SODERBERGH Steven (1963-_)

Bubble (Bubble) (2005: 8.0)

Gran delirio calculado, enigmático y pequeño del versátil Soderbergh, tan capaz de ir de maldito como de emular a Spielberg. Remiso, como soy, a apostar por este director norteamericano que se hizo famoso, pese a su relativa juventud, hace varios lustros, compruebo que a veces uno ha de rendirse a la evidencia visual, al minimalismo sutil y criminal de la humilde Bubble, una América eterna, estancada y monosilábica, además de frustrada, asesina y que hace oídos sordos al rutilante bullicio de los “media”.

Fría, distante, milimétrica, casi un documental perfecto (aunque no lo sea), Bubble, en español, significa “burbuja”: un pueblo, un grupo social, una pareja, una soledad. Somos raros.

Cine USA nada al uso: misterioso y elíptico, casi un mediometraje (73 minutos); sucinto en imágenes (nítidas) con personajes que son casi ellos mismos: actores no profesionales. Como los del Jarmusch de Stranger than Paradise pero sin ningún tipo de glamour ni belleza. Éste es el Soderbergh más “indie” que, admirablemente, utiliza la cámara con sutilidad con objeto de mostrar más que de narrar, una historia de un asesinato sin explicación, o con una culpable demasiado obvia y, aún así, extravagante. Casi salida de The Honeymoon Killers o Mamá sangrienta, la pobre (o la perversa).

Diálogos tediosos, irrelevantes, no van a ninguna parte, pero acaso así sean algunas vidas. Trabajadores sin esperanzas ni ilusiones que fabrican espeluznantes muñecas, perversión digna del cine de hace unos años de un Todd Solondz, por ejemplo, cuya felicidad (Happiness) ya era una ironía de un destino rutinario: que hacía perder los estribos entre cuatro paredes.

¿Personas como monigotes, títeres o algo peor? Acaso.

Soberbia y breve joya soderberghiana sobre una sección de una Norteamérica que habla con frases grises y banales pero que, en cambio, es capaz de dispararte a la cabeza o de degollarte así como sin darse importancia. Y así es la apática, aguda y terrorífica Bubble: el anti-glamour materializado por un talentoso realizador que se esmera en establecer un diálogo inteligente y educado con un público que no se considera cliente de los rutilantes colegas de Clooney o Pitt, ni fan de su Che Guevara: vuelve a casa, Steve, “yankees, go home”.