TARR Béla (1955-_)

Családi tüzfészek (Nido familiar) (1977: 9.0)

¿Puede una casi inédita película húngara de 1977, rodada con dos florines y dirigida por un chico de 22 años llamado, cual vampiro, Béla Tarr, gustarme tanto como la elaboradísima, pensadísima, habilidosa, emocionante y (a ratos) sublime serie de televisión contemporánea y norteamericana The Sopranos?

La respuesta es, sin duda: sí. Pero añadamos ya mismo: mientras que Los Sopranos no requieren ningún esfuerzo, y uno se integra en su ingenioso, tenaz y violento mecanismo desde los primeros segundos de sus (magníficos) títulos de crédito, Nido familiar, la película húngara en cuestión (que contiene planos de varios minutos de duración, conversaciones airadas y tristes, personajes patéticos en blanco y negro y no más excitación que la originada por la vida dura y compleja de su momento y lugar y por los choques generaciones, sexuales, genéricos, emocionales y sociales) sí demanda del espectador actual un grado de interés y compromiso; porque si no cundirá la desgana y se empezará a cuestionar: ¿por qué leches tengo yo que apartar de un manotazo Los Simpsons y Los hombres de Paco, CSI, Sexo en Nueva York y House y enredarme en un tipo de cine que, a priori, no contiene demasiados atractivos?

Recuerdo un artículo de hace unos años del gran periodista deportivo Alfredo Relaño (en AS) en el que defendía la ubicuidad del fútbol por delante de todos los demás deportes; afirmaba Relaño, creo recordar, que no veía qué beneficios podría traer a la sociedad el hecho de que deportes más minoritarios como (es un decir) el balonmano o el voleibol ganaran espacios en las informaciones periodísticas. Este gran periodista, en realidad, defendía su negocio: si es el fútbol el que conecta con los aficionados, ¿para qué complicarnos la vida y sustituir una portada sobre una tatuaje de Beckham o un bronceado de Cristiano Ronaldo por  una victoria del equipo español de waterpolo o con la medalla de plata de un patinador soriano?

A mi modo de ver, Relaño (acaso interesadamente) obviaba una cuestión capital: en la variedad está el criterio y el gusto. No es un lugar común: seremos más tolerantes, más sabios y más amplios de miras si tenemos más conocimientos sobre esto y aquello, si hay más donde elegir y adquirimos informaciones acerca de parcelas que antes ignorábamos.

Sólo por eso, el fútbol o las series norteamericanas de ficción pueden y deben complementarse. Por ejemplo con la película Nido familiar, dirigida por Béla Tarr, fotografiada por Feren Pap y montada por Anna Kornis. Una obra cinematográfica temblorosa, abrupta y desalentadora en la que dos de los protagonistas, dos hermanos supuestamente honrados, violan a una amiga de la familia y la amenazan con las siguientes palabras dictatoriales: “Grita y seremos más”. Una película de malestares latentes e insolentes ráfagas en la que oímos una canción Pop que dice: “Sí, estoy esperando el día en que salga el sol”. Una obra de arte cortante, insistente y veraz en la que un burócrata de aquellos (soviéticos) momentos desazona a la protagonista (que quería conseguir un piso al que mudarse con su marido e hija) con estas terribles palabras: “No me pagan para que me ponga en su situación”. Un film por momentos bergmaniano, godardiano, menzeliano, bressoniano, polanskiano, casavettiano, herzogiano, dardenniano y slamiano (Algo parecido a la felicidad) en la que ella, la joven y escurridiza protagonista, expresa el siguiente deseo: “Algún día la vida tomará forma”.

Qué rostros, qué continuidad, qué palabras, qué naturalidad, qué miedo, qué esperanza, qué realismo, qué graciosa y atrevida juventud, deseosa de ser distinta y marcar un territorio.

Pero eso grito yo, en positivo, aquí, en esta anti-violación: grito, grita y seremos más.