WILDER Billy (1906-2002)

The Major and the Minor (El Mayor y la menor) (1942: 8.0)

El primer Wilder, el treintañero, ya sabía pulsar las teclas del éxito. Una guapísima y jovencita Ginger Rogers se disfrazaba (por necesidad o interés) de Lolita, nada menos que de niña de doce años. Nabokov ronda la cabeza de este espectador durante toda la película, pero Wilder no se atreve a proponer el máximo atrevimiento…

Un Ray Milland en el ejército tenía dificultades para refrenar sus impulsos hacia la linda Ginger, ya que la edad era y es tabú. Hoy día la sospecha de pederastia es desproporcionada y apesta. No se recuerda al poeta Antonio Machado y a su amor adolescente, por ejemplo. En todo caso, el interés de El Mayor y la menor es mayor que ese asunto menor. Es una película en la que Wilder ya adopta el disfraz como distinción y perversión social (Con faldas y a lo loco), como renuncia a ser lo que uno es pero así vivir excitantes aventuras como en un gran carnaval. Las cuestiones de género se solventan con gracia y chispa, como siempre en Wilder: los hombres eternamente frágiles y sexuales ante la presencia de una mujer atractiva, sobre todo si es joven (La tentación vive arriba). Las mujeres, más poderosas, en muchos casos son mujeres-objeto solamente, pero existe una conveniente salida de emergencia para el romanticismo, que también es muy propia de Wilder. Ver, a este respecto, el espléndido final en la estación, cuando Milland reconoce a Rogers y se da cuenta de inmediato (si es que no lo había sabido ya antes) de que esa chica que a él le atraía y atrae tanto no tiene doce ni trece años, sino que es mayor (como él) de edad y que, por tanto, la relación está permitida por ley y por moral. ¡Libertad y alegría!

Este primer Wilder es menos malvado que el posterior pero no por eso deja de poner en duda convenciones sociales muy establecidas: para Wilder, el que el hombre consiga a la atractiva chica de sus sueños es cuestión de honor, y el único pasaporte hacia la verdadera felicidad. Para obtener tal trofeo, se han de suceder los “gags” y las situaciones de malentendidos y humor: porque el camino no es sencillo. Como ejemplo: cuando la prometida de Milland (Rita Johnson) descubre a Ginger Rogers en el compartimento del tren, primero dentro (Rogers en la cama) y luego desde fuera, cuando Rogers le está “curando” a él del puñetazo que le había propinado su novia.

Lo más cansino de la película es la insufrible compañía de los militares que tanto la espléndida Rogers como el espectador hemos de aguantar como una obligatoria cruz. La supuesta y estúpida rigidez de los reclutas ante la presencia turbadora de la chica preadolescente es aprovechada por Wilder (y su guonista Brackett) para “sketches” de humor, pero no son las partes más lucidas del film. Otra cosa que merece la pena revisarse es hasta qué punto resulta creíble que alguien con la cara y el cuerpazo de Rogers pueda pasar por niña de doce años sin que, aparentemente, se dé cuenta casi nadie. Vista hoy, tal evidencia resulta palpable. Y viciosa.

Lo mejor del film son los momentos divertidos y, también, las dos escenas finales, cuando Milland llega al pueblo a visitar a la niña Rogers y se encuentra a su madre, que es la propia Ginger Rogers disfrazada. Casi parece una versión de una Caperucita Roja extravagante o a la inversa, donde no se sabe quién es el lobo. Y, al mismo tiempo, resulta lo más conmovedor y ambiguo del film, pues difícilmente oculta Milland que su razón para la visita (además de llevar una rana como regalo) es ver a la chica de la que está enamorado, que no tiene ni… trece años. El final en la estación, como se ha dicho, termina por arreglar las cosas, con gran sutileza y sin demasiadas palabras, en un momento estupendo y wilderiano, un final emocionante y risueño que se contrapone, por ejemplo, a otros finales menos felices, como el de la extraordinaria La vida privada de Sherlock Holmes, donde el amor se desvanece, la felicidad se evapora, permanecerán sólo los recuerdos. Finales, en todo caso, donde la conmoción para el espectador levemente romántico será siempre inevitable. La chica más bien pobre, además, ha encontrado a un marido rico, una vez más.

Un Wilder menor pero, aún así, mayor que otros autores en sus películas mayores.