WEBB Robert D. (1903-1990)

Beneath the 12-Mile Reef (Duelo en el fondo del mar) (1953: 3.0)

Director de Love Me Tender, protagonizada (por supuesto) por Elvis Presley, el señor Robert D. Webb no se caracterizó por el talento pero se ganó la vida en el oficio. ¿Talento? Ni notable ni suficiente. En cualquier otro país se habría visto obligado a cambiar de curro. A hacerse funerario o funcionario. Pero como trabajó para la industria de los EEUU, que impone sus lotes de películas desde hace decenios en medio globo, y que vive así de sus ventas obligatorias en el exterior, pues Webb se lo pasó de rechupete. Qué suerte tienen algunos.

Duelo en el fondo del mar es, en el fondo, una broma. Y en la superficie, también. Ni pesada ni ligera. Una broma tontorrona. El título español empeora las cosas. El duelo en el fondo del mar no existe. O será una elipsis. En los últimos minutos los dos muchachos rivales se pegan unos tortazos mientras chapotean en el agua, pero eso no es duelo ni duele, y tampoco es en el fondo del mar. Un rato antes habíamos visto el otro momento emocionante del film: el joven Robert Wagner, que hace (como Zorba) de chico griego, es agarrado por un atolondrado pulpo mientras andaba buceando tras las esponjas. Se libra de los tentáculos sin pestañear, emerge a la superficie y ni suda un poquito, tan lozano el mocetón.

Siguiendo con el ambiente festivo, digamos que Duelo en el fondo del mar parece el “remake” bobo de Un verano con Mónica (del mismo año), pero el destinado a nenes horteras y familias sin pretensiones ni respeto por su prole. Es la versión de Romeo y Julieta con ingleses y griegos enfrentados por el lugar donde pescan las mejores esponjas de mar. El tema no puede ser más intrigante: como El viejo y el mar pero sin viejo. Sin Hemingway. El papá griego de Wagner, interpretado por un mexicano, se muere en una de las expediciones y, por si fuera poco, a los pobres griegos de inmediato les robarán las esponjas, le prenderán fuego al barco y le darán una paliza al hijito, que se escapará al mar con la ayuda de Julieta, aquí la guapita Terry Moore, que en una película con sol y mar es incapaz de quedarse en bañador. Un insulto al espectador de series “B”, que tampoco pedía un “top-less”. Pero tampoco un “top-manta”.

A todo esto, y continuando con el cachondeo, rescato una noticia de El País de diciembre de 2008 (firmada por Rocío García) según la que los guionistas españoles amenazaban con una huelga como la de Hollywood (qué pena que estos llegaran a un acuerdo), quejándose por no cobrar derechos de “autor” (mis comillas). Desconozco si montadores, directores de fotografía o directores artísticos reclaman también para sí mismos tan sobada aureola. Pero, córcholis, ¿qué cosa es un guión?

Y, bueno, ya para partirse de risa, y admito que contagiado del aroma más memo que ingenuo de Duelo en el fondo del mar, me entretengo releyendo un delirante artículo del famoso empresario, por no decir jefe, televisivo Maurizio Carlotti (El País, diciembre de 2008), según el cual “sin publicidad no hay televisión en libertad”. Venga ya: libertad para la basura. Y escribe cosas, el señor Carlotti, como que la televisión es un “regalo gratuito” (¡cómo la vida!) y, aprovechando que el Pisuerga tiende a pasar por Valladolid, recurre a la pedorreta demagógica al decir que los jóvenes de ahora son “más libres, más formados, más críticos que sus padres”. ¿Gracias a usted o a Harry Potter? Carlotti teclea la palabra “libertad” varias veces, como cualquier neoliberal que se precie, ¡que no se diga!, de nuevo pasando por alto que la libertad se da entre individuos iguales en una sociedad que aspira a la justicia y la cultura.

“¡Artículos de coña!”, repetía Omar Scharif en Top Secret. Y le explotaba el puro.