TANNER Alain (1929-_)

La salamandre (La salamandra) (1971: 9.0)

La salamandra es un triángulo amoroso: dos hombres y una mujer. En principio, ella es el objeto de curiosidad y estudio; para uno, que es poeta, ella es la utopía, y prefiere no conocerla y sólo imaginarla; pero el otro, periodista, investiga, y la investiga, en busca del mayor número de datos contrastables sobre la chica. Tan simple dicotomía, la del acercamiento más poético, subjetivo e idealizado (del poeta), frente a la aproximación más informativa, objetiva y realista (del periodista), no es tan simple, si tenemos en cuenta la época, con sus rebeldías y contusiones.

Y triángulos amorosos hay y habido muchos; sin ir más lejos, uno que me encuentro hoy mismo en la deliciosa lectura de Alves & Cía, novela portuguesa de Eça de Queiroz (traducida al castellano por A. Ruiz Tarazona), escrita unos sesenta años antes que La salamandra (pero publicada en España, las casualidades me empapan, el año de realización de La salamandra) y en la que, con no menos fortuna y objetivos más bien divergentes, se nos invita a una esbelta y encantadora historia de adulterio y amistad traicionada, proponiéndose como resultado, no la huida hacia adelante o la ruptura o la violencia, sino el aguante, la paciencia, la prudencia. En fin, una serie de virtudes casi atemporales (y quizá deberían serlo) que serían desahuciadas en mucho cine del decenio 1965-75, empeñado, con singular esfuerzo y relativo éxito en cintas como La salamandra, no tanto en perseguir o enmendar estados de felicidad, tranquilidad y vida plena, como en conquistar (o “sentir” que conquistaba) novedosas parcelas de libertad y autonomía, a través de diversos tipos de rebelión personal, o sea social. Hablamos de propuestas (Queiroz, Tanner), por tanto, casi como el día y la noche y, sin embargo, uno no ha de elegir y yo me quedo con las dos. Las dos me iluminan hoy.

(Seguramente porque, como señala Godofredo, el protagonista de Alves & Cía, una vez que ha hecho las paces con su amigo Machado, el traidor, y con su esposa Ludovina, la adúltera: “¡Cuando hay educación todo acaba siempre bien!”. Y poco después añade el narrador, Eça de Queiroz, un par de veces: “Y la vida continuó, corriente y trivial, como es en realidad”. ¿No debería el sabio Manoel de Oliveira llevar esta novela al cine?)

Inicio de los años setenta, y gracias a la Nueva Ola del decenio previo, muchos rodaban sus primeras películas y se imponía (y toda imposición es, también, un castigo y, a la larga, una industria) un modelo de film pequeño, fresco, irreverente, juvenil, aunque también a ratos “engagé”, es decir, atento a los movimientos sociales y políticos de la izquierda. Cierto que gentes como Tanner, y tantos otros chicos que salieron con ganas de fabricar arte veinticinco fotogramas por segundo, estaban más cerca de las utopías exóticas, más bien lejanas y en todo caso románticas, que de la clase trabajadora, como admirable y sarcásticamente escribe el (aún) marxista Terry Eagleton en After Theory. Pero esto no era raro; los intentos de Godard, en la línea del radicalismo en los márgenes de la industria, a orillas de la revolución plausible, equidistante entre el terrorismo y la negociación y consciente de las prácticas cinematográficas comerciales, alienantes, homogeneizadoras, simuladoras de una unidad-ficción y demás principios, son una excepción y, en cierta manera, un fracaso. Tremenda e inaudita excepción, cierto, pero Godard es Godard y su fracaso es un éxito.

Siento una atolondrada nostalgia por aquella época, atolondrada, vaya por Dios, ya que no la viví, ni había nacido por entonces; de ahí que no bebiera aquellos cócteles de primera mano y sólo ahora, pese a los informes variopintos que nos llegan (la mayoría, muy críticos; tengo reciente algún párrafo de mi escritor cristiano de cabecera, aun hiperbólico, Jiménez Lozano, para quien aquella época, deduzco, fue el principio de la caída libre de nuestra “verdadera” cultura civilizada, mesurada y católica), me da por reflexionar sobre aquel mayo de 1968 en París, lo que supuso e inspiró.

La salamandra sale de ese espíritu politizado, publicitado y burlón; pero además de las cualidades del nuevo cine (juguetón, apresurado, anti-teatral y descarado como quien explota un chicle en tus narices), había otros movimientos intelectuales o, ya más bien, culturales (aquí me inspiro en Eagleton), que encauzaban la producción de ideas, guiones, puestas en movimiento y montajes. Por ejemplo, el marxismo, en su lado, casi lodo, desordenado, ya algo decepcionado y medio impávido ante lo poco que tenía que rascar frente a los puritanismos, explotaciones y la Masa, está integrado en el film. Ambos personajes masculinos se hacen eco de algunos de los marxistas lemas y principios (no se sabe si haciendo mofa de ellos, como ya había hecho antes, con lucidez o fenomenal morro, un Chabrol sin ir más lejos, o mensurándolo todavía con cierto criterio respetuoso, aun desesperado, como herramienta útil con la que desmontar la utopía capitalista). O la liberación de la mujer, que se materializa en el personaje femenino, ambiguo, loco, incierto, imprevisible (un ideal masculino, por otro lado) y, en efecto, liberado en la esfera sexual, a la par que desafecto en los campos laboral y familiar. Digamos que, en esos mismos momentos, cruzando el charco, Harry el Sucio remaba a la contra y su Mágnum apuntaría, a la mínima provocación, contra poetas comunistas, periodistas quejumbrosos de poca monta y rubias ligeras de cascos caprichosas que podrían acostarse contigo y acto seguido hacerte un corte de mangas, o viceversa.

También engancha La salamandra con la corriente cinematográfica existencial de algún cine de alta costura, como Antonioni, con Blow Up a la cabeza, al suponer la imposibilidad de acceder a la verdad y así ya asumiendo la complejidad de la realidad y sus capas de ficciones que construían un “discurso” (el cual, colijo que Eagleton siempre consideró como entidad sobrevalorada y, en todo caso, bajada por fuerza a la tierra tras el 11 de septiembre de 2001, cuando algunos académicos se habrían percatado de que los ombligos, los tatuajes y los falos eran estupendos, sí, pero que ahí fuera había y hay un mundo de conflictos muy “reales” que de pronto nos rasgan la pantalla y hemos de dar cuenta de ellos, o al menos no despreciarlos sin más, pues “existen” y parecen “más importantes” que casi todo...). Y con el Rossellini de Viaggio in Italia (acaso de pasada con Les amants de Malle, no así con On Dangerous Ground de N. Ray, aunque me ronda cada poco la cabeza...), corriente que queda relativizada, digámoslo, por el perfil más godardiano en el aparente descuido, arritmia, literatura envasada (un Warhol con algo más de sustancia) y un tono pegadizo que, también, más adelante se convertiría en industria y que, aún hoy día, es seguido y toscamente reinventado por tantos directores de comerciales y vídeos musicales (con el uso de las últimas tecnologías, claro está), que intuyen que están siendo “rompedores”, poco menos, por supuesto sin atreverse a apuntar qué es eso que están rompiendo...

Tengo este jugoso libro entre manos: PARÍS alrededor del 68. Carteles de prensa (editado por la Fundación Antonio Pérez y la Diputación de Cuenca). Motivos de cuatro portadas de 1971 (año de producción de La salamandra), que traduzco al castellano:

1) “Francia en desorden” (L’Express).

2) “Los jueces acusan a la justicia”; “La América de Nixon vista por Chomsky”; “Policía: la manifestación de los ‘mal-queridos’” (Politique Hebdo).

3) “Las ‘abortistas’ toman la palabra”; “La URSS: de un congreso a otro”; “Los campesinos se enfadan: un dirigente sindical se explica” (Politique Hebdo).

4) “La libre disposición de nuestro cuerpo” (Tout!).

Resumen temático de los carteles mediante una enumeración:

Estudiantes, El Orden, Vietnam, La Causadel Pueblo, Pornografía, Israel, Sartre, Cárcel, Argelia, Antisemitismo, Marilyn, Luna, Khrouchtchev, De Gaulle, Picasso, USA, Einstein, Kennedy, Negros, El Papa, Ricos, Aborto, Ho Chi Minh, Droga, Desorden, Drama Español, Justicia, Chomsky, Nixon, Policía, Basura, Camus, Breton, Revolución Sexual, Sexología, Colegios Mixtos, Playboy, Bardot, Hermafroditas, Nueva Cultura, Underground, Lucha, LSD.

Cómo no sentirse, ante tan brillante lista, atolondrado y nostálgico...

De ese clima borroso de contestación política, atrevimiento sexual y “collage” fetichista de alta cultura y cultura popular surge La salamandra, que, en tanto que producto estructurado, se incardinó al citado clima, pero que, en tanto que producto estructurante (son conceptos del sociólogo Bourdieu), facilitó la creación de nuevos productos de similar estampa dinámica y, aviso a navegantes, para nada timos de la estampita.

(“¡Qué prudente es la prudencia!”, sentenció Godofredo, protagonista de Alves & Cía, cuando bella y tranquila y plena pasó a ser su vida)