ARTETA Iñaki (1959-_)

Trece entre mil (Trece entre mil) (2005: 8.0)

¿Ayuda a resolver el llamado “conflicto vasco” una película como Trece entre mil, documental (creativo) que presta atención a trece familias (entre casi mil) de personas muertas en atentados de la banda terrorista vasca ETA?

Seguramente no.

Pero sí que es un cine que pone su grano de arena con el fin de hacer justicia; es así un cine indispensable, aunque en pantalla grande apenas pueda verse; por suerte existen las Bibliotecas Públicas (no las despreciemos) y, quien tenga un mínimo interés o curiosidad, allí podrá encontrar trabajos honrados, sentidos y estupendos como éste de Iñaki Arteta.

Y es una pieza indispensable porque, hasta donde yo sé, sólo se empezó a apoyar económica y, sobre todo, moral y psicológicamente a las víctimas del terrorismo en los años noventa, incluyendo en el propio País Vasco, donde está la madre del cordero... Antes, por lo que he leído y oído, eran despreciadas, ninguneadas, hasta amenazadas si se hacían “visibles”, no digamos ya si encima levantaban la voz y pretendían optar a un espacio público, reclamar unos derechos y un significado como máximos perjudicados del radicalismo extremo de la ideología anacrónica, ortodoxa y totalitaria de ETA y sus discípulos.

Así que sólo en ese sentido ya resulta un alivio y un desagravio contar con películas como Trece entre mil, en las que los, durante tanto tiempo, olvidados tienen la oportunidad de expresar lo que sienten y han sentido, sus pesares, sufrimientos, frustraciones y rabias, y decir cómo ven el futuro. Ay, el futuro: ETA en la actualidad (marzo 2008, justo antes de las elecciones) mata muy poco, por suerte, y los familiares de los pocos muertos son más visibles que nunca (a veces sus cabezas más destacadas, como Alcaraz, alcanzan un protagonismo absolutamente desproporcionado), pero, con todo, el núcleo duro de la organización terrorista parece muy dispuesto a seguir amenazando, extorsionando y, si tiene ocasión, asesinando.

13 familias representativas: asesinados desde los años setenta hasta el siglo XXI.

Los familiares del primero de los muertos señalan cómo, en el lugar exacto donde lo mataron (en un pueblo vasco), en vez de algún monumento de homenaje lo que suele uno encontrarse por allí son cubos de basura.

A los padres de la segunda muerta (ya varios lustros atrás) nunca les habían entrevistado. La madre permanece en silencio, incapaz de articular palabra. Es él quien abre su corazón. Ella lo mira, nos mira, y se nos cae el alma a los pies.

El tercero de los asesinados era camarero. Qué peligro.

La viuda del cuarto tuvo que abandonar el País Vasco para poder “educar a sus hijos”.

La viuda del quinto sólo se empezó a acostumbrar a su ausencia veinticinco años después de muerto.

Al sexto lo asesinó un joven a quien (crueldades de la vida) él había salvado la vida cuando era niño. Cuando se produjo el atentado, la gente del lugar comentó: “Algo habrá hecho”.

La séptima víctima, compañero de un asesinado, sobrevivió al atentado pese a que una bala le entró por un lado y le salió por otro. “Yo soy un trozo de carne con ojos”, dice ya anciano, hecho polvo el hombre, malviviendo en una silla de ruedas y más solo que el hambre.

Sobre el significado de las muertes de dos adolescentes, una de catorce y otra de dieciséis años, y de la madre de ambas, comenta el padre (y esposo), años después, que fueron “muertes inútiles”, ya que después de ellas ETA siguió matando: trescientos más.

Sobre dos chicos que murieron en el terrorífico atentado en Hipercor: los padres han seguido oyendo sus voces en los dormitorios varios años después de bien enterrados.

Un familiar de un asesinado (creo que el décimo caso) señala que, para poder “perdonar”, normalmente, se requiere que, antes, alguien pida perdón.

Una adolescente, hermana de una niña que pereció en un atentado en Cataluña, apunta apesadumbrada que siempre ha echado en falta a una hermana a la que contarle sus cosas. Mientras pronuncia estas palabras, su hermanita asesinada aparece (es una “aparición”) en pantalla cogiendo flores en el campo: es una grabación casera de tres días antes de su muerte.

La viuda de un guardia civil que cayó durante los años de plomo asegura que por entonces “caían como conejos”. Ella, que estaba embarazada, dio a luz justo después de la bomba. Un niño que, en aquel terrible momento, ella no deseaba. Ese hijo, en la actualidad, de unos veinte años, observa a su madre y escucha sus palabras, sin poder añadir nada.

“Una persona muere cuando se olvida”, dice un padre de otro niño muerto.

Y, finalmente (cuento el caso número catorce, habré contado mal), otra viuda orgullosa declara que supo desde el primer momento que tendría fuerzas para salir de “todo esto”. “Las víctimas están olvidadas”, añade.

Ha habido, en todo caso, y afortunadamente, un cambio evidente en la consideración que merecen las víctimas o familiares de las víctimas del terrorismo. En los últimos años, en especial desde la horrorosa muerte de Miguel Ángel Blanco, se suceden los homenajes, tributos y consuelos. Es seguro que ahora se sienten más arropadas que antes, ya no están solas. Las víctimas son visibles y nos hablan. En eso, ya no hay marcha atrás.

Documental de Arteta vivo, sobrio y emocionante. Nada de edulcorantes. Entrevistas,  en sus lugares de residencia, a estos valerosos familiares de asesinados, con breves interludios por el medio (la imagen se hace irreal y fluorescente por segundos) para separar casos y guardar cierta honda distancia con los que ya no están, con ese pasado irrecuperable. También utiliza Arteta imágenes de archivo y hemeroteca, para ofrecer el contexto en el que su fueron sucediendo los tiros en la nuca, las bombas, los disparos a bocajarro. Y “el después”.

Documentales como Trece entre mil deberían ser obligatorios en colegios, institutos y universidades españolas y europeas y, especialmente, ay, en los centros educativos de Euskadi. Sin  embargo, me da que, gobernando allí los nacionalistas vascos, eso no sea muy viable. Ellos prefieren la equidistancia romántica, blanda, esquemática, nacionalista, espectacular y lírica de La pelota vasca de Medem, para quien pesa tanto el familiar de un asesinado por ETA como el familiar de un preso de ETA. Pero la distancia (profunda, moral) que media entre La pelota vasca y Trece entre mil es similar a la que va de la débil Caminantes (de León de Aranoa) a la radical En construcción (de Guerín), la que existe entre la entretenida pero demagógica La lista de Schindler y la indestructible Shoah.

La cámara y la actitud de Arteta (acompañada por la bella música de Eduardo Basterra y Pat Metheny) están más interesadas en las personas que graba y registra que en la propia  cámara y demás herramientas técnicas. Estar al lado de los más débiles es un postulado esencial, indiscutible: no nos despistemos. Trece entre mil es cine valioso, sentido, sereno, sin “artisteos” ni componendas. Admite matices y hasta algún humilde reproche, claro está, pero se sitúa al lado de los buenos o (llegaría a aceptar) de los menos malos. Así de simple.