SEITER William A. (1890-1964)

Room Service (El hotel de los líos) (1938: 7.0)

El anarquismo de los Hermanos Marx surge del hambre y de la fiebre del oro.

Cuando llenan la tripa y consiguen un cheque firmado, se vuelven más tranquilos, más serenos. Lo que les gustaría a Groucho, Chico y Harpo es vivir como sultanes, pero no suele salirles bien la jugada, o les sale medio bien tras abundantes varapalos.

El cinismo de Groucho, la picaresca de Chico y los arrebatos de Harpo vuelven loco a cualquiera que orbite a su alrededor, sea un simple botones (a quien intentan sobornar para que les traiga un plato de comida) o el director del hotel (a quien intentan engañar para permanecer en el hotel “ad infinitum”).

En realidad, lo que los tres chicos buscan es, como casi todo el mundo (al menos, hasta el siglo XXI), trabajar poco y vivir bien y, por el camino, crear situaciones disparatadas como perseguir a un pavo vivo por toda la habitación, encerrar y atar a un médico en el baño o disimular y representar la muerte del autor de la obra de teatro que van a poner en escena.

Todo vale con tal de conseguir comida y dinero: por lo demás, esperan (como los famosos personajes de Beckett) que todo se resuelva, que “algo” salga bien, pero la espera de los Marx es activa, frenética y cruel, pues intentarán por todos los medios que nada se interponga entre ellos y, repito, los cheques y los pavos asados.

Ni siquiera el arpa o el romance forzado nos (les) distrae en El hotel de los líos, un vehículo marxiano sin demasiadas frases brillantes ni escenas para el recuerdo; pero, en todo caso, cuando uno ve una película así, directa como un escupitajo y fresca como un polo de limón (¡ya han pasado 70 años!), tras haber experimentado, unas horas antes, el “trance” demorado e insistente de una obra de nuestro prestigioso contemporáneo taiwanés Hsiao-Hsien, el resultado es que toda cómica ligereza, toda puesta en escena funcional y toda dramatización desastrada (con el respetable fin de que el espectador se ría, piense y se ría) suponen un alivio, un sol en blanco y negro en memoria de aquellos cómicos desatados, capitalistas y nada absurdos: ellos eran materialismo puro, iban siempre al grano, tras la chuleta y los dólares.

(Seiter, director polivalente de aquellos años al servicio de estrellas de la comedia norteamericana como Laurel y Hardy, Shirley Temple o Fred Astaire, hacía su trabajo como Dios, digo Groucho, mandaba: Seiter sabía perfectamente que el director NO era la estrella)