TORO Guillermo del (1964-_)

El laberinto del fauno (El laberinto del fauno) (2006: 4.0)

En la estupenda hoja explicativa, disponible en los Cines Renoir, sobre la película El laberinto del fauno, leo estas palabras de su director:

 

Para mí, fascismo representa el horror último, el más grande, y por esa razón es un tema ideal para contarlo como un cuento de hadas para adultos. Porque el fascismo es sobre todo una forma de perversión de la inocencia y, por tanto, de la infancia. El fascismo es, en algún sentido, la muerte del alma, como algo que te forzara a hacer elecciones terribles y dejara una marca indeleble en lo más profundo de quienes viven a través de él.

 

Vista la película, me cuesta horrores entender tan alambicadas y, me temo, efectistas palabras, pues, pese a su soniquete correctísimo e indestructible, no veo qué relación “real” guardan con El laberinto del fauno.

Lo cierto es que no conseguimos en España, en o sin coproducción, fabricar películas que traten el tema de la guerra civil española, y su inmediata posguerra, con seriedad, complejidad y bravura. El laberinto del fauno es, por un lado, la historia de un capitán del ejército de Franco perverso, monstruoso y caricato (Sergi López), y la relación con su esposa (Ariadna Gil) e hija (Ivana Baquero) y los guerrilleros maquis, una vez más, idealizados, benefactores y resistentes en su acepción esquemática e indigenista. Por este lado, llamémosle, realista, la película se asemeja a otras contribuciones recientes tipo Silencio roto o Soldados de Salamina, insuficientes, insípidas y simples desde casi todos los puntos de vista.

Pero hay “otro lado”, en El laberinto del fauno, que es el que explota Guillermo del Toro con deleite, pues es, piensa uno, el que a él más le place: el reverso del espejo, la Alicia “freak” (y “freak” es un término desgastado, que ha adquirido un prestigio inaguantable, y que, por infortunio, suele designar, no precisamente a los admiradores de la obra de Browning, sino a los aficionados hiperbólicos que se visten como sus personajes favoritos de las globalizadas y globalizadoras Star Wars, The Rocky Horror Picture Show, Star Trek, Matrix y demás sprays paralizantes). Más explotaciones y deleites: la deformación de los monstruos (o los deformados son los hombres, a lo mejor), la visualización apetitosa e ilimitada de bichos más o menos repelentes e indigestos pero que, claro está, comprenden una dimensión metafórica, entre el Bien y el Mal, tan supuestamente ambiguos (eso en las ruedas de prensa, más bien, pues en películas tipo El laberinto del fauno sabemos sin rompernos la cabeza quiénes quieren que veamos como malos y quiénes como buenos), y una “iconografía” (otra palabra de moda, y bastante vacía, por cierto) consistente en un ramificado y floridísimo barroquismo. Y todo esto, a mí, humilde espectador, pero, ojo, también lector de películas, me ha molestado más que impresionado.

Esa sobreabundancia de elementos medio oníricos, medio fantasiosos que pueblan la mitad oscura o imaginaria de El laberinto del fauno, sí sirve para enseñarnos el llamado “talento visual” del director y colaboradores, sin duda. Otra cosa es que cada vez que la película se parte en dos y vira hacia el lado del laberinto y las ensoñaciones (no siendo yo un gran fan de La bella y la bestia de Cocteau...), uno se pregunta a cuento de qué esa niña habla con ese bicho, qué pintan por ahí revoloteando esas hadas o libélulas, etc. Si no estará todo impuesto por la recargada dimensión simbólica que ha de posicionarse como contrapunto al duro quehacer y acontecer de aquellos días de posguerra, en los que el ejército vencedor seguía martirizando a sus derrotadas víctimas (y sería así, en muchos casos, no digo que no...).

Vaya, así, por delante, que Guillermo del Toro es emplazable en una lista con el absurdamente oscarizado Jackson y Alex de La Iglesia, irregulares aunque habilidosos directores de películas anti-sutiles. Todos desbordan imaginación en la confección de seres sobrehumanos, tramas esquemáticas y tonalidades grotescas, y en sus películas no se perciben profundidades, complejidad, exploración o esencialidad, aunque sí un lujo de detalles. Son directores muy, claro, internacionales, cuyas maneras de narrar en imágenes es seguro que los hacen atrayentes para mucho público de aquí y al otro lado de los diversos charcos. Un mérito no artístico.

En nuestro período histórico y cultural, ese tipo de machaconería y retórica excesiva, con las indelebles marcas de la comercialidad como un orgullo más que como un castigo, aúpa a estos autores a posiciones bien altas del panorama recaudatorio y, curiosamente, también a asombrosos escalafones críticos. Esto se explica, tengo para mí, por una hornada de críticos (escasamente “críticos”, de raíz) nacidos entre 1960 y 1975, aproximadamente, que, al menos en España, se ha establecido en varios pedestales mediáticos y desde allí elevan a categoría de obras maestras películas que, como mucho (así El laberinto del fauno), son entretenidas muestras de un cine para todos los públicos, de una simpleza política, intelectual, analítica y emocional que retumban. Y, aparte, insisto, se adhieren a un barroquismo fílmico omnipotente que le obliga a uno a maldecir a aquel sátrapa o genio al que se le ocurrió acuñar aquello tan prestigioso de “la profundidad hacia afuera”, pues está haciendo estragos en el arte cinematográfico, además de obteniendo réditos obscenos y apoyos inquebrantables.

Tan excesivas son las alabanzas en torno a este cine adornado, manierista y de “overbooking” visual como para que en el año 2007, en cualquier lugar del mundo, abunden los comentadores que emiten opiniones tan elementales como que los citados Jackson, de la Iglesiay del Toro (directores estimables en sus mejores momentos, potables de corrido y reiterativos en su incansable regodeo en “llenar la pantalla”) son superiores o mejores o más valiosos que, pongamos por caso, Rohmer o Mike Leigh, Guédiguian o David Cronenberg, Panahi o Todd Field, Oliveira o Robert Benton, Haneke o Itziar Bollaín, Moretti o Mario Camus. Hombre, uno entiende que las películas que realizan los primeros puedan recaudar más millones que las de los segundos, pero de ahí a consagrarlas, sin síntomas de empacho, hay una abismal distancia que se debería ver o al menos intuir.

Una democratización o liberalización o relativismo mal entendidos (considerados, más bien, como dogmas en tanto en cuanto “todo da igual” o “lo que más se parezca a la Play Station, eso es el Arte” o “el Cómic es el rey de la creación”) parecen estar detrás de estos y otros desatinos. Por no hablar de los hábitos culturales (lecturas, películas, etc.) de esos críticos, porque por ahí podríamos empezar a comprender algunas de sus ideas o suposiciones, más bien, como sobre el “fascismo”, por ejemplo, válidas para aprobar la historia en Selectividad, si el examinador se ha levantado con el pie izquierdo, pero no para mirar a este humilde espectador que escribe, sin lectores de momento, a los ojos.