TATI Jacques (1908-1982)

Les vacances de Monsieur Hulot (Las vacaciones del señor Hulot) (1951: 7.5)

Opino que la siguiente e irónica frase, que emite un personaje a propósito del diseñador de moda Balenciaga (en La Gran Vía es New York, de Raúl Guerra Garrido), guarda relación con Jacques Tati y con su cine:

 

Un tipo excepcional que mantuvo el tipo hasta que decidió retirarse, de hecho se retiró por mantenerlo. No cedió al prêt-à-porter, “yo no me prostituyo”, dijo, y cerró su casa de París en mayo del 68. De ahí la fama de esa fecha, en mayo del 68 la imaginación no subió al poder y falleció la moda.

 

Sigamos.

El tedio de vivir. La vida (acomodada, burguesa) es tedio. Incluso durante las vacaciones. O, sobre todo, en vacaciones. Aturde el verano.

Con sólo haber cerrado mal una puerta, ya podemos ser víctimas del desastre pasajero, la ráfaga de viento que entra en la estancia y nos hace parecer imbéciles. Pues estamos desprevenidos ante cualquier mota de polvo, mosca cojonera o piel de plátano. Así somos.

(Espacios hiperrealistas casi, de tan nítidos, como un Magritte, e irrumpe Hulot como una nave espacial sobre una espléndida urbanización, bajo un sol radiante, en blanco y negro lustroso)

La playa. Estampas como de Mingote (que siga entre nosotros).

El tedio de Ionesco, encontrado o combatido mediante la repetición. El absurdo de los convencionalismos. Pero los necesitamos para sobrevivir y relacionarnos, en vez de asesinarnos y escupirnos.

(Paciencia, nada de trucajes para el espectáculo o la irrealidad. Desaires, chapuzas rutinarias del día a día, todo esto condensado en cine)

Se diría que la serie británica de hace ya varios lustros Fawlty Towers, con John Cleese, bebe, británicamente, “understatement”, de aquí.

No hay palabras. No son imprescindibles, no son obligatorias.

Niños, perros. Son como Hulot. O Hulot quiere ser como ellos.

(Más Keaton, menos Chaplin)

(Dominio espléndido del espacio en continuidad o la continuidad del espacio, y su profundidad y capas; admirable puesta en escena: cabe todo, tanto lo habitual como lo infrecuente, como lo ridículo)

Los adultos son todos beodos, sin excepción. Nos merecemos nuestra suerte esquiva, nuestros golpes contra las paredes y los penosos olvidos, ese codazo repentino que se interpone entre nuestro rostro y el aire, cuán cebollinos somos. Pero provocamos lástima y compasión, o es comprensión, más que nada. No sabríamos ser de otra manera, parece que no.

(Una brisa de rechifla seria como en los libros de Eduardo Mendoza, sentimentalmente “nonchalants”, suavemente sarcásticos, cruelmente diáfanos en su exposición de tipos humanos, sociales)

Bastante tenemos con luchar cada día contra los rutinarios elementos que en teoría nos hacen la vida más sencilla pero que nos hinchan las narices.

Tati sí mandó sus naves a luchar contra los elementos. Menudo elemento era él: el más peligroso para los amainados y veraniegos paseantes.

Pudoroso o asexuado, feliz como una liebre o conformista sin papeles. Se hace lo que se puede. O no somos nada.

(Increíbles trucos sin trucos, recordemos el éxtasis pausado y excesivo de Playtime: el espacio, el plano entero es el protagonista, sus límites y aprovechamiento, con el encuadre como metodología de ataque ante la realidad que desea filmarse y descolocarse ante los ojos)

“Progresismo sí, pero con prudencia”. Esto suelta un pedante en vacaciones. Y concluye: “El eclecticismo categórico”.

Los objetos se rompen. Todo lo que hemos fabricado se deshace y eso nos enfurece o nos tritura la moral o nos reímos con ganas de llorar.

(Parodia de Tiburón 24 años antes de Tiburón. Un adelantado a su época, fue Tati. O un atrasado. Es casi lo mismo. Un fuera de sitio)

(Más floja es, eso sí, que Mi tío y que Día de fiesta)

Es inútil e imposible pretender ser demasiado solemnes o ceremoniosos o circunspectos. A la mínima gota de lluvia se nos ve el plumero, se nos cae la máscara, se nos pincha el globo, se nos vuela el bigote postizo y nos acordamos de la madre del tonto del pueblo, que justo en ese momento pasaba por ahí y nos mira mal y nos sentimos bizcos.

En el lugar equivocado, en el momento lechuguino. Y es que cuando las cosas no quieren salir bien, no hay manera. Son tópicos sobados que utiliza Tati, de los que se mofa, de los que se vale para reírse sabiamente.

Las palabras sobran casi siempre. Adornan nuestra conducta y temerarios aspavientos pero no mejoran el mundo. La imaginación... al podar.

A mi lado, en un periódico serio, leo en su edición del viernes:

 

Lola. Chiquilla supertragona y tetona. Me encanta tragármelo todo, con una chupadita a tope. Me gusta el griego profundo y salvaje y que me hagas chillar de placer como una loca. Besito negro natural, masaje anal, cómeme enterita, no me niego a nada.

 

Como vemos, hay personas que sí se prostituyen. Me va molestando ya algo este cine del señor Tati. Es comprensible, ¿o no? Obviamente, el torpe Hulot y su mundo de equívocos van ganándome para la causa del tedio, que era la protagonista de esta pieza y el tema de este cine.

(Ese detallismo onanista, cuando uno ha participado de Scorsese, Haneke y Kar-Wai, por ejemplo, se antoja un pelín obtuso y me hace desconfiar de ese cine y de mí mismo: de lo que veo y siento. Y qué pensar)

(Peter Sellers, el de El guateque, exacerbaría los “tics”, perdiéndose)

Ésta no es, por consiguiente, una película veraniega de las de ahora (junio 2007, ya 30 grados fuera y dentro), sino otoñal. Su pudor humilde e inmenso invita casi a despreciarla en estos tiempos de supertragonas, consolas y promotores. Un desprecio que honra a la película, por supuesto.

“El eclecticismo acabará derrotando al capitalismo”, añade el pedante, que comienza a caerme bien, por cierto. ¡Vaya dictamen! ¡Era 1951!

(Así como un humanista Renoir que ya no se cree sus “renoirismos”)

Culo de mal asiento. Ni come ni deja comer. Seamos malos. Ni duerme ni deja dormir. Pasó por el mundo haciendo el tonto. Seamos cínicos. Por sus actos (fortuitos, inodoros, sordomudos), lo conoceremos.

Se acaban las vacaciones. Hulot de casi nadie se despide, el pobre. Un “outcast”. No deja atrás ni amigos ni enemigos, a nadie le pasa su número de teléfono, ¿se imaginan? Pero es un hombre agradecido, así como si le envolviera filosóficamente un halo de nihilismo sedado, podría decirse.

Se queda con los niños, que le entienden mejor que nadie, aunque le arrojen arena.

Se queda en su destartalado auto, un cacharro que es como él.

Y la playa se queda (sin cuatrocientos golpes) congelada y con un sello de postal pegado, como si la película fuese una broma. Acaso. Pero la playa se queda desierta. La soledad, sí. La soledad del hombre y de la playa en invierno. Un tipo excepcionalmente solo, este Hulot.