AVILDSEN John G. (1935-_)

Rocky (Rocky) (1976: 7.0)

Los que tanto nos hemos mofado de Stallone habríamos de recordar, por higiene mental o mera percepción cultural, que este hombre, cuando era joven y empezaba su carrera, cosechó un grandioso éxito de público (en todo el planeta) y, lo que es más difícil, de crítica (en los EEUU) gracias a Rocky.

Esta primera parte la dirigió John G. Avildsen, un realizador versatil y comercial, experto en chicos luchadores que vencen todas las dificultades; no por nada realizó las tres partes de Karate Kid. Las historias de superación (tan norteamericanas) sobre héroes anónimos que resisten, resurgen y refulgen parecen la especialidad de Avildsen (además Rocky IV, Lean on Me, The Power of One...), aunque también hiciera comedia (Neighbours), tentación en la que caería Stallone, estallando.

Es evidente que cuando alguien instruido en, pongamos, Félix de Azúa, Lucía Etxebarría, Coixet y Santiago Segurola ve imágenes de Rambo, Rocky, Cobra, Cliffhanger o cualquier otra de las toscas sagas en las que ha participado Stallone, sobre todo entre 1975 y 1995, le dan ganas de partirse de risa. Bueno, pues en 2007 Stallone ha vuelto, y nos carcajeamos ya menos.

Nos reímos porque el amigo Sylvester parece un bruto, básicamente, un ser violento, reaccionario y sin matices, alguien que carece de elegancia, sutileza, sapiencia, buenos modales y discernimiento. Ahora bien, esto mismo es “relativo”. Siempre podrá venir un triunfador Pop como N. Hornby (por fin vencí mis prejuicios y agarré y no solté Fever Pitch) y recordarnos que esas son virtudes o cualidades de clase media, burguesas; y seguramente tendría razón y nos quedaríamos encallados sin saber qué decir, ya que casi todo parece relativo.

Y lo cierto es que Stallone sí que tiene pinta, hasta cierto punto y a la manera del chico inglés de La soledad del corredor de fondo, de antihéroe de barriada y clase trabajadora, que se mantiene fiel a los suyos y se rebela contra los determinismos y las cartas marcadas.

Y, en efecto, la película está fotografiada (cómo no acordarse de otro antihéroe de esos años, Jack Nicholson en Five Easy Pieces) contra el paisaje urbano, metálico, sucio y grueso de las fábricas, los almacenes, las basuras, las casas mugrientas y las malas calles. Y cómo no acordarse de papeles de Pacino en filmes de Lumet (Dog Day Afternoon, Serpico), igualmente enclavados en el claroscuro, el puñetazo, el tono “mate” y reflejando que más dura será la caída, incontestable darwinismo.

Por otro lado, también Rocky se ve irremisible y exitosamente enmarcado en la cultura popular del culto al cuerpo masculino que, en los años setenta, tan estéticos, explotó en películas como Fiebre del sábado noche, con la música de Bee Gees y Travolta bailando y peinándose.

Rocky es, por tanto, si se quiere, una película con doble vertiente: ética y social, por un lado, y estética y espectacular por el otro. Una película que funcionó y aún funciona a las mil maravillas; pero no hace falta buscarle demasiadas cosquillas porque podríamos caer en tontos lugares comunes o, aún peor, ganarnos un directo a la barbilla: eso lo representa a la perfección la figura, el perfil y el halo del compungido, bonachón y fuertote Stallone.

(Participando de ambas vertientes, consigue Rocky algo muy difícil de conseguir, pero un “algo” en lo que los norteamericanos con talento suelen ser maestros: crear imágenes muy físicas que se nos quedan en la retina: como Stallone atizando puñetazos a unos grandes trozos de carne que cuelgan del techo, o Stallone cascando y engullendo hasta cinco huevos antes de salir a la calle a correr. Será eso que se suele decir de muchos grandes realizadores de los EEUU: que carecen de capacidad de análisis pero son extraordinarias en materializar las tareas manuales y técnicas, los trabajos de síntesis: pues en ellos confluyen de manera natural, y como sin darle importancia, corrientes de cultura, sociedad y pensamiento)

Convengamos, con el brillante y ácido columnista británico Jeremy Clarkson, en uno de sus artículos de hace unos años (recogidos en The World According to Clarkson), que “winning is for losers”. Es decir, que triunfar es de fracasados, que es justo lo que refleja el rostro de Stallone al final de la película, cuando aún no sabe si ha ganado o ha perdido el combate. Sí sabe, en cambio, que ha obtenido una victoria moral.

Sabe que su chica, a la que él ha rescatado con valentía y sencillez del soez cobijo de su hermano, del estatismo sexual y la fealdad de las gafas, estará orgulloso de él y permanecerá a su lado. Sabe, en fin, que lo ha intentado, que ha aprovechado su oportunidad, eso tan americano, que ha resistido los quince asaltos, y que su victoria es la de la constancia, el sacrificio, la humildad y la bondad. Además, como escribe también el ultra-sarcástico (y conservador) Clarkson, el problema de ganar es cómo compones o “preparas” luego tu cara; es decir, cómo muestras o reflejas el triunfo en la cara sin parecer un mameluco, un sobrado o un gilipollas.

Así, el rostro desecho, irregular, sudoroso, eufórico, hinchado, asimétrico y vulgar de Stallone al final de Rocky lo dice todo sobre el personaje Rocky Balboa, sobre el propio actor Stallone, sobre Avildsen, sobre la dicotomía Triunfo/ Fracaso, sobre los académicos que la premiaron en los Oscars, sobre este tipo de cine en su conjunto: con sus gestos y ritmos, sus intenciones y zozobras, sus tentaciones, rémoras y méritos. Y de todo esto, la verdad, hay en Rocky: porque fracasar (démosle la vuelta a la frase) es de triunfadores. Así nos engañamos algunos.