VARDA Agnès (1928-_)

Le bonheur (La felicidad) (1965: 8.0)

“No sé lo que prefiero: el olor a madera, a hierba o a río”.

Esto le dice él a ella: se acaban de acostar, yacen en la cama. Son o están felices. Se ve en sus caras. Y son franceses. Se ve en sus maneras.

Esto es una declaración de intenciones.

Será una película feliz y francesa: se ve en sus caras, sus maneras.

El impresionismo gentil de Monet, sus nenúfares con gente riendo, hasta Seurat sin ser tan puntillosos.

Qué paz, qué tranquilidad, qué armonía, qué frescura, qué educación.

El cariño, la plenitud, la lentitud sin “stress”. Él es carpintero.

La ausencia de conflictos, de toboganes, de huracanes; la ausencia de montañas rusas, estruendos, muñecos de feria, pulpos de atracciones.

Algo de Rohmer hay: del Rohmer que, a la altura de 1965, aún estaba afilando su estilográfica de celuloide maduro y sereno.

Y de Renoir, el de El río. El fluir, el río que nos lleva, atrapar el tiempo, digerir el mundo; consentir, pues dioses no somos.

Descaro en la planificación, en la inclusión de planos, casi pósteres, en la narración-descripción de la felicidad.

El campo y la ciudad, la calma y el cine. Y, en esto, él conoce a otra.

Insertos, juega Varda con la imagen, la cuida, el talante espontáneo y en apariencia gratuito de la Nouvelle Vague. Es gratuito porque no es interesado: precisión en el signo urbano, la captura de lo real en su complejidad impresionista, no psicológica sino elástica, rítmica pero melódica y, pese a lo que vemos, conflictiva. Un cine de:

Literatura y molinillos de viento, árboles y anuncios luminosos, colores y amor, tierra y besos, libertad sin proclamas.

El capricho y la moralidad, los girasoles y el bodegón, el vino y el bebé, la teta y la luna, la miel y la tentación. La vida misma, los derechos y deberes, las pasiones y Une partie de campagne.

Las flores y el yoyó, el martes y el sábado, la costumbre y la sorpresa. La cesta de fruta y los carteles en las calles.

El telegrama y la televisión. El corazón y el dibujo del corazón. La sobriedad y el enamoramiento. Un dejarse llevar.

El baile, el romance, la égloga: lejos del ruido y los coches (bajo techo, bajo ley), lejos de los bloques de cemento, el puterío, la corrupción, la rabia, el desencanto, aún lejos de Godard (1966: Deux ou trois choses que je sais d’elle).

(¡Pero no pasa nada malo!)

Desnudos, vellos y bellos. Jóvenes. Él y la también amada amante.

“Haces bien el amor”.

“Tú también”.

Eso se dicen él y su amante rubia (la tentación, el misterio).

“No me gusta la tristeza”. Añade ella. Él la anda besando por las nítidas curvas de la espalda: también a él le incomodaría la tristeza.

“No puedo decir: soy otro hombre desde que te conocí”. Dice él.

Y añade: “Al contrario. Soy más yo”.

“La felicidad se acumula”.

Esa es la percepción de él: lo que en su vida acontece o él hace acontecer. Ama a dos bellas mujeres, sonrientes, listas, dulces, distintas. Él no se lo ha buscado. No ha forzado la situación, o sólo lo justo. No ha “querido”: pero las quiere a las dos (Guédiguian: Marie-Jo y sus dos amores).

La normalidad: así es la vida. La naturalidad: es normal hacer el amor con la persona que uno quiere, cuando hay atracción mutua.

Una es más sexual, la sorpresa, la innovación.

La otra, la esposa, es más jovial, la costumbre, la ternura.

¿Se puede tener todo?

Durante un tiempo; veremos.

Le bonheur es película y discurso. Película de trama mínima y convencional que al espectador más normalizado le resultará de vía estrecha, antigua, fofa, sin fuelle ni intensidad ni identificación emocional.

Discurso: no con el significado de mitin político, claro que no.

Discurso: parte de una corriente cultural de los años 60, Francia, la relajación de las costumbres, la conciencia de liberación, la exposición de las tentaciones. El natural o normal adulterio. Más el intelectualismo.

El travelling y el pellizco (recordaría ahora La salamandra: Tanner).

“¿Un beso o un café?” Están el marido y la mujer.

“Todo”, responde él, lo quiere todo: porque él “quiere” activamente.

El azúcar, el sopor, las espigas y la espigadora. Varda.

El verano. Delicioso cine. Una delicia en su punto justo. Justo de justicia. Un cine de domingo en el campo. La felicidad acumulada, ¿hasta dónde es posible? ¿Se puede pasar de puntillas por el mundo?

“Lo puedo entender todo”, dice la esposa. Él lo quiere tener todo y ella lo quiere entender todo. O entenderlo a él. Sutil diferencia.

Él le explica a su amada esposa que ama, también, a otra: la amante. Lo hace mediante una metáfora: la de los jugosos manzanos en el huerto cuadrado y el manzano diferente, fuera del cuadro, con manzanas más rojas.

No vemos drama o no lo hay, no hay conflicto o no lo vemos.

Para Varda, supongo que esas palabras serán o serían etiquetas que restringen. Dependen, tales ambiciosas palabras, del verdadero amor existente, de la apertura mental, de la actitud positiva.

(Auto-reflexión: mucho escribo mientras miro)

Estampa idílica, preciosa en su claridad sin lentes de aumento ni abanicos para el calor. La temperatura y la distancia justas en el cine.

El amor en pareja. La pareja enamorada. En paz con el mundo. Filosofía acaso libertaria, civilizada de cualquier forma, basada en la teoría de la poesía de las pequeñas cosas.

(Para ser una delicia, y Le bonheur lo es, mucho estoy escribiendo mientras la felicidad ando mirando y aprehendiendo y admirando)

(Será mi sino, mi tentación intuitiva, mi costumbre cautivada: preferir la escritura, mientras poso mi mirada, antes que la mirada y el disfrute unidos para siempre: la mirada por la mirada)

Horror. El desastre. Ahora sí: el drama. Ahora sí: el conflicto. La muerte. La muerte. La muerte. La muerte de la esposa, la felicidad se morirá o se muere. (Sommarnattens Leende, Taboo: ambas sobrevuelan)

Acontece la desgracia, el accidente o el suicidio, se ahoga la esposa buena, bella, sana, generosa, se muere y, fuese suicidio o accidente, las cosas pasan, unos se mueren y otros se quedan viviendo. ¿Y la amante?

¿Y la amante?

Está feliz e infeliz. Eso dice.

La vida sigue. Pero no igual. Y no me lo callo: el espectáculo NO debe continuar. No son lo mismo. A ello se opone Varda y quien esto escribe.

Él vuelve con ella, la amante. La felicidad, la vida.

Él, a quien podríamos llamar François, es el actor Jean-Claude Drouot. Ella, su esposa Therèse en el film, es Claire Drouot, la esposa de Jean-Claude. Los niños de ambos en el film son los niños de ambos fuera del film. Y la otra ella, la amante, Emilie en la película, es Marie-France Boyer.

Encantadora obra cinematográfica; pensada, cerebral; celebrada, sentida. Uno la paladea con ligereza, sin estruendos, con sutileza.

Un cuento moral. Volvamos a Rohmer. ¿O volvió Rohmer a Varda? Una comedia, un proverbio. Un cuento de las estaciones.

Mozart.

Llega el otoño.

La felicidad, pese a todo, contra todo o, mejor aún, a favor de todo, acecha. Tomar las cosas como vienen. No cebarse en el sufrimiento.

¿Soy otro yo? Lo seré si vuelvo a la madera, la hierba, el río. El olor.

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