SEATON George (1911-1979)

The Big Lift (¡Sitiados!) (1950: 8.5)

George Seaton es un director olvidado. La película más famosa que realizó es Aeropuerto, que inició el cansino subgénero de las catástrofes por tierra, mar y aire. Su otra obra exitosa, al menos en los EEUU, es Miracle on 34th Street, que en España se llamó, ¡obviamente!, De ilusión también se vive, y que es un producto navideño con el cerril Santa Claus de protagonista.

Sin embargo, tras ver The Big Lift, dramáticamente titulada en nuestro país ¡Sitiados!, la curiosidad se apodera de mí. El par de reseñas que había leído sobre esta película eran negativas: película gris, era el veredicto, nada por aquí y nada por allá, como un truco de magia pero sin magia.

Para mí The Big Lift ha supuesto una sorpresa más que agradable: ha sido un descubrimiento mayúsculo. No esperaba un tipo de película bélica, realizada  en 1950 (tan sólo un lustro después del fin de la 2ª Guerra Mundial), como la que me he encontrado. Es una obra asombrosamente verídica, rodada en el Berlín controlado por los países aliados: un Berlín derruido, triste, polvoriento, mísero y aún peligroso. Una ciudad dividida en sectores, incluyendo el de la Unión Soviética, que trató en 1948 (o eso se cuenta en el film) de bloquear el abastecimiento de víveres, y así tensar la situación y obligar a los alemanes a permanecer en la zona “roja” y no ansiar la huida, ni pasarse al enemigo ni oler el perfume liberador de la bendita democracia...

Dos soldados, Montgomery Clift y Paul Douglas, ligan con unas alemanas, pero sus romances diversos no van a cuajar (lo peor del film es la moralina sentimental que se infiere al final). Pero lo increíble es cómo se nos muestra la ciudad de Berlín, cómo está fotografiada cual si se tratase de una película de Rossellini. De hecho, The Big Lift parece heredera de Paisà y de Alemania, año Cero. Inesperadamente, una película del género bélico proveniente del país especialista en plasmar, a lo grande, sus guerras en cine, no se inspira en su propia tradición de hazañas bélicas, sino que descansa más en el neorrealismo italiano y en el neutro cine documental.

En efecto, el talante documental está presente de principio a fin. Clift y Douglas se contagian: están espléndidos, relajados, profesionales risueños. La película se suelta el pelo, cómo decirlo, en varios momentos que son regalos para el espectador que busca agujas en pajares. Ese talante veraz es doble. Por un lado, en los trabajos y los días de los soldados en la base de Tempelhof (base y soldados auténticos): las tareas de pilotar aviones de guerra, el manejo de su código de comunicación (siglas, números, etc.). Por otro, el más sugestivo, está esa inaudita desenvoltura para narrar cine y mediante el cine, rodando graciosamente por las calles y casas de aquel inhóspito Berlín.