VISCONTI Luchino (1906-1976)

Le notti bianche (Noches blancas) (1957: 9.0)

Seguramente no sea una obra maestra, ni sea una de las más altas películas de Visconti, pero a mí me ha llegado de manera superlativa, la he sentido, me ha hecho gracia, hasta me pareció una perfecta materialización de un sofisticado paradigma.

Con música de Nino Rota, basada en una novela de Dostoievski, con fotografía ejemplar de Giuseppe Rotunno (favorito de Fellini y Visconti) e interpretaciones magistrales de Marcello Mastroianni, como Mario, la adorable Maria Schell, como Natalia, y del gran Jean Marais, Noches blancas es una película que, como Breve encuentro o Tú y yo, se halla en el olimpo cinematográfico sin necesidad de optar por emociones más fuertes que las del enamoramiento correspondido pero dificultoso, casi imposible. Un affair vago, insólito, pero que el pobre Mario recordará toda su vida. Porque fueron, él y ella, ellos, felices durante unos minutos, bailando, paseando, ajenos a metas y relojes, como amantes de Carax en un Pont-Neuf en blanco y negro, húmedo, veneciano y menos romántico, más puritano.

Lúgubre noche, estilizada y realista, un barrio mísero, mugriento, putero. Misterioso como el de El tercer hombre pero sin expresionismos. En qué gran escenario teatral (estudio) coloca Visconti todos los componentes de esta obra, un espacio dominado, conocido como la palma de la mano, espacio con el que juega con seriedad y mimo para que el fondo teatral no se note y se camufle en planos largos, profundos: Visconti con la maestría de un dios que no ha caído, que no se ha enredado en desesperanzas decadentes, aún.

Al inicio de la película, al poco de conocerse, Natalia le pide a Mario que le cuente su historia, éste replica que no tiene nada que contar, y ella le reprende: “¿Cómo se las ha arreglado para vivir hasta ahora sin una historia?”.

Quizás por eso, al final, Natalia se arroja a los brazos de su misterioso ex inquilino Jean Marais, que vuelve tras un año desparecido y que sí tiene una historia, aunque nadie sepa (ni siquiera ella) cuál es. Hay que tener una historia, querido Mario.

Ciudad italiana nocturna, asombrosa, espléndidamente fotografiada. Qué dominio del plano (todo lo que cabe en él), el del maestro Visconti, cómo se mueven las personas dentro del espacio cinematográfico elaborado por el director, y se extienden en el tiempo en prodigiosas secuencias fluidas y perfectas que acaso hayan influido a Béla Tarr (el de Armonías de Werckmeister y La condena). Suprema elegancia compositiva. Noches blancas, noches en las que el sueño se esfuma o suenan doce campanadas y ella (Natalia), como Cenicienta, se esfuma: el Bergman de Sueños y otras. De ilusión mal se vive, pero se vive. Gusta el misterio y, mucho, a las mujeres, que a veces construyen enormes castillos de arena con la escasa arena que les han dejado sus enigmáticos hombres. Crónica de un amor menos intelectual que el de Antonioni, tan iluso como el de Fellini en El jeque blanco pero más noble, menos frívolo.

Alguien capaz de firmar Ossessione, La terra trema, Noches blancas, Rocco y sus hermanos y El gatopardo (y La caída de los dioses, Muerte en Venecia…) es por fuerza uno de los más grandes cineastas de la historia. Uno de los más capacitados y sugerentes artistas del siglo XX. Alguien capaz, en sus más elevados momentos, de educar nuestra mirada con diáfana sencillez, sin exhibir la estudiada elaboración o el pensamiento (que están ahí, detrás, en la penumbra). Ampliar la mirada, no acogotarla sino instruirla mediante formas perfectas, personajes complejos en su desnudez, líneas de sombra morales, vitales, en un mundo incierto y peligroso, emocionante y ambiguo. Alguien capaz de provocar nuestro ético asombro, de analizar a personas en su entorno, su mundo, en el que viven y aún vivimos. El aristócrata marxista, el lúcido poeta del alma humana: frágil, espúrea, finita, en combate. El alma en contexto, en luchas de poder y jerarquía con otras almas. Y otros cuerpos.

Imposible olvidar:

Mastroianni bailando de manera absurda, llorando.

Schell riendo, sonriendo con ingenua seguridad, llorando de alegría.

Hay que tener una historia y, si no, es preferible inventarla, querido Mario, antes de que den las doce y, por una cosa u otra, Natalia desaparezca de tu vida y de la nuestra.