VERTOV Dziga (1896-1954)

Chelovek s kino-apparatom (El hombre con la cámara) (1929: 8.0)

El hombre con la cámara es cine propagandístico de la Unión Soviéticaleninista, con sus avances mecánicos y tecnológicos y su culto al cuerpo del hombre y la mujer rusos, preparados para todo y con los pies bien colocados en el suelo. No eran soñadores: eran trabajadores, luchadores, personas más que individuos libres, pues la libertad era estatal y colectiva.

Chelovek s kino-apparatom, vista hoy, y comparada con productos contemporáneos como el programa estalinista (“esperancista”) “Alto y claro” del canal televisivo español Telemadrid, se queda en puro ejercicio frío, gracioso, estrafalario y formalista, al servicio del narcisismo de Dziga Vertov, un hombre con su cámara que deseaba ser protagonista de la película que él mismo pretendía rodar.

El hombre con la cámara es un cine que celebra la libertad creadora pero que reivindica lo real sin aromatizantes. Crear con la cámara a partir de la realidad, sin actores ni interpretaciones ni artificios ni historia escrita. Crear en la mesa de montaje para darle a lo real un ritmo veloz hijo del constructivismo y el futurismo que imperaban; para proponer visiones alternativas de la habitual continuidad: lo real es relacional, Vertov busca paralelismos y puntos de encuentro, contradicciones, fusiones y paradojas y, sobre todo, quiere retratar fielmente el auge del movimiento, lo dinámico de los cuerpos y de las máquinas en el mundo moderno.

Chelovek s kino-apparatom gana enteros, según la he visto, eligiendo la banda sonora de “Volga Select” (Ivan Smagghe y Marc Collin), que nos distancia de lo filmado gracias a ritmos “tecno” de gran repetición, automatismo, apogeo y frialdad, frente al mayor mimetismo de “The Alloy Orchestra”, identificada con las imágenes: y no era éste el objetivo de Vertov, quien quería ante todo que el espectador supiera en todo momento dónde estaba él y dónde las imágenes. Nada de buscar la complicidad con un “drama inventado”, nada de quedarse pasivamente sentado delante de una pantalla masticando caramelos, nada de creerse a pies juntillas todo lo que se le mostrase. Vertov era el primero en desear que el espectador se “documentara” y se liberara de los discursos románticos, actuados y ficcionados y entrara de lleno en el disfrute consciente del mundo que le rodeaba, un disfrute que no disimulaba que lo importante era que la sociedad se hiciese fuerte y combatiera las desigualdades reinantes.

El hombre con la cámara es obra del Godard de los años veinte y treinta, alguien creyente en una “cámara-ojo” que avanzara sobre el arte del foto-montaje y el constructivismo de gentes contemporáneas como Vladimir Tatlin, Raoul Hausmann o Aleksandr Rodchenko, tipos que (leo estas informaciones en The Shock of the New, de R. Hughes) predicaban su fe en el leninismo con el ejemplo.

Lo curioso, hoy, de Chelovek s kino-apparatom, de todas maneras, es que su propaganda es mucho menos obvia que la de Eisenstein en su momento; parece que es el estilo inventado por Vertov (basado en el incesante jugueteo y estructuración de las imágenes “reales” en la mesa de montaje) el que prevalece por encima de la política pura y dura.

De hecho, poco después a artistas “no-artistas” como Vertov, incluso aún en la época de Lenin (y antes de Stalin), se les empezó a considerar excesivamente lejanos del verdadero espíritu del socialismo (mucho más directo, melodramático y sin ínfulas rítmicas o ambiguas), acusándoles poco menos que de caer en concesiones retóricas.

Sería como considerar, vaya, que el cine de Loach es más político que el de Godard, el francés un mero vanguardista travieso ajeno a lo que en verdad se está cociendo.

En todo caso, el malentendido llega a nuestros días. Leo patidifuso en El País (Babelia, julio de 2008), en un reportaje de Diana Pérez sobre el nuevo cine latinoamericano “comprometido”, que directores como José Padilha (Tropa de élite) o Fernando Meirelles (Ciudad de Dios) poseen una manera de narrar “frontal, sin concesiones estéticas, con todo el realismo que se puede conseguir corriendo con una cámara al hombro por las calles...”. Tras una mención a Glauber Rocha y sus “largos combativos”, D. Pérez señala cómo “los directores latinoamericanos siguen utilizando la cámara como un arma de denuncia”.

¿Por qué me asombro? Pues por esto: Ciudad de Dios es una de las películas más manipuladoras, menos “frontales” y con mayor número de concesiones estéticas que he visto en mi vida, sin exagerar. Aclimatada absolutamente al dictatorial “tempo” de los vídeo-clips de la MTV y el lenguaje dicharachero, impactante, violento e hipnótico de la publicidad, es difícil hallar un film que tenga menos apego a lo real y que, al mismo tiempo, muestre menos respeto por el espectador: Ciudad de Dios fue (ya está muerta) un show al servicio de sí misma (de su venta en todos los países).

Captamos el San Petesburgo de Vertov de manera distinta al Berlín de Ruttmann o la Niza de Vigo, pero las tres eran partícipes de un ansia y un rigor por fotografiar en movimiento la vida humana organizada en sociedad en grandes urbes del siglo XX. Historias no historiadas de hombres con cámaras curiosos y punzantes, dispuestos a sacar provecho, con talento musical y mordiente social (Vertov y Vigo, no Ruttmann, más robótico e inhumano), de un invento del que por entonces no se imaginaba que, decenios más adelante, se habría convertido, gracias sobre todo a múltiples pantallas colocadas en el interior de todos los hogares, en (¡lo escribiré, finalmente!) el famoso opio del pueblo, apaciguando cualquier asomo de sensata revolución (no socialista ni comunista) posible, aquella que se levantara frente al modelo único religioso, superficial, armamentístico, cosmético y ultra-consumista de los EEUU.

¿Pruebo lo que digo? Van Damme, Will Smith, Sarah Jessica Parker, Ben Stiller, Eva Longoria o Chuck Norris son considerados por casi todos, “solamente”, como (más o menos zafias) meras distracciones tras las duras jornadas laborales, “sin ir más allá”, “es sólo una película”, “algo que me ayude a no pensar”, “nada profundo”, etcétera.

¿Propaganda de quién?