VISCONTI Luchino (1906-1976)

La caduta degli dei (La caída de los dioses) (1969: 8.0)

Visconti abomina de las improvisaciones. Detesta la naturalidad sin velo de la carcajada intempestiva; no aprovecha, digámoslo así, la irrupción en el encuadre de un perrito, una ráfaga de viento o una manifestación.

Espacios asombrosos. Qué dominio, qué ejecución, qué grandiosidad. Este cine agota los adjetivos: grandioso, majestuoso, magnífico, esplendoroso, soberbio, espectacular, regio, faraónico... (del Diccionario de sinónimos y antónimos de SM, en la entrada “grandioso”).

Se agiganta, en Visconti, la figura del Autor, que trabaja con profesionales, meros colaboradores, a su entero servicio: ahí no había dudas sobre de “quién” era la película, sobre la autoría (estos días de 2007, por contra, nos han traído la inútil controversia entre los grandes egos mexicanos Iñárritu, director, y Arriaga, ay, escritor de guiones...).

Por otro lado, en 1969 se adivina a partir de las imágenes un relajamiento, o liberación, si se quiere, en las costumbres o formas de rodaje, lo cual se comprueba en los torpes “zooms”, trompicado contrapunto a la inmensidad artística y aristocrática de los espacios interiores viscontianos.

Reviso la siempre atractiva publicación Cine para leer, de Reseña, en su edición de 1972. Allí escribía el a menudo sugestivo Ángel A. Pérez Gómez, a propósito de Muerte en Venecia:

 

El cine de Visconti me deja frío. Hay una barrera de sensibilidad que me impide conectar con él. Su talante artístico..., su cine-ópera, fastuoso y rimbombante..., lleno a veces de un legítimo sarcasmo..., todo ello me distancia de Visconti.

 

Que es lo que, poco más o menos, he sentido yo treinta y cinco años más tarde viendo La caída de los dioses. Y añade, Pérez Gómez, otra característica del fondo y la apariencia: “decadencia”. Y así parece.

La caída de los dioses (o Götterdämmerung, título alemán, o The Damned, título inglés: los actores hablan en ambas lenguas en el film) se estrenó en Madrid en 1976, con siete años de retraso por causa de la ominosa censura. Y en ese año, y en Cine para leer 1976, otro de mis favoritos, Manuel Alcalá, la recibió con estos epítetos: “cadencia estilística irregular”, “narcisismo poético”, “la familia”, “homofilia”, “la soledad”, “la ilusión perdida”, “compromiso marxista”, “grandilocuencia”, “empaque esteticista”, “falta de garra”. No están nada mal. Y añade (mis “negritas”):

 

Falta... la austeridad óptica y musical que... hubieran sido necesarias para no dispersar al espectador exigente en un “flow” romántico y en un narcisismo audiovisual.

 

¿El espectador exigente? ¿Quién lo es? Tengo la sensación de que hace unas décadas había más espectadores que, verdaderamente, le pedían algo más al cine y mucho más a sus directores favoritos; y eran más críticos y hasta se enfadaban si les molestaban giros, técnicas, evoluciones, conductas o imágenes de la pantalla. ¿Espectador exigente? ¿El que reclama, ¡aún más!, premios para El laberinto del fauno, el éxito comercial, infantil y crítico de la temporada?

Visconti fue un complejo intelectual que dirigía películas intelectuales, es decir, superiores o elitistas, pero que, no obstante, eran vistas por un gran número de espectadores, no intelectuales necesariamente, pero sí curiosos.

Por ello, las películas de Visconti no se pueden despachar con un “no me interesan” o “qué aburrimiento”, sin más. Uno echa en falta más críticas como las de Alcalá o Pérez Gómez, supongo que, también, por otro lado, despachadas hoy por críticos, comentadores o reseñadores, como “gusanos de cine-club”, “monjes ensimismados” o cosas semejantes. Pues sería una pena.

La caída de los dioses es un portentoso baile de máscaras. Personajes corruptos, muertos (moral y cívicamente) en vida, preocupados sólo de sus conquistas. O se adaptan a los nuevos tiempos o se quedan en el camino.

Con todo lujo de detalles y de movimiento (excelso y armónico, casi siempre, repentino y barato, ¡ay 1969!, unas pocas veces), Visconti nos acerca (¡pero hay que “acercarse” a él) el mundo alemán que vio, sufrió pero generó el nazismo, aún inexplicable, a pesar de sus múltiples causas u orígenes, hoy día (y por venir de gentes, y ahora me apoyaré en lugares comunes, por lo general tan honradas, rectas y sensatas como los alemanes. O quizá por eso nació el nazismo, como desahogo brutal frente a las acaso dolorosas ataduras tales como la honradez excesiva o un insulso sentido común...).

Admirarse y quedarse serenamente boquiabierto, absorto en la concatenación brillantísima, elaborada y rítmica de elementos figurativos y abstractos: así ocurre con este Visconti (no con el de La terra trema u Ossessione, que a mí me gustan mucho más por ser más sencillas y cercanas, más agudas y veraces), pongamos que como si leemos a Benet (Volverás a Región), a Sebald (Austerlitz) o a Magris (Otro mar). Hablamos de una estimación no exenta de un extraordinario respeto por estos autores: sus obras requieren un esfuerzo y una abnegación. Pero no me quedo prendado, no me emociono, no se me funde un plomo ni se me acelera el corazón (aunque para eso esta la vida, claro...). Acaso sea mejor así: coloquemos la tranquilidad por encima de la felicidad. Está por verse, tocarse, y sentirla.

Para terminar, dos acertijos sin solución: ¿Y si Pasolini, en vez de Porcile, hubiese realizado La caduta degli dei? ¿Y si el Fassbinder de Lili Marleen hubiese tenido la ocasión de dirigir Götterdämmerung? ¿Qué habría pasado entonces, faunos del mundo?