STAHL John M. (1886-1950)

Leave Her to Heaven (Que el Cielo la juzgue) (1945: 7.5)

La cursilería de Stahl es tal que, por momentos, retiro mis ojos de Que el Cielo la juzgue, salpicado por tan irreal saliva rosa. “Cursi” es (Diccionario del estudiante de la RAE)  aquello “que pretende ser elegante o refinado y resulta afectado o ridículo”. Y seguramente esta película pasase por refinada y elegante en su momento, ante públicos más entregados.

Así que a Gene Tierney es preferible que la juzgue el Cielo; es normal, considerando que la justicia de la Tierra no ha tenido oportunidad de meterle mano. Pero hay una confianza ciega en que San Pedro la ponga en su sitio: ya que para ello, la Tierney debería acabar en el Cielo, algo improbable teniendo en cuenta las barrabasadas que realizó en vida. Su lugar es el Infierno, que ni juzga ni condena, sólo abrasa. Que el Infierno la achicharre, un mejor título.

Leave Her to Heaven es un folletín de postín, no barato sino deslumbrante, tan excesivo en sus hechos y su Technicolor que es imposible creernos nada. Una década después, los melodramas de Sirk pueden ya verse como una versión más “camp” y, así (vistos, claro, hoy), autoparódicos. En Stahl tal distancia es imposible: cómo no admirar el esfuerzo del equipo técnico y artístico en presentar como verosimil lo que parece un novelón de baja ralea. El acierto de Stahl es que “se lo cree”: aspira al diseño de una ficción pura, cercana a lo real sólo en la representación de sentimientos universales (los celos, la obsesión, el rencor, etc.), ya que en su materialización optó por una subrayada estilización: las personas casi parecen figuras divinas, enfocadas siempre de abajo hacia arriba, haciendo de su estatura pasional y moral una completa y bella sublimación. El director de fotografía Shamroy realiza su labor en esta línea sin sombra, elevando a los personajes a categoría de arquetipos eternos e indestructibles, a los  que hemos de respetar aunque sólo sea para preservar su hermosura y nuestra certeza de la existencia de la maldad y de la bondad sin matices.

El melodrama con psicópata de sexo femenino es un subgénero del cine norteamericano que llega hasta nuestros días: recuerdo ya del siglo XXI Swimfan, con obsesa adolescente, y de los noventa La mano que mece la cuna, etcétera. Tiene, obviamente, morbo para un espectador heterosexual y hombre ver que es la mujer la que pierde los papeles y está dispuesta a matar para conservar a su marido para ella sola (aun sospechando que matando a otros lo perderá también a él, ahí el cariz trágico). Que el cielo la juzgue no deja de ser, hasta cierto punto, El cabo del miedo o De repente, un extraño con mujer despampanante: así gana enteros para el público masculino, pues ¿hasta dónde resistirá el héroe (aquí, Cornel Wilde)?

Los diálogos son imposibles y las escenas son inviables: elementos perfectos para el canal que emite el film, Telemadrid, que nunca pasaría Padre, Padrone o La batalla de Argelia.

Conste que sólo por contemplar a la monumental Tierney, en bañador o con variados modelitos, ya merece la pena aguantar los anuncios. Está dicho: no es el único atractivo. Qué colores (en 1945), qué fuerza poética resabiada, qué hiperrealismo, qué idealismos amorosos. Un apabullante desvío de la realidad, una paradigmática pieza de escapismo melodramático.

Escribe Arcadi Espada en una entrada de sus Diarios dedicada al diálogo:

 

Cualquiera, en el cine o en el teatro, o leyendo novelas realistas, acepta que los personajes no hablen como las personas y suspende su incredulidad ante diálogos que se producen de manera precisa, sin repeticiones, vacilaciones ni carraspeos, con una fluidez y elegancia que pocas veces exhiben sus equivalentes reales. No ha de extrañar tal credulidad: el narrador todopoderoso imita a Dios y se le consiente.