TASHLIN Frank (1913-1972)

The Geisha Boy (Tú, Kimi y yo) (1958: 7.0)

Tú, Kimi y yo es un absurdo título español que parece haber hecho historia: hace pocos años hemos tenido la comedia loca (o estúpida) Tú, yo e Irene. Por otro lado, tras el Tú y yo de McCarey de un año antes, Tú, Kimi y yo suena a chiste fácil. El tonto título en castellano, traducido del original The Geisha Boy, le viene, no obstante, como anillo al dedo (gordo del pie) al gesticulante Jerry Lewis, que, a medida que voy viendo más de sus películas, se me va pareciendo más a Chaplin, a un grotesco Charlot, digo: no hay más que imaginárselo con bastón, bombín y... ¡zanahoria!

 

Así que The Geisha Boy es una película de Jerry Lewis... con conejo y con niño (tan chaplinesco). Nada menos. Hay que apretarse los cinturones y las zanahorias. Mientras James Stewart creía que tenía como amigo a un conejo invisible de dos metros en El invisible Harvey (Koster), Lewis no se lo tiene que imaginar pues necesita a su conejo auténtico, el muy visible Harry, para sacarlo de la chistera, magia “potagia”. Es un conejo especial: se pone rojo si toma el sol, se eleva sobre sus patas traseras, desaparece cuando le viene en gana, cosas así. El Gran Wooley (el mago a quien interpreta Lewis) lo adora. Claro que, en Japón (país al que envían a Lewis como parte de un contingente destinado a animar a la tropa norteamericana allí destacada), a nuestro mago Lewis y al conejo Harry se les une un caprichoso niño japonés, lo cual le otorga sentimentalismo y blandura a una historia que no hay por donde cogerla... Aunque tampoco sea obligatorio coger nada.

 

Reconozco que hay momentos hilarantes, como cuando el desastroso mago The Great Wooley enrolla en una alfombra a la estrella norteamericana que los acompaña en el avión. O cuando Lewis es perseguido por un gigante japonés, jugador de béisbol, y tras una carrera mal calculada éste aterriza en el medio de una piscina, provocando una hiperbólica inundación en toda la calle. En general, lo mejor del film sucede al principio, dentro del avión, durante el vuelo al Japón: sólo con ver a Jerry Lewis robando zanahorias e introduciéndolas bajo la camisa o mirarle gateando por el pasillo del avión a la caza de Harry, que había huido de su lado... ya se nos escapan las carcajadas. Y uno se queda, la verdad, más tranquilo. 

 

Es un cine hiperrealista, de detalles asombrosos, pequeñas cosas que, creo, en el cine contemporáneo (de mayor brocha gorda o efectos especiales) no se valoran. Por ejemplo, en la pista de aterrizaje el niño recoge por el suelo los pedazos de una fotografía que había roto Lewis: vemos cómo esos papelitos blancos, que destacan sobre lo oscuro del terreno, son cogidos por el japonés uno a uno. O vemos cómo las manitas del niño aparecen tras el asiento donde dormita Lewis, toman un sándwich de la bandeja y, para que éste pueda pasar hacia atrás entre los dos asientos, ha de rotarlo a posición vertical (escena que se repite después, pero con Lewis y el nene cambiando de papel). Son detalles que parecen nimios, pero caracterizan a esta “escuela” cuyo rasgo principal es un enorme respeto y confianza en lo real, a lo en verdad rodado (aunque haya trucos), a cada punto que forma la totalidad del plano.

 

Por otro lado, llama la atención, sobre todo (diría) desde la perspectiva contemporánea, que Lewis, todo torpeza, histeria, ramplonería, sudor, ineptitud, pudor y estupidez, esté normalmente rodeado de chicas tan guapas, norteamericanas o japonesas, aquí Marie McDonald, Suzanne Pleshette o Nobu McCarthy. Y lo increíble, además, es que se suelen enamorar de él, algo impensable ahora en tiempos de Edward Norton, Brad Pitt u Orlando Bloom. Porque Woody Allen, ya en los setenta, tenía la coartada del intelectual incomprendido, pero el éxito de Lewis con el sexo femenino es uno de los mayores misterios de la historia de la humanidad.

 

El cernícalo Lewis, además, con la ayuda de su compinche en la dirección Tashlin, promueve momentos semi-posmodernos (que convirtieron a Lewis en un favorito de los “cahieristas”), en los que el “autor” es plenamente consciente de su posición y se lo hace notar a los espectadores, como diciendo:

 

 

 

-Hola chicos, esto no es real, es sólo una película, vosotros sois espectadores, ¡no unos tontos del culo! Y, antes de que se me olvide, yo tampoco soy tonto del culo, sólo actúo como si en verdad fuese un tonto del culo, pero no lo soy, no lo olvidéis, esto no es real, chicos...

 

 

 

Por ejemplo cuando Lewis, en una conversación imposible con un señor japonés, admite mirando a la cámara que ni siquiera los subtítulos están coordinados. O cuando en el papel del padre de la enamorada japonesa (y abuelo del nene enamorado de Lewis...) vemos irrumpir a Sessue Hayawaka, el protagonista de El puente sobre el río Kwai, que aparece justamente construyendo un puente sobre una piscina y silbando la famosa melodía, sólo para entretener al impertinente nieto... O cuando sobre una imagen con fondo de montaña vemos surgir alrededor de su cima el símbolo de la Paramount... O cuando Lewis habla de cómo las japonesas van siempre desnudas, como si fueran Brigitte Bardot (que se acababa de poner de moda con Y Dios creó la mujer). O Lewis despidiéndose al final de la película metido en el papel del conejo Bugs Bunny (“That’s All, Folks!”) y engullendo una zanahoria...

 

Por último, un aviso a navegantes: Tú, Kimi y yo también es el título del campeonato de Fórmula 1 del año pasado (2007-08) visto desde la perspectiva de un Fernando Alonso que se dirigía a su compañero de equipo Lewis Hamilton...

 

¡Para partirse de risa!