WAJDA Andrzej (1926-_)

Kanal (Kanal) (1957: 8.0)

Vibrante, talentosa, hiperrealista y propagandística obra, Kanal me recordó de inmediato, y ahora aún más tras la enumeración de los cuatro adjetivos (en la línea anterior), la película de Pontecorvo Kapò, dos años posterior, también con nazis triunfadores de por medio.

Con lúcido guión de Jerzy Stefan Stawinski y expresiva fotografía de Jerzy Lipman, Kanal es una película combativa pero veraz, nada de inventarse quién ganó la guerra ni de promover memorias selectivas. La destrucción de la ciudad y la contemplación de sus ruinas parecen, en principio, como de Rossellini, pero la textura del polaco Wajda, el tratamiento de los rostros y los toques dramáticos y de suspense casi naif colocan a la película en un escalafón inferior al del maestro italiano pero aún dignamente elevado (a la altura, se me ocurre, de la olvidada The Big Lift, de Seaton).

Kanal es la crónica de unas muertes anunciadas, pero el laberinto de cañerías o alcantarillas en el que se enfanga un pelotón de soldados de la Resistencia polaca durante la Segunda Guerra Mundial no se hace aburrido, sino todo lo contrario: contagia un entusiasmo y un dinámico honor al reconstruir el horror; fue un cine útil en su país y portador de esencias espirituales y sustancias físicas y melodramáticas exportables al resto del mundo, por ejemplo al Festival de Cannes, históricamente atento al virtuosismo comprometido, que le obsequió con el Premio Especial del Jurado.

Como ratas quedan atrapados esos polacos en un canal que provoca claustrofobia al espectador imbuido en la historia y personajes: pobre gente, huyendo de los nazis por senderos cochambrosos “underground”, senderos que se bifurcan decenas de veces, pobre gente, rastrean la salida pero a duras penas logran caminar, intoxicados (asfixiados, algunos dementes) por los gases que los nazis vierten en las inmundas cloacas subterráneas: con esos tipos no relativicemos nunca. Con los nazis, me refiero: nunca.

Hermosos momentos contiene esta obra de Wajda que se pasa como una sufriente exhalación, viendo a la Resistencia polaca resistir, claro está, pero resistir para qué, para morir: Wajda homenajea el valor y, si se quiere, el desinterés corajudo de gentes militares (y civiles) de su país que no se resignaron ante el yugo y las flechas de Hitler; no hay más que contemplar ese puño en alto final, ese que sostiene, agarra una pistola, ese que vuelve a dejarse caer hacia la pestilente cloaca en busca de un pelotón que, semi-muerto (o algunos ya muertos), anda arrastrándose a la deriva entre el barro, el gas y la mierda, buscando como zombis posesos una salida que no vislumbran, un espejismo con barrotes, o el fusilamiento.

Nota final: los polacos, más o menos de mi edad, con los que en el año 2004 (durante unos meses) compartí casa en la ciudad de Dublín, flirteaban, o simpatizaban más bien, con símbolos y consignas neonazis. Supongo que demasiado comunismo atrofia la llamada memoria histórica, que (parece claro que) no existe como tal.

Y, como febril aficionado al Barça, osaría terminar esta nota con un “¡Es polaco el que no bote!”. Y yo boto, y voto, claro que boto.