SIODMAK Robert (1900-1973)

Nachts, wenn der Teufel kam (El Diablo ataca de noche) (1957: 7.5)

No sé bien quién es el Diablo en la película alemana El Diablo ataca de noche. El psicópata protagonista, seguramente. O, en sentido metáforico, el nazismo, que también atacaba de día. O la idea abstracta de maldad, o incluso la pereza, acaso.

En todo caso, el psicópata no fue una figura inventada, vaya, por Verhoeven en Instinto básico. M, de Fritz Lang, ya presagió en 1931 la existencia de los asesinos en serie, locos o menos locos. En España tenemos una muestra extraordinaria en El cebo, dirigida en 1958 (sólo un año después de la de Siodmak) por el gran Vajda.

Robert Siodmak, uno de los realizadores alemanes que salieron por piernas de su país natal cuando el del bigote comenzó a hacer de las suyas, hizo carrera en Hollywood pero volvió a Alemania después, y dirigió películas magníficas y teatrales como El Diablo ataca de noche. Su recreación nazi es, como se ha dicho, alegórica: el demente asesino admite su demencia para atenuar sus crímenes porque, aunque pudiera estar mal de la cabeza, conocía las leyes. Vaya lección. ¿Estuvieron millones de alemanes locos de remate durante más de un decenio? La pregunta, aún hoy, aterra y es ingobernable.

Siodmak se aferra aquí a la tradición alemana no sólo de Lang sino también de Pabst más que de Murnau, en cierta querencia por la artificiosidad en la puesta en escena y los movimientos de los actores. Fassbinder (pero no Herzog ni Wenders) retomaría esta evidente enjundia teatral años más tarde, menos cinemática que la tradición más clásica norteamericana (Griffith, Ford, Hawks…), menos literaria y popular (ambas vertientes) que la francesa, etc.

El Diablo ataca de noche es un film anti-nazi acerca de un señor que, al contrario que Schindler y su famosa lista, y frente al nazi “bueno” de Amén y Costa Gavras, lo que buscaba era más la justicia individual que el salvamento colectivo. Pero la justicia, en aquellos años, estaba en suspenso, y por ahí se crea el suspense en la película. La justicia dependía de los designios (¿dementes?) del Führer. Este buen hombre (el actor Claus Holm) pretendía simplemente, en un papel de comisario en una brigada de homicidios (digamos), ¡en época de asesinatos masivos!, encontrar al asesino y juzgarlo. En suma, servir a la verdad. No le valía con un chivo expiatorio sino que buscaba al verdadero culpable. Los tentáculos del purificador (y asesino) nazismo, tan ocupados en perseguir a judíos y ocupar tierras extranjeras, no llegaban tan cerca y no inmovilizaban a sus súbditos más bestias, psicópatas o dementes, quer eran además alemanes como Dios manda: así que era mejor, para el Führer, ocultar el hecho de que un único tipo se pudiera haber cargado a varias decenas de personas. Era una gota de sangre en un océano criminal, pero en aquella Alemania una mujer muerta en extrañas circunstancias infundía más inseguridad en el ensimismado pueblo (Pueblo) que el exterminio de miles de personas, mera estadísitica increíble de asumir por gente decente.

Siodmak y este cine muy negro que no llegaba a ser, propiamente, cine negro. Cine brillante pero no profundo, entretenido pero no excitante; muy dialogado y en una línea, ya comentada, de artificioso realismo a medio camino entre Brecht y Lang. Un nítido compendio de nobles interpretaciones (destaca el asesino Mario Adorf) y revisión histórica, sociológica y metafórica. Drama policial sobre las tinieblas del nazismo y sus efectos secundarios, historia de víctimas y verdugos sobre un hombre que no fue un héroe pero sí un tipo justo que, al menos, se negó a añadir su granito de arena en el gigantesco desierto de barbarie nazi. Se resistió a la pereza.