TASHLIN Frank (1913-1972)

The Disorderly Orderly (Caso clínico en la clínica) (1964: 6.5)

Señala Javier Marías en “El servilismo de la risa”, uno de los artículos incluidos en su espléndido volumen recopilatorio Donde todo ha sucedido. Al salir del cine, cómo el cómico Jerry Lewis le “sigue haciendo una gracia loca”, mientras que “no gusta nada a las generaciones más jóvenes”. Apuntaré dos motivos que podrían explicar esta modificación de pareceres o humores, quizá generacional o, a lo mejor, algo más profunda.

El primero es que muchos jóvenes (y no tan jóvenes) hoy día tacharían películas como Caso clínico en la clínica de “tontas”. El humor que más se viene estilando desde hace años busca una mayor complicidad con el espectador medio. Y hoy el espectador medio de películas de humor en el cine tiende a ser adolescente o joven universitario, y las cuestiones con las que puede “conectar” guardan relación, sobre todo, con la escatología, el lenguaje soez y el sexo más o menos explícito. En una vertiente más “light”, el espectador contemporáneo se ha reído y ríe con series tipo Friends, en la que un grupo de amigos de ambos sexos comparten casa, amores e ignorancias, mientras se dedican a hacerse bromas en función de los puntos débiles (la “sicología”) de cada cual. Son jóvenes urbanos y “conectan”, son norteamericanos exportados por todo el mundo y disfrutados a partir de sus perfiles convencionales, “normales” y “de andar por casa”. Obviamente, ninguno de estos dos elementos, ni en la orilla menos sutil y más “heavy” de más arriba, ni en la más prudente recién apuntada, tiene nada que ver con el cine de Jerry Lewis.

El segundo motivo, opino, está relacionado con la formación que generaciones previas, como la de J. Marías, acaso recibieron gracias a revistas cinematográficas de entonces o a  amigos cinéfilos, y también guarda relación con una menor variedad de aficiones, al menos en lo que se refiere al fabuloso mundo de las pantallas. Tengo para mí que hace decenios el cine era un suceso mucho más especial y hasta emblemático, fuente de cultura y saber, de vanguardia, descubrimiento y ensoñación. Eso ha cambiado. La curiosidad ha menguado considerablemente y las informaciones se han multiplicado. El cine, ahora mismo, se anuda con mayor naturalidad a las tendencias más fáciles de entretenimiento, en especial a aquellas lanzadas a lo bestia (Harry Potter, etc.) en miles de salas de todo el mundo y al mismo tiempo. Las generaciones actuales (la mía debería ser “puente”, aunque no estoy seguro...) están más imbuidas, además, por los juegos de ordenador y consola, la navegación por Internet, los usos y abusos del teléfono móvil y las cuatro o cinco pantallas que adornan las paredes y estancias de sus casas.

Tras ver Caso clínico en la clínica, debo advertir que, sinceramente, no me he partido de risa. Me he reído tres veces, creo recordar; por lo demás, me ha dejado más bien frío y, a ratos, admirativo de los diversos y bien “currados”, como suele decirse, juegos visuales, de palabras y de sonidos que pueblan la película de Tashlin y J. Lewis. Es un cine muy, vaya, cinético, cinematográfico, puro; en este sentido, se relaciona con el segundo aspecto apuntado más arriba: algo que apreciaban y sabían ver mejor aquellos nacidos en los años cuarenta y cincuenta. Ahora se percibe un “todo vale” más que extendido.

La puesta en escena de The Disorderly Orderly es exacerbadamente inmaculada, hasta el punto del hiperrealismo: es demasiado real, sobresale, como de mundo perfecto. De ahí que resulte más chocante y hasta grimosa la irrupción del desastre y la locura, es decir, de Jerry Lewis. Los personajes son higiénicos, límpidos, sin matices, hilarantes. El histrionismo de Lewis resalta porque está ahí para eso: es su salsa. Es similar, en este sentido, al histrionismo de Jim Carrey (que a J. Marías no hace gracia, ni a mí tampoco).

A mí este cine me parece (como a tanta gente de mi generación y más jóvenes) algo tonto, la verdad. Me deja un tanto mosqueado. Es evidente que las revistas especializadas francesas de los “jóvenes turcos”, sobre todo, exageraron lo suyo a propósito de Lewis. Opino que por aquello de la “esencia cinematográfica”, la pureza de un cine que parece incontaminado del mundo exterior, así como el de las gemelas Pili y Mili en España (que también causaron admiración en algunos críticos).

Es un cine que, en apariencia, está exento de un contacto con la realidad económico-social o político-cultural, y perdonen. Se vuelca en los gags, las muecas y el sentimentalismo. Supone, eso sí, un prodigio en construcción espacial y “timing” de esfuerzos: una esbelta, envidiable y coordinada descoordinación de movimientos. Elementos que, como en el cine de Tati (o alguna con Peter Sellers), hacen de este cine un arte grácil, elegante, carente de charcos. En esto se emparentaría, nos guste o no, con aquellas películas de Elvis Presley o Doris Day. Un humor blanco, un lenguaje blanco y unos “sketches” muy ensayados, desiguales, diáfanos y dinámicos. A ellos se les une probablemente el componente más atractivo, ese toque francamente absurdo o anarquista, que a veces bordea la estupidez sin más (el caracol adelantando a J. Lewis, el dedo ardiendo, etc.), pero que en ocasiones estira con éxito el chicle de los moldes convencionales, las realidades habituales, las manías humanas... De paso, abrió camino para tendencias humorísticas posteriores como el cine de W. Allen y M. Brooks, de Leslie Nielsen y Aterriza como puedas, Hot Shots, Austin Powers...

La risa, “una de las cosas más saludables que hay” o “ni más ni menos que nuestra salvación aquí en la tierra” (palabras de Marías en su artículo), va por barrios, como reza el dicho y, en mi caso, han sido los momentos más admirablemente desequilibrados y cinematográficamente movidos (además de alguna frase ingeniosa) los que me han llegado a hacer reír en esta película. Destaca, sin duda, la persecución final de ambulancias tras una camilla en la que va tumbado el horrible Mr. Tuffington, el jefe y potentado del hospital, un acaudalado y roñoso señor cuyo único objetivo en la vida parece resumirse en atraer al mayor número de enfermos mentales (clientes) a su hospital. Esa persecución es realmente graciosa, está rodada con gran mérito y dificultad y guarda un divertido respeto por el campo visual y la verosimilitud sin hachazos ni efectos especiales que, creo, no saben apreciar las nuevas generaciones (de las que hablé al principio), seguidoras de Carrey y PhotoShop, de Friends y YouTube: el foco de atención demasiado disperso (unos pocos segundos) entre las decenas de pantallas fragmentarias.

En este cine de Tashlin y Lewis parece latir, incluso tras los elementos más absurdos, inesperados y estrafalarios, un corazón: otra novedad no compartida. Se persigue una idea blanca, pudorosa, ingenua, o acaso más generosa (cualquiera sabe), del “amor verdadero”, desinteresado o por descubrir. Con este cine uno se podía o se puede aún reír pero no a costa de creerse el rey del mambo ni con el fin de “conocer mejor a mis amigos”; en él no vamos a oír hablar de masturbaciones ni de “joder, tío, qué pasada”, y nadie se lanzará pedos ni se creerá de vuelta de todo. En este cine de Lewis y Tashlin (en el que termina cayendo al mar, sin piedad, el personaje más solemne, antipático y malvado, el empresario ultra-liberal Tuffington) nadie está de vuelta de nada, casi todos pueden y se esfuerzan (pese a locuras, enredos y trompicones) en aprender cosas nuevas y, así, el caos infringido por el cómico Lewis sobre el resto de personas y sobre el estado de cosas llamativamente en calma sólo es aparente, una cortina de humo (y humor), esto es, una saludable excusa para salvarnos de los malos humos, las malas compañías y la mala educación, mientras nos afanamos en encontrar a esa persona generosa y especial que nos quiera como somos.