BARTON Charles (1902-1981)

Africa Screams (Las minas del rey Salmonete) (1949: 4.0)

Tras un artístico fin de semana, gracias a Klimt y a Escher, es aconsejable bajar de las eróticas nubes y las graciosas matemáticas engullendo un bocadillo de cine chirriante, malo para la digestión pero recomendable como antídoto contra desmedidos humos culturales.

Las minas del rey Salmonete (uno de los títulos de menor sutileza intertextual de que hay noticia) cumple con ese requisito. Se trata de un rutilante ejemplo de cine blanco, soso y hueco; por decirlo en corto: infra-cine (no peor, eso sí, que el 80% de las películas que emiten todos los canales de televisión en abierto, descontando, según los días, La 2).

Leones, cocodrilos, monos, caníbales, además de Bud Abbott y Lou Costello, comediantes inconcebibles (pero en ningún caso inferiores a Owen Wilson o Jackie Chan), protagonizan este safari africano que más que “gritar” (“scream”), “canta”, por lo tísico que es y la dentera que provoca.

Sería un subproducto, Las minas del rey Salmonete, como la más infame atracción de Port Aventura (con colas máximas de veinte segundos) pero en 1949; carece de cualquier articulación cinematográfica que se precie: expresividad nula, uso atolondrado del espacio y gags borreguiles. Si se pasara, esta obrita, ante una caterva de chavales de once años, estos, entre consola y consuelo, y quién podría culparles, se liarían a tiros.

Sin embargo, se trata (veamos lo positivo) de una película amena en su brevedad. Aunque, eso sí, anómala por la total ausencia (no ya de pretensiones sino) de neuronas, a la par que anoréxica en su muy afable infravaloración de los espectadores, a quienes toma por débiles mentales; supongamos que esos espectadores fueron los niños y papás de 1950, a la caza de una esquelética y bondadosa diversión, sin oficios de tinieblas.

Abbot y Costello, pareja de hecho menos necesitada de mimos que Laurel y Hardy (la jocosa Locos del aire comparte DVD con Salmonete: “¡2 al precio de 1!”), llevaban a cabo su labor con mesura y sin tirones de pelo, poniendo a prueba su amistad en la peligrosa África negra. Y lo hacían a las órdenes, es un decir, de un director, el amigo Charles Barton, que lo mismo podría haber sido vendedor de helados o consejero delegado de una fábrica de jabones. Barton es un salmonete más en la larga lista de este ancho domingo: conmigo a la cabeza, claro está, otro besugo. Pero uno que, sin prejuicios ni tino, lo mismo remira un Escher o un Klimt que disfruta sobre el Tutuki Splash de Port Aventura, o abre una lata de mejillones para amenizar la velada o se eleva hacia las nubes vanidosas, de las que sólo descenderá para recobrar fuerzas y cariño. Así es la vida, chirriante camarada Abbot.