WILDER Billy (1906-2002)

Stalag 17 (Traidor en el infierno) (1953: 8.0)

He de pedir disculpas (¿pero a quién?), ya que vuelvo a citarme. Esto escribí hacia 2005 sobre Five Graves to Cairo (en El cine que pudo reinar): “Cine muy entretenido, inteligente en la materialización de un guión. Contiene un misterio, una alegría por hacer películas, un respeto por el público y una máxima de ser útil que ahora resultan antiguos, una pena”.

Palabras que creo que aguantan si las colocamos al lado de Stalag 17 o Traidor en el infierno (el título español, tan dramático). La cuestión del “entretenimiento” no puede ser baladí. Es un rasgo admirable que comparten Wilder, Hitchcock y Walsh, por ejemplo. Ninguna película de estos realizadores aburre (por eso gustan a los hermanos Trueba), lo cual les hace merecedores de todos los parabienes que queramos. Este cine de Wilder, previo a obras superiores (más sueltas, liberadas y maduras), integra en todo caso esa “inteligencia” para pasar a limpio un guión, esa “alegría” en la tarea de construir películas, ese “respeto” al público que las ve (sin duda, Wilder tiene al espectador en la cabeza) y una intencionalidad “utilitaria” (que luego Wilder iría perdiendo con el paso de los años): graciosamente aleccionar aun mediante el sarcasmo, la caricatura y la payasada, sobre los valores del patriotismo, la amistad y la lealtad, además del compromiso con el combate y la revuelta cuando estos están justificados (contra los nazis).

Dicho esto, se trata de un estupendo producto de Wilder pero demasiado teatral para mi gusto; y que considero, sin ninguna duda, inferior a El apartamento, En bandeja de plata, La vida privada de Sherlock Holmes, etc. Nada hay de negativo en que una película se sustente en un guión (de Wilder y Edwin Blum) a su vez basado en una obra teatral (de Donald Bevan y Edmund Trzcinski). Pero el cine y el teatro se llevan bien hasta cierto punto; si el teatro interfiere demasiado en las hechuras cinematográficas y las condiciona hasta tal punto que, mientras vemos la película, nos sea imposible no percibirnos del andamiaje textual y dramático originario, entonces a algunos eso nos molestará o, en mi caso concreto, me producirá un efecto de distanciamiento que otros más adelante buscarían conscientemente (Godard) siguiendo las teorías de (mi admirado) Brecht.

Los gags y “punch-lines” van punteando la película, le dan la consistencia necesaria para que sea sólida y, a la vez, funcionan como contrapeso respecto del odioso contenido que se nos muestra y sugiere: la vida en un campo de concentración alemán (eso es “stalag”) de unos sargentos del ejército estadounidense, que son P.O.W., “Prisoners of War”, es decir, “prisioneros de guerra”.

Pero esos mismos gags y repeticiones (que se adivinan como el principal sustento teatral) le restan a la obra, al mismo tiempo, esencia cinematográfica. Y es que este tipo de cine wilderiano se ve muy expuesto a las inclemencias del dios-guión (magnífico, es verdad) que, por su lado, impone grandes consignas (y así restricciones) sobre las muy ensayadas interpretaciones de los (estupendos) actores. Es significativo que la interpretación que parece menos elaborada, más natural y contenida, sea la de William Holden, menos histriónico y consciente que sus compañeros de reparto, menos dispuesto a “actuar” (a él sí le dieron el Oscar).

A ver cómo me explico: a mí este cine, que me gusta mucho, me divierte y me parece digno, coherente y espléndido en varios aspectos, no me emociona ni me parece, cómo decirlo, grandioso; palabra que sí he utilizado hace poco, en cambio, al describir Duelo en la alta sierra, de Peckinpah, un cine sin agarrotamientos ni automatismos y que, por eso mismo, me resulta superior. No sé si me explico.

La corriente temática de Stalag 17, la de la vida en los campos de concentración (raro nombre), cuenta con un atractivo inherente, sobre todo porque el espectador, que también es ciudadano democrático (en el mejor de los casos), siente curiosidad (más que por leer sobre el asunto) por ver qué se cocía allí dentro. Se me ocurren a bote pronto los casos de Three Came Home (Jean Negulesco, 1950), Kapò (Gillo Pontecorvo, 1959), The Great Escape (John Sturges, 1963), Triple Cross (Terence Young, 1966) o La lista de Schindler (Steven Spielberg, 1993). Para demostrar mi (matizada) querencia, diré que, en relación a esta breve lista, para mí Stalag 17 estaría a la cabeza junto con La gran evasión. Bueno, La gran evasión me parece, siguiendo la argumentación de más arriba, algo más dinámica y así cinematográfica. Las de Pontecorvo y Spielberg, bravos intentos de mostrar las crueldades y debilidades en un campo nazi, pecan de enfáticas y redundantes (la de Spielberg, además, de sensacionalista: queriendo trasvasar al medio cinematográfico la metodología o incluso ideología de prensa tipo de The Sun). La de Jean Negulesco, más auténtica y bonita, es sin embargo un poco blanda y esperable. Y, por último, para terminar el reparto de adjetivos, señalemos que Triple Cross, en consonancia con su chapucero director, es un desastre.

(Shoah de Lanzmann pertenece, obviamente, a otro cantar o paradigma. Pero, ¿y la reciente Camino a Guantánamo, del versátil Winterbottom? ¿No es también un film sobre un campo de concentración contemporáneo y, horror, democrático? ¿Quiénes son ahí los buenos?)

Volviendo a la cuestión humorística tan presente en Traidor en el infierno (vuelvo a escribir el título español y ahora me parece aún más drástico y absurdo que antes), los “sketches” de los personajes Animal y Harry Shapiro (los actores Robert Strauss y Harvey  Lembeck) terminan siendo cansinos en su insistencia y falta de integración a la trama. Es como si ambos actores tuvieran su cuota de pantalla prevista en la película, un “minutaje” contratado que habían de cubrir. Así que entre escenas o en el medio de un momento sombrío, los guionistas les concedían un nuevo gag para su lucimiento, aligerando el drama, quitándole hierro al asunto y premiando el farragoso mundo de las muecas. Lo cual no está mal, pero sí pongo objeciones a la manera como se ha hecho en Stalag 17: sin la potencia ni la agudeza ni la espontaneidad que conseguiría más adelante Wilder.

Y es que las estrategias teatrales son demasiado obvias, el esqueleto dramático está muy marcado y el matiz que se busca para definir a cada personaje tiende a ser redundante y, perdonen, ¡teatral! Stalag 17 es al cine de campos de concentración lo que Doce hombres sin piedad al cine de juicios, con sus virtudes y sus pegas.

Sin embargo, engancha esta farsa chaplinesca, marxiana, lubitschiana, ¡wilderiana! La película de unos hombres sobre otros hombres que encierran o son encerrados, una obra sobre la figura más odiosa, la del chivato (más que el traidor), y sobre la camaradería y el compromiso que nacen en situaciones extremas (que encontramos en las grandes películas bélicas, ya desde La gran ilusión de Renoir). Una historia contada desde la fiel planificación teatral, sumada a un destacado realismo en la imagen (lo rodado), a ratos rozando el expresionismo de rostros y perfiles, el hiperrealismo (la lente de aumento) y el “kazanismo” (que sólo en América, América se soltó el pelo), hasta planos rusos, creo ver.

Entretenida película, repito, muy interesante, estupenda en casi todos sus aspectos, incluye un fantástico final (Kapò seguro que se inspiró en él), como mandaban los cánones: un final alegre, esperanzado, sobrio,  abierto, propio del gran cine norteamericano, con un Holden huido y deseando no volver a encontrarse jamás (porque se cambiaría de acera) con los que han sido sus compañeros de barraca o cuartel (“barracks”). Eso sí, antes se había despedido de ellos (que tanto habían sospechado de él, y hasta le habían apalizado), sardónica pero rectamente, con el saludo militar. Por eso, también, Stalag 17 es un cine con un alto voltaje de honor y dignidad, porque distingue (aun mostrando ambos polos) entre lo que nos une y lo que nos separa, y toma partido por lo importante, que evidentemente es lo que  nos une; por eso mismo yo tiendo a calificar este cine, con humildad lo escribo, como cine útil.