SICA Vittorio de (1902-1974)

Sciuscià (El limpiabotas) (1946: 8.0)

Volvamos a los orígenes, y no me refiero a los dinosaurios (como se bromeaba en Aterriza como puedas) ni a Mélies, no por Dios, digo a lo básico, al documento: el cine como extensión de la fotografía, al famoso espejo y a la representación de lo que le pasa a la gente, no al individuo en su interior complejísimo y freudiano sino a la persona en sociedad, en situación, la italiana de posguerra, por ejemplo.

El limpiabotas: la calle, los pobres, los trapicheos, la cárcel. El realismo dado con sentimiento, tarjeta de visita de De Sica, un hombre que quería dejar claro por dónde iban sus (muy bien dados) tiros. Él partía de los desposeídos, los frágiles, aquellos que vendían mantas por las casas y dormían en un ascensor, aquellos que podían morirse (y, de hecho, se morían) por un catarro jamás curado o a raíz de una pelea entre amigos: les dividían y les vencían.

Drama carcelario, con todas sus convenciones y arquetipos, sólo que con niños encerrados: pensar en cientos de películas, en La evasión de Becker o hasta en Las hermanas Magdalena de Mullan (que, a trozos, parece un declarado “remake” de El limpiabotas); de Fuga de Alcatraz de Siegel a Un condenado a muerto se ha escapado de Bresson; pensar en Alguien voló sobre el nido del cuco de Forman y, claro está, en novelas de Dickens como David Copperfield, y en su estupenda adaptación al cine de David Lean, Cadenas rotas.

Siguiendo con Dickens, Sciuscià es un cuento de Navidad en la Italia mísera de mediados de los cuarenta. Es un relato de picaresca y supervivencia, de amistades y traiciones, de dureza y lealtad, una película eminentemente masculina que influyó, y mucho, en el cine posterior, y hasta hoy (en el cine iraní, con claridad: ¿Dónde está la casa de mi amigo?,  El globo rojo, La manzana, etc.). No sólo en el subgénero mencionado más arriba, el de centros penitenciarios y similares, sino también en la corriente de las “películas con niño(s)” que floreció en Hollywood (incluso Chaplin en A King in New York, de 1957), en España (desde cosas muy blandengues y folclóricas hasta obras inmensas como Mi tío Jacinto), y también  en Francia: imposible no percibir la influencia que De Sica pudo ejercer en tipos como Clement (Juegos prohíbidos) o Truffaut, no hay más que volver a Los cuatrocientos golpes (mientras que Godard, más puro y etéreo, menos sentimental, prefirió la sobria hondura de Rossellini).

Inviable es, por otro lado, concebir sin El limpiabotas el neorrealismo italiano en su vertiente más popular, divertida y rosa, el de Castellani y sus magníficas Bajo el sol de Roma (1948) o Dos centavos de esperanza (1951), el de De Santis (con la sombra también de Visconti) y su Arroz amargo (1948), o Ladrón de bicicletas (1948), del propio De Sica (superior en veracidad, aliento humano y emoción a El limpiabotas). No puedo evitar, por otro lado, reconocer cómo los arrabales y el extrarradio de Pasolini en sus primeras obras (Accatone, Mamma Roma) surgen con fuerza de los de este primer De Sica, con sus niños mal alimentados, medio enfermos pero impulsivos y valientes creciendo y buscándose la vida.

De Sica siempre apostó por gustar al público, y nunca regateó esfuerzos para hacer del cine un espectáculo popular que sin escatimar “realidad” no supusiera un intento inane, esteticista o demasiado abstracto. De hecho, tras Ladrón de bicicletas, iría haciéndose más convencional, mágico o melodramático (sin abandonar, de momento, a los marginados y pobres sin solemnidad), en según qué filmes y escenas, en obras como Milagro en Milán, Humberto D., incluso Estación Termini (donde salen subrayados niños hambrientos), abandonando en gran medida los postulados más nítidos y crudos del neorrealismo.

Le veo las costuras más eminentes y famosas a El limpiabotas (el uso de la música, los toques enfáticos, etc.) pero no por ello deja ni dejará de gustarme. Si se coloca al lado de un sofisticado film de los setenta (un Antonioni, por ejemplo) o se sitúa en las proximidades de alguna obra de autor del siglo XXI (un Hsiao-Hsien, pongamos), parecerá de una gran simpleza y hasta (si me apuran) infectado dulcemente por humildes virus de demagogia fílmica; pero opino que en su ir al grano, en su retrato comprensible de personajes en su lugar, en su bajar a la calle e intentar reflejar cómo vivía “de verdad” la gente que peor lo pasaba en aquella Italia, en todo eso, en suma, un cine así sigue y seguirá triunfando por encima de muchos otros obtusos en su filosofía, espesos en su arte o desbordados por su propia ambición.

El limpiabotas debería pasarse en las aulas de Primaria y Secundaria, de manera obligatoria, justo la semana antes de las vacaciones de Navidad, tanto en tiempos de crisis económica y cultural (los actuales) como de bonanza. Es una cura de humildad en todos los sentidos. Ver para creer y emocionarse, para saber, formarse y ser otro. Venga, Luisito, ahora relájate.