WILDER Billy (1906-2002)

Sabrina (Sabrina) (1954: 7.5)

Cine indudablemente wilderiano pero no en su más alto pedestal; aunque, eso sí, bien plasmado, atado al pie de la letra al, como siempre, habilidoso, eficaz y brillante guión que se adivina por debajo de los simpáticos fotogramas. Imágenes y guión son como el calcetín que se ajusta de forma insultante al pie, el guante férreo que resguarda la mano del frío pero que, a la vez, permite que los dedos se muevan con flexibilidad envidiable.

Sabrina es blanda y comprime concesiones para que el espectador medio lo pase bien. Es un Wilder más amainado o domesticado, que no renuncia a lo que es (no aburre ni aturde al espectador, eso nunca) pero que no alcanza cotas elevadas de humor abrasivo ni de descripción social sin telarañas (y sólo con gotas de piedad justa) ni de profundidad cruel, tierna y ambigua. Está lejos, en fin, Sabrina de El apartamento, En bandeja de plata o La vida privada de Sherlock Holmes, quizá mis tres favoritas.

La trama de Sabrina, camuflada entre greguerías románticas, es obviamente la economía. Casi siempre está el dinero detrás de historias emperifolladas, belicosas o épicas, pero en esta película no está sólo detrás sino también delante de Audrey Hepburn, la deliciosa hija del chófer cuyos suspiros sentimentales se desvirtúan (yo diría que se desmontan) de un sencillo manotazo crítico. A ella, Sabrina, lo que le deslumbra es la riqueza de la familia para la que trabaja su profesional y sensato padre (alimentado con toda clase de prejuicios y complejos de clase). La familia y, claro, en especial el “playboy” que encarna William Holden, la “coolness” del conquistador millonario, atractivo y pasota. Hepburn (una ingenua lista) suspira porque aspira a esa riqueza: la mansión, el vestuario, el servicio de criados, chóferes y mayordomos; las fiestas, con su “glamour”, sofisticación y rampante vida social.

Lo demás, lo que no es economía, vaya, son escorzos wilderianos, en función de un clasicismo narrativo de alta alcurnia, en una comedia romántica típicamente norteamericana y típicamente eterna; no obstante, la altivez contiene una alarmante, opino, altisonancia, porque ni Holden ni Hepburn, ni tampoco el gran Humphrey Bogart (como el hermano rico no “playboy” sino empresario trabajador, herido por un amor pasado, etc.) son verosímiles en sus papeles.

El sueño de toda hija de vecino, de chófer, en este caso, parece ser el de encontrar un amor bien colocado, un Holden o un Bogart (según los cambios de humor o la rutina de la compañía, que se impone) que la saque de la cocina y aparte del triste universo de la escoba. Lo que desea es formar parte del mundo de ejecutivos (más o menos agresivos), cruceros, viajes de negocios, el mundo de la moda, las fiestas, los cócteles y el “pide por esa boquita”.

Esta pieza de Wilder es, como todas, un festín de buen cine, agudas frases (no muchas) y narración que va al grano, aunque, ya digo, las decisiones de guión y hasta de puesta en escena y de actores llevan a pensar que nuestro estupendo director decidió guardarse su malicia, penetración social y derivas personales para ocasiones más propicias. En resumen…

…Cuando, de ahora en adelante, yo oiga por aquí o por allá a alguien emitir el nombre de “Sabrina”, la primera imagen que se me vendrá a la cabeza seguirá siendo la del rotundo cuerpo de aquella seudo-cantante italiana (“Boys, boys, boys”), uno de cuyos pezones asomó y asombró en una gala de TVE en alguna remota Nochevieja de los coloristas años ochenta.