WALSH Raoul (1887-1980) / WINDUST Bretaigne (1906-1960)

The Enforcer (Sin conciencia) (1951: 9.0)

Sin conciencia es una película de cine negro que no se anda por las ramas ni nos entretiene con chiquilladas, cursiladas ni pedanterías. Es una obra que avanza inexorablemente, que encadena fotogramas ágiles y musculados; un tipo de cine que prefería morir de pie antes que vivir de rodillas, una película, y aquí había que llegar, walshiana casi hasta la médula (“casi” por una cierta y ligera melancolía que se desprende ante la investigación, la verdad y el crimen, lo que me hizo recordar la Laura de Preminger). Según algunas fuentes electrónicas (con IMDB a la cabeza), el francés afincado en los EEUU Bretaigne Windust hizo poco más que iniciar el rodaje de The Enforcer, ya que de inmediato tomó las riendas (y no es un decir) el maestro Raoul Walsh, por enfermedad de su amigo Windust; un ya veterano Walsh que declinó aparecer en los títulos de crédito para así favorecer a su más joven y menos exitoso compañero de fatigas (y no es un decir, tampoco).

Sin conciencia es un disparo: acción pura y dura, imágenes al servicio de una trama que trata de comandar Humphrey Bogart, en torno a la dificultad de encontrar testigos que puedan testificar contra el jefe de una empresa dedicada al asesinato. En efecto, la idea era magistral: si desea usted librarse de alguien, díganoslo a nosotros; matamos a esa persona y nadie sospechará de usted. “To fill a contract” es, en la película, liquidar a alguien (“¿quién no querría matar, al menos, a una persona?”, se nos tienta); y el terror que sienten aquellos que han estado involucrados en la banda de criminales les lleva a intentar escapar y arriesgar la vida antes que a exponerse en un juzgado a testificar contra el que los había contratado, un cruel tipo sin conciencia... Cine walshiano, sin explicaciones, vanidades ni complejos, que hace uso de espléndidos “flashbacks” para ir dando cuenta de la formación y final ocaso de la banda de mafiosos únicamente interesados en el dinero: vivir para matar, y así matar para vivir.

Mi humilde tributo a Walsh: al autor de la genial “muda” El ladrón de Bagdad (1924) y de, cuarenta años más tarde, el espléndido western Una trompeta lejana (1964), pasando por unos gloriosos años cuarenta, con obras como Murieron con las botas puestas (1941), Jornada desesperada (1942) o Juntos hasta la muerte (1949), y unos años cincuenta repletos de aventuras, mares, ritmo y color (El hidalgo de los mares, El mundo en sus manos, etc.). El Walsh de The Enforcer tiene más que ver con el subgénero de policías y malhechores, el de las fantásticas Los violentos años veinte y Al rojo vivo, ambas con Cagney, o la extraordinaria El último refugio, también con Bogart. Son características de todas estas obras el vigor, la acción sin desmayo y los personajes masculinos al borde de un ataque de nervios. Los héroes walshianos tienden a ser valientes e impulsivos, imprudentes y desequilibrados; por eso llama la atención que el protagonista de Sin conciencia sea un Bogart paciente y sensato, un infatigable cumplidor de la ley. Pero, como cualquier otro héroe de Walsh, vive obsesionado hasta las últimas consecuencias con su quehacer, y está dispuesto a todo (dentro de la ley, en The Enforcer) para ganarse el derecho a una siesta.

Y es que los héroes walshianos carecen de tiempo para tumbarse un rato a la bartola, para relajarse con canciones y borracheras (como los fordianos) o para demostrar su honor, virilidad y profesionalismo (como los hawksianos). Estos tipos bastante hacen con sobrevivir en una vida (una película) que es como un tiovivo sin pausas, en un cine que va admirablemente al grano (sin regodeos), escupiendo  imágenes sólidas como torsos y humeantes como cigarrillos, un cine siempre apetecible pues no ofrece descanso al espectador inteligente: le obliga a permanecer atento y, cuando menos éste se lo espera, la película se ha acabado sin paz ni moraleja, sin conciencia de sí misma.