahora la atractiva (pero demasiado larga y desequilibrada) Roma.

Con guión de Aristarain y colaboración de Mario Camus (y de Kathy Saavedra), éste es un cine sólido y luminoso (la fotografía de José Luis Alcaine tiene algo que decir), musculoso en ideas y meláncolico en emociones. Sufre por cierto artificio en situaciones y diálogos, pero convinamos en que hablamos de un cine adulto y para adultos, una perenne tercera vía donde los sentimientos se dan la mano con los pensamientos, donde no hay lugar para la frivolidad formalista ni para la banalidad minimal. Éste es un cine honesto, elaborado, sincero, clásico y  bello en el que, a mi modesto entender, las actrices están siempre mejor que los actores, que tienden acaso (y aquí el guión es el responsable) a considerarse demasiado importantes; claro que, en este sentido, es un cine masculino que nos permite soñar, a muchos, con mujeres (y perdón por la cursi pretensión) que nos entiendan. Cómo no disfrutar, cómo no sonreírse cuando vemos y oímos un diálogo a la entrada de un cine (antes de Las uvas de la ira) en el que la amiga ocasional, muy “liberada”, del protagonista Juan Diego Botto habla con conocimiento y suficiencia sobre la filmografía de John Ford…

No hay por qué ser paternalistas ni agrios, pero tampoco tontos; es cierto que no me muevo por los círculos llamados culturales o cinéfilos, pero ni siquiera a las pocas críticas (mujeres) de cine que he leído se les habría ocurrido tal hazaña… Ahí veo yo, ingenuo como ellos, un sueño masculino de director, de guionista (pese a K. Saavedra), algo impensable, una ilusión utópica del varón cultivado en boca (corazón, pensamiento) femenina. Lo siento, sé que es anecdótico, pero insisto: eso no es realista, se percibe, como en cierto cine de José Luis Garci, del propio Mario Camus, incluso del argentino Campanella, un poso de desarraigo, de nostalgia intelectual de las mujeres guapísimas y amantes de Ford que nunca han existido o, poniéndonos optimistas, que nunca se han cruzado por el camino de quien esto escribe…

(Las cinéfilas con quienes he conversado me hablaban sobre Haneke, Kar-Wai o Von Trier, Almodóvar, Ki-Duk o incluso Godard: pero no es lo mismo)

Por otro lado, hablando de mujeres, es la madre la protagonista ética del film, según el título que lleva su sonoro nombre además, Roma, que es la gran actriz Susú Pecoraro, a la que echa en falta José Sacristán hasta el último minuto de su vida, hasta el último segundo de la película de Aristarain: una madre afable y cariñosa, cultivada y tolerante.

Un cine muy hablado, de alguien obviamente de izquierdas (pero la izquierda veterana  que proviene del 68, la que promueve debates y se compromete pero no “juega” con los fotogramas), cálido, que incluye numerosas referencias culturales y vínculos emocionales con los civilizados espectadores no adolescentes, aquellos no entrenados meramente en juegos de ordenador, tebeos o series televisivas: a esos una película como Roma (o en general el cine de Aristarain) les parecerá un aburrimiento, una pesadez, algo casi incomprensible. Les podrá gustar Burman y su “comic-strip” El abrazo partido o Cool!de T. Van Gogh, cosas así, pero no Lugares comunes o Un lugar en el mundo, un cine viril de pensamientos y sentimientos fuertes, más de Clint Eastwood que de Kevin Smith, para entendernos. Un cine, como señalé arriba, en cierta forma a medio camino entre propuestas coyunturales y otras más ambiciosas y de “auteur”; a medio camino entre el cine político y social y el melodrama personal; tan lejos de la justa pero convencional protesta de La noche de los lápices como del prodigio virtuoso y turbador de Los amantes habituales, en fin.