ARNOLD Jack (1916-1992)

The Incredible Shrinking Man (El increíble hombre menguante) (1957: 8.0)

¿Cómo que el tamaño no importa? Gasol no jugaría al baloncesto si se llamara Torrebruno.

Para un profesor de inglés (como servidor), no es lo mismo tener a 7 que a 27 alumnos en el aula. ¿Y eso de que tiran más dos tetas que dos carretas, de dónde viene? ¿Y la famosa frase, tan malinterpretada, de que la razón produce monstruos? ¿Cazaríamos al vuelo una mosca si ésta tuviese el tamaño de un gorrión? ¿Aplastaríamos con el dedo una hormiga si ésta midiese cinco centímetros? ¿Y si fuese una hormiga tan grande como un hurón? ¿Y si esa hormiga fuera La Hormiga: tres por tres metros y con un hambre atroz? Es la naturaleza, estúpido.

¿No hablan los neoliberales, y aún lo hacen con todo el morro del mundo en tiempos de crisis económica, de la obligatoriedad del crecimiento perpetuo? Recupero, gracias a un estimulante artículo de Felipe Vega en Cahiers du cinéma España (febrero de 2009), una viñeta de ese genio que es El Roto, en la que un enorme dinosaurio reflexiona: “Nosotros también seguimos una política de constante crecimiento, con las consecuencias que todos conocéis”. En esta película es así pero al revés: otra clase de cura de humildad.

El increíble hombre menguante es una parábola sobre el exceso de ambición o, su contrario, sobre la necesidad de humildad militante. Sentirse, en un momento dado, fastidiado por un gato molesto o asqueado por una repugnante araña no es lo mismo que sentirse aterrorizado: ver a esa araña y a ese gato en todo su esplendor y horror reales, monstruos amanazantes y apocalípticos como Godzilla, Depredador o King Kong. Es la relatividad de Einstein puesta en práctica, pero sostenida moralmente en el humanismo cristiano gracias a una salida de emergencia obra del director o del guionista, una vía de escape o coartada sentimental que llaman Dios.

Un amigo francés (muy de derechas) fantaseaba hace unos años sobre el tamaño real de nuestro mundo. ¿Grande o pequeño? ¿En comparación con qué? ¿Y una mota de polvo? ¿Y una brizna de hierba? ¿No serán universos en sí mismos, tan complejos como el planeta Tierra o más aún, incluyendo infinitas constelaciones? Acaso sea la Tierra un átomo en el interior del cuerpo de un ser que no sabemos imaginar, y las inundaciones, terremotos, sequías y huracanes no más que discretas turbulencias con las que ese átomo se ha de enfrentar en su diario fluir por Dios sabe qué fluido o materia.

¿Pero quiénes son los autores de El increíble hombre menguante?

1) Jack Arnold: director hiperactivo en los años cincuenta, realizador de obras de serie “B” con hilarantes títulos en inglés a lo Ed Wood: Creature from the Black Lagoon, This Island Earth, It Came from Outer Space

2) Richard Matheson: escritor y guionista aún en activo (febrero de 2009), su último éxito ha sido Yo soy leyenda, con Will Smith. Películas de terror sardónico o simbólico como La comedia de los terrores (Tourneur), House of Usher (Corman) o El diablo sobre ruedas (Spielberg) llevan su firma.

La conjunción de Matheson y Arnold, además del actor Grant Williams (el hombre menguante Scott Carey), da lugar a una película simpática e inolvidable, que en vez de hacer uso u ostentación de efectos especiales (acaso inviables o impensables), juega con el tamaño de las cosas para relativizar nuestros temores. ¿Es posible reducir “realmente” a un ser humano? Claro que no. Pues bien, la solución es evidente: agrandemos todo lo demás. Unos pantalones o un teléfono, un sofá o una trampa para ratones, unas tijeras o un tornillo.

El resultado es espléndido, sorprendente. A ratos la película, con sus insertos y detalles mínimos, parecería casi de Robert Bresson; en otros momentos, el film es un monumento de hiperrealismo. Las elipsis que desearían “narrar” la evolución decreciente de Grant Williams son estruendosas: de un día que le quedaban un poco grandes los pantalones pasamos a encontrarnos ante una imagen onírica, un diminuto señor sentado en un gigantesco sofá y, poco después, a ese hombrecito tan alto como un “Playmobil” viviendo en una casa de muñecas (¿dónde encontraría ropa de su talla?).

 Qué divertido, cómo alivia encontrar un cine de ciencia ficción en el que los peligros que acechan al hombre no son sobrenaturales. ¡Menos escapismo! ¡El peligro está aquí! Hay una tendencia de películas, como Fantastic Voyage de Fleischer (años después El chip prodigioso), que bucea por los misterios, maravillas y terrores del interior del cuerpo humano, o El increíble hombre menguante (años después The Indredible Shrinking Woman o la saga de Cariño, he encogido a los niños), que imagina lo que le ocurre al hombre, con todas sus características propias inalteradas, cuando un único factor diferenciador (el tamaño) se transforma de manera “antinatural”.

Cine gracioso, diáfano y cautivador y que, la verdad, da que pensar: que nos ayude a no mirarnos tanto el ombligo, a vernos en perspectiva y a dejarnos, también, de zalamerías hipócritas del pensamiento (no ya débil) desahuciado. El tamaño siempre ha importado: a nadie le gusta que le crezcan los enanos y, menos aún, encontrarse a un maldito hobbit fuera de la pantalla, en su propia casa, a la hora de comer. Eso sí que es un horror.