WELLES Orson (1915-1985)

Vérités et mensonges (Fraude) (1974: 3.0)

Este texto no es lo que parece: podría dar la impresión de estar intentando (con tanta firmeza como falta de alcance) destruir por siempre jamás la reputación del señor Orson Welles. Oh.

Pero no hay que fiarse de las apariencias: esta pieza es un simulacro. Nadie la lee y, además, nadie se la creería. ¿Cómo demoler a Welles? ¿Cómo hacerlo terrenal? ¿Cómo desmontar el mito? Por eso hace unos años, y sin saber muy bien (ni siquiera ahora) qué pienso sobre el tema, me resultó colosal que el gran Miguel Marías escribiera en su libro sobre McCarey que este desprotegido director era (oh, blasfemia) superior a Welles. ¡Más grande que el más grande!

Fake o F for Fake o Vérites et mensonges: verdades y engaños. Fraude. Lo falso, postizo, no real, no auténtico. ¿Intenta Welles desenmascarar a sus personas tras los personajes que enseña en su película? ¿Trata de acercarnos a algún tipo de verdad? ¿Le interesa a Welles el desvelamiento de algo que antes desconocíamos? ¿Se compromete el wellesiano Welles con la imagen de su película, en tanto que “desocultadora”, esto es, en la medida en que captura porciones del mundo de ahí fuera y nos las trae a primer plano con nitidez y “punch”?

Si la respuesta a las preguntas anteriores es NO (como estoy convencido), eso significaría, nada menos, que el señor Welles es un farsante.

Pero nada, ay, es lo que parece: y Welles jugaría, sin duda, a ser un farsante, considerándose a sí mismo como un artista puro y duro. Un creador, ay, de imágenes. El arte como cacareo mediático, consciente barroquismo, “corta y pega” y exhibicionista batidora.

Jugaría a ser un mezclador (como, hoy día, los DJs) de retales de aquí y allá: el “collage” (lo diré) no rompedor, no subversivo, no en pos de la deriva de su momento contemporáneo (no Godard, no Godard: lo diré), sino el artisteo autocomplaciente, el que se sostiene en sí mismo, el que no promueve ni un solo debate atractivo, el que no deja ningún momento para el recuerdo… De la media hora, más o menos, que yo vi: lo admito. ¿Para qué ver más? ¿Para qué soportar esa insistencia de ilusionista forzado, de enigma sin sustancia, de truco de magia banal y sin vuelo?

Pero, por eso mismo, no habría que fiarse de este escritor (yo): vi poco más de un tercio de film, no más, me cansé: soy otro impostor, ¿o qué soy? (qué tentación, ir de divo).

Con todo, el caso es que, a lo mejor, a partir de hoy me apetecerá pensar que fue Toland el genio, la “cabeza pensante”, detrás de Ciudadano Kane. Qué cosas.

Lo diré: a mí Fraude me impone tanto respeto como Zazie en el metro o Femme Fatale, Malle y de Palma en sus momentos más inanes. Hueles, Welles.

Vérites et mensonges (y sólo voy a nombrar películas producidas en 1974 que haya visto en los últimos tres o cuatro años), me parece más aburrida que las desiguales ¡Dios mío, cómo he caído tan bajo! (Comencini), El portero de noche (Cavani), Tocata y fuga de Lolita (Drove), El jovencito Frankenstein (Brooks), La Regenta (G. Suárez) o Lucien Lacombe (Malle). Y está, en mi humilde parecer, a años luz de obras sabrosas, contundentes y provocadoras de ese año tales como El enigma de Kaspar Hauser (Herzog), La conversación (Coppola), Quiero la cabeza de Alfredo García (Peckinpah), Boquitas pintadas (Torre Nilsson), Amarcord (Fellini), Lancelot du Lac (Bresson), El fantasma de la libertad (Buñuel) o Todos nos llamamos Alí (Fassbinder).

Eso sí, Fake está una cuarta por encima de No tocar a la mujer blanca (engendro de Ferreri), El hombre del klan (basurilla de Terence Young) y a la misma altura, más o menos, que The Odessa File (intrigante tontería de Neame) o Espejo (fatigante presagio visual de Tarkovsky). En gloriosa compañía.

Por todo ello, ¡enhorabuena, genio! ¡Casi consigues engañarme!