AUGUST Bille (1948-_)

Pelle erobreren (Pelle el conquistador) (1987: 9.0)

Termino pensando, sintiendo, que Pelle el conquistador es una película maravillosa. Me gana para su causa porque me ha emocionado. No siempre es necesario que el director sea un autor “con un mundo propio”: recuerdo de Bille August La casa de los espíritus, que no era ninguna joya. Pero puede sonar la flauta, por casualidad o no: y tal parece ser la moraleja de esta obra sueco-danesa que ganara el Oscar a la mejor película “extranjera” en 1989.

A los norteamericanos les suelen gustar las películas europeas que reflejan el combate de los buenos contra los malos hombres, entre los generosos y los vulgares sentimientos, aquellas que aúnan calidad y gancho comercial, que fusionan lo local y lo universal, lo pictórico con lo cinematográfico, lo alegre y colorista con los nubarrones que representa el mal. Películas francesas como El último metro (1980, Truffaut), Cyrano de Bergerac (1990, Rappeneau), Amélie (2001, Jeunet), Bon Voyage (2003, Rappeneau) o Los chicos del coro (2004, Barretier); coproducciones como El nombre de la rosa (1986, Annaud), Buenos días, Babilonia (1986, los Taviani), Cinema paradiso (1988, Tornatore), Europa, Europa (1990, Holland) o Belle Époque (1992, Trueba); filmes italianos como Mediterráneo (1991, Salvatores) o La vida es bella (1997, Benigni), y otras obras del viejo continente como, se me ocurre, la checa Kolya (1996, Svérak) han sabido abrirse camino en la controlada cartelera estadounidense, muchas veces aupadas gracias a premios de la Academia o por el apoyo de una multinacional (sigue habiendo ejemplos más recientes de exitosos desembarcos europeos en América tales como la semi-española El laberinto del fauno o la alemana La vida de los otros).

Pelle el conquistador, aunque recurra a técnicas narrativas convencionales y no evite cierta ostentación de escenas y planos para la influencia sentimental sobre el público, es un film que juega limpio casi siempre y que supone una especie de gran obra de Hollywood con un sentido más austero y escandinavo, en esta historia en verdad emocionante sobre un padre, el grandioso Max Von Sydow (El séptimo sello, El exorcista, Hannah y sus hermanas...), y su hijo (un estupendo Pelle Hvenegaard) en un territorio hostil, la Dinamarca racista contra los suecos, mientras trabajan en la finca de un potentado explotador y sufren variados escarnios, tanto ellos como los demás trabajadores (o semi-esclavos) que por allí malviven.

Hay numerosos momentos para el recuerdo en esta obra que combina de manera excelsa bellos y fríos paisajes exteriores con (humildes o más lujosos) interiores; una obra que es capaz de hacer un portentoso retrato de personajes (imposible olvidar al rebelde Erik) y elaborar un enorme número de situaciones prodigiosas: la declaración de amor entre Von Sydow y la señora Olson; Pelle moviendo las orejas durante su “evaluación” en clase; la escena de la fustigación de Pelle a su compañero retrasado; la impresionante, sobria y abstracta despedida final entre Pelle y su padre, rodeados ambos de nieve y silencio; y muchas otras.

Pelle el conquistador (pese al regusto un tanto agridulce, sobre todo en los primeros minutos, en los que imperan en exceso ideas demasiado norteamericanas sobre conquistar el mundo, ser libre, ir a América, hacerse un hombre, etc.) pertenece a la categoría de obras mágicas con niño, en la senda del David Copperfield de Dickens y Lean o la subyugante Qué verde era mi valle de John Ford. Y creo que es mi película favorita sobre la relación entre un padre y un hijo. Y finalizo: en mi modestísima opinión, la interpretación de Max Von Sydow como Lasse, el padre de Pelle, es a día de hoy una de las más asombrosas y elevadas que he visto, a la altura del Gregory Peck de Matar a un ruiseñor o de (y esto es un capricho personal)  Kris Kristofferson y James Coburn en Pat Garret y Billy the Kid. Nada menos.