SIU-TUNG Ching (1953-_)

Sien nui yau wan (Una historia china de fantasmas) (1987: 2.0)

Crucial introducción: Sien nui yau wan, título original de esta obra en el idioma cantonés (aunque no lo aseguraría), y que se tradujo al español de España como Una historia china de fantasmas, tomó el nombre mandarín de Qian nu you hun (obsérvense los matices) para su estreno en la China, mientras que, cuando se exhibió en Hong Kong, se le añadió el subtítulo en inglés (en Hong Kong el inglés manda mucho) de A Chinese Ghost Story.

Por escandaloso que resulte, los argentinos (tan iconoclastas) la rebautizaron como Historias chinas de fantasmas, modificando el número (plural) y posiblemente acercándose más al meollo del asunto, aunque así alejándose (en una errata que más bien parece un error) del espíritu específico del título francés, Histoire de fantômes chinois, e italiano, Storia di fantasmi cinesi.

Por otro lado, Aavesoturi, además de ser Aberasturi en finlandés (o eso me comentó un fan de Andrés), es el nombre de la película de Ching Siu-Tung vertido a la lengua de Räikkönen, Vatanen, Mäkinen y Häkkinen, grandes pilotos monosilábicos, mientras que Verführung aus dem Reich der Toten, como puede imaginarse, es el trasvase germano del famoso título auspiciado por el productor Tsui Hark, algo así como el Jerry Bruckheimer chino, promotor no sólo de la grandilocuente Una historia china de fantasmas (partes 1, 2 y 3) sino también de inolvidables sagas como el díptico Blackmask, el tríptico Swordsman y el sexteto de Érase una vez en China (la original y sus cinco secuelas). Temblar para ver.

Añadamos como dato más o menos anecdótico que el actor principal de Aavesoturi es Leslie Cheung, a quien conocemos por sus mentiras arriesgadas: tanto le da trabajar con John Woo (Un ladrón es siempre un ladrón) como con Wong Kar-Wai (Days of Being Wild, Happy Together) o Chen Kaige (Adiós a mi concubina). Aquí no hay ironía, lo juro por Zhang Yimou: ni uno menos.

Severo nudo: al inicio de Storia di fantasmi cinesi me he dicho: ¿no será como Golpe en la pequeña china pero sin Kurt Russell? Esos temores incubé, lo reconozco. Y no, nada de eso, amigos míos, eran temores infundados, porque Sien nui yau wan es (incluso) muchísimo más horrorosa que la de Carpenter.

Empieza, Qian nu you hun, como un misterio neblinoso o grácil ensueño digno del gran Tim Burton de aquellos años. Comienza, Verführung aus dem Reich der Toten, como si se tratase de un “remake” de Cuentos de la luna pálida, la honda maravilla de Mizoguchi. Fueron burdos espejismos. El príncipe se convierte en rana antes incluso del beso de la sapa: el ritmo ochentero que acribilla A Chinese Ghost Story desde el segundo ocho es más que un aviso a navegantes, es un amenaza en toda regla, ¡abran el grifo!

Aventuras, humor, “gore”. Años de La princesa prometida, Krull, Willow, Lady Halcón. Rob Reiner, Peter Yates, Ron Howard, Richard Donner, además del compadre Ching Siu-Tung, bonito grupo de calaveras (mi legítimo sarcasmo no le concierne a La princesa prometida, que está muy por encima de todo ese paradigma al que, no obstante, por género y aroma, pertenece).

Cuento chino: comercial, narrado así como para un bebé en su cuna, para volverlo loco de contento antes de que pueda abrir la boca o morder teta.

Fantasía, ay, fantasías: sinónimo de peligros asombrosos, vendavales inexplicables, majestuosas telas sensuales, peleas por los aires que se adelantaron varios lustros a Tigre y dragón (en paralelo a John Woo, que percibió Matrixmucho antes de que Keanu Reeves se pusiera tan cansino).

No se olvide que en aquellos años ya nos llegaban aquí, a nuestros por entonces sendos monopolistas y estatales (y mil veces mejores) canales televisivos, los dibujos animados japoneses, tan inclinados a dejar de lado consideraciones de verosimilitud, leyes de gravedad o mera necesidad de que los ojos parpedeen de vez en cuando... De ahí bebe, o es bebida, Histoire de fantômes chinois.

En todo caso, quede claro, boludo, que Historias chinas de fantasmas es una inocente broma que incluye un sonrojante humor de 5º de Primaria. Una película que contiene un tono sumamente “kitsch” que invade todos y cada uno de los sucesivos gags (como de Alejandro Agag), encadenando vuelos entre los árboles con leve erotismo y noches de bruma y espíritus malignos. Un cine cargante como el que más. En suma, una película que comparte un hormigueo tontorrón con aquella obrita de Carpenter que mencioné más arriba. Por consiguiente, deduzco que al triunfador Del Toro y demás faunos terrenales seguro que les encanta Aavesoturi (¿”avestruz” en finés?), gracias a la consabida metodología anti-cerebral (¡alabado mérito!) de tirar la casa por la ventana de la estética de vídeo-clip cercana al “Thriller” del Michael Jackson negro, próxima por tanto al artificio hortera y, por decir algo polémico, al “cante jondo” fílmico.

No hace falta irse tan lejos: tanto relumbrón de picados y contra-picados, ráfagas de cámara y cabriolas indiscernibles se continúan reciclando en el cine del siglo XXI, quien ha visto ese horror francés llamado El pacto de los lobos sabe de lo que escribimos. Y los más maduros que crecieron con aquellos filmes para todos los públicos que podían incluir romance, artes marciales, sana violencia, melodrama simple, mundos sobrehumanos, superhéroes tímidos y erotismo pudoroso (en fin, el mundo de Jim Henson y acólitos, teleñecos incluidos) están al corriente del tema.

(Sigo viendo a Mizoguchi banalizado, casi inviable caer más bajo)

Y están los romos encantamientos, claro está, acompañados en Qian nu you hun de fantasmas, un héroe en ciernes, un malvado señor que colecciona almas, además de brujas y esqueletos. Conjunto todo él remozado en volandas de la retórica que ya era televisiva, impactante e infantil y que, pese a aciertos muy parciales (duran medio segundo), le ha dado mucha grima a este espectador que suele ser respetuoso, tolerante y paciente.

Esta tradición del cuento de hadas se me hace insufrible tras unos minutos, en la senda, así mismo, remolona, ramplona y estática de aquella película japonesa, El más allá de Kobayashi: y es que no ha de confundirse la velocidad con el ritmo. Este cine producido por Tsui Hark está construido a base de cortos “sprints”, sin la resistencia del corredor de fondo, ni tan siquiera del medio fondo, de ahí que el insulso movimiento a cien por hora me deje despistado y mirando para las musarañas: no me interesa nada todo ese desbarajuste de figuras saltando de aquí para allá dentro de la pantalla.

Supongo que tanto el productor Hark como el realizador Siu-Tung se pusieron de acuerdo en su momento para luchar contra el estereotipo del chino sedado, mitad pecera, mitad florero. Y se dijeron: hagamos algo que nos quite el sambenito de gente aburrida, algo que pueda divertir mediante componentes míticos, fantásticos y románticos, luego le damos a la batidora (pre-digital, menos mal) y a ver qué pasa. Pues lo que pasó es que llegaron las secuelas (que no veré), la consagración, vaya. Y yo, tonto de mí, compré las tres en un ofertón de quiosco, cortesía de “manga films” (esta vez me la habéis dado con queso), 10 euros por tan fascinante trilogía (no hay más que leer los alucinantes, si no alucinógenos, ditirambos que le dedica mi admirado Carlos Aguilar a esta primera entrega de A Chinese Ghost Story).

Convencional desenlace: para terminar a la manera académica, digamos que la actualidad de Verführung aus dem Reich der Toten es indudable: el adulto aficionado al cine que haya contemplado al menos un par de minutos de Piratas del Caribe se habrá dado cuenta de que se repiten sin cesar similares consignas fílmicas y comparables maniobras de distracción. Inciso: Leslie Cheung y Orlando Bloom, ¿tal para cual? Pues hasta cierto punto sí, pero veremos si el higiénico Bloom se atreve a pasear o arrastrar su linda carita por otras voces y ámbitos, como sí ha hecho Cheung. Fin del inciso.

Con una hora, exactamente 59 minutos y 44 segundos, me ha sido más que suficiente. Demasiado. Declino ver los restantes 27 o 28 minutos. No tengo yo ya cuerpo para aguantar estas batallitas tan fantásticas que no se sostienen sobre un humilde gramo de materia gris. Será culpa mía, pero me voy de aquí. PAUSA.

(A Richard Gere le acaban de dar en el Festival de cine de San Sebastián algo así como un Premio a Toda Su Carrera. STOP. Somos bobos. STOP)