SORRENTINO Paolo (1970-_)

Il Divo (Il Divo) (2008: 2.0)

Al napolitano Paolo Sorrentino le va la marcha pero le importa un huevo la verdad.

Acaso se dijera: ya que el tema o contenido que quiero tratar no da para alegrías ni espectáculos, pues se trata nada menos que de la biografía de un político italiano muy importante, Andreotti, habrá que hacer lo posible, Paolo, para diseñar un “package” ágil y atractivo, una “forma” chula que acerque tan áridos acontecimientos y personalidades al gran público, sí, no seamos elitistas, el de las palomitas, las gominolas y los morreos.

Dicho y hecho. Pero lo peor es que le hayan aplaudido.

El mecanismo de Sorrentino se basa en la sátira resabiada, subrayada hasta la extenuación por el chirriante empleo de músicas impactantes y un montaje de vídeo-clip, para recargar así el calibre de corrupción, mitificación y cachondeo de las altas esferas italianas. La solemne simetría en los encuadres, las ingratas ralentizaciones y los letreros innecesarios inciden en la creación de este show llamado Il divo, hecho por otro divo, Sorrentino, a quien la realidad le importa un carajo.

El napolitano, dispuesto a no dar puntada sin hilo, construye mil efectismos y combina ceremoniales orquestaciones de planos y escenas (en la peor estela de Scorsese) con el toque hiperbólico y caricaturesco de un Jeunet. Il Divo es, a su manera, la Amélie de Sorrentino. Una divinización de un personaje, se mire como se mire, olvidando los presuntos objetivos del director al empezar su proyecto: cubiertos por una ola de lustre para hacer un cine exhibicionista y vanidoso, frívolo y más superficial que la Marilyn de Warhol, de la que se han escrito miles de tesis doctorales, por supuesto. Que para eso están.

Película superflua pero supuestamente integrante del “renacimiento” del cine italiano durante el 2008, no le llega a las suelas de los zapatos a la valiosa, veraz, analítica y física Gomorra: qué épocas tan confusas estamos viviendo, en las que los tomates saben a ciruelas y el pollo no es a veces muy diferente del fletán.

Me pregunto para qué sirven los críticos de cine, una vez más: pensaba yo que su misión, entre otras, debería consistir en estar alerta y señalar los enormes malentendidos que se producen en la actualidad cultural; en separar el grano de la paja y, en este sentido, saber distinguir entre una digna heredera del neorrealismo y del cine criminal, por un lado, y un obtuso espot publicitario, bufonesco, retórico y sin gracia que, con un par de minutos de duración, ya nos habría dado su atmósfera y mensaje. Un cine perfecto para encajar en el marco de política-show del presidente Berlusconi, claro está. Tú a lo tuyo, Paolo.