WISE Robert (1914-2005)

The Day the Earth Stood Still (Ultimátum a la Tierra) (1951: 7.0)

“Wise” significa sabio. Y Robert Wise lo fue: un tipo sabio. Manejaba los códigos de su oficio como pocos. No muchos realizadores pueden alardear de contar con un currículum como el de este señor: West Side Story, The Haunting, ¡Quiero vivir!, Apuesta contra el mañana o El ladrón de cadáveres son todas obras excelentes. Sonrisas y lágrimas, por su parte, es un film icónico y “bigger than life”, para bien o para mal (para las risas o las lágrimas), que a mí ni me entusiasma ni me parece un tostón. Wise fue, pues, un tipo capaz de enfrentarse a géneros completamente diversos, suscitando atención y consiguiendo resultados al menos notables, y en abundantes casos sobresalientes. ¿Quién podría presumir de haber hecho grandes faenas en el musical y el terror, en el drama de superación y el cine negro, en el suspense y la ciencia ficción? ¿Hay muchos directores que hayan firmado películas tan diferentes como Star Trek, The Sand Pebbles, la mencionada The Sound of Music o The Curse of the Cat People?

En Ultimátum a la Tierra el actor Michael Rennie es Klaatu, el alienígena, y la actriz  Patricia Neal es Helen Benson, la chica guapa que se enamora del “ser” equivocado. Ambos personajes, ella de la Tierra y él de Dios sabe dónde, se comportan en todo momento como gente civilizada: personas prudentes y solidarias dispuestas a renunciar a ambiciones o requerimientos más personales con miras a un fin más amplio, seguro y colectivo.

Aunque no fuera un año, el 1951, especialmente destacado en la cantidad de filmes de ciencia ficción, sí podemos mencionar La cosa, Ultimátum a la Tierra y Cuando los mundos chocan. Un género que, por entonces, contenía mayores dosis de sobriedad y, cómo decirlo, saber estar. Los efectos especiales, mucho menos desarrollados que en la actualidad, estaban no obstante incardinados a la trama y a la imagen. No deseaban llamar la atención. Los personajes no mostraban sus emociones con tanta fruicción ni se desesperaban ni querían ser, ante todo, atractivos para el público. Eran otros tiempos y otros espectadores. En películas como When Worlds Collide (Maté) o Ultimátum a la Tierra la conmoción es mínima, los personajes no se despeinan ni sudan y la historia supuestamente paranormal o fantástica (de fantasía) se desenvuelve con pausa y elegancia compositiva, no pretendiendo alucinar ni sobrecoger al público.

Ultimátum a la Tierra, pues, se enmarca en esa capitulación estilística, también marca de fábrica del propio Robert Wise, da igual en qué género o film. La cámara, en sus películas, nunca da tumbos. Los encuadres tienden a ser inmaculados, en pos de obtener con la máxima claridad los movimientos de sus discretos personajes. Hay un elemento de pulcritud, de diáfano control de la situación (plano, secuencia; clima sentimental) y de, cómo ponerlo, decencia moral en las peliculas de Wise que no debería pasar desapercibido para los que relegan a este director de las altas cotas autorales del séptimo arte. Y es que éste es un cine que, cuente lo que cuente, no se inmuta demasiado, manteniendo una actitud paciente y generosa, aun alerta.

Así pues, esta película del Wise aún joven (longeva vida la suya) ha pasado a la historia por su influencia indudable en numerosas obras, desde Sin noticas de Gurb a Independence Day, de Mars Attacks a la serie V, además de De repente, un extraño, El gran héroe americano y, claro está, el mismísimo Ed Wood. En concreto, una película de este director, la considerada majaderamente por algunos listos la peor de la historia (Plan 9 from Outer Space), bebe considerablemente de Ultimátum a la Tierra, en especial en lo que concierne al aparato intelectual que puede aislarse del conjunto, y sin rompernos la cabeza. Es decir: los marcianos o alienígenas llegan a nuestro planeta para avisarnos y advertirnos de que no podemos seguir así, desarrollando una energía atómica que pone en peligro la vida no sólo en la Tierra sino en todas las galaxias. Tanto en el film de Ed Wood como en el de Wise, a los pobres aliens los tratamos fatal, costándonos muchísimo además hacer un mínimo de autocrítica. En aquellos años la amenaza nuclear no se tomaba a rechifla en el cine de Hollywood, y en películas como éstas (y otras) se recomendaba ser cautos a este respecto.

Digamos, para terminar, que películas estadounidenses de este calado llamaban la atención, también, sobre los peligros que venían “desde fuera”, daba igual si de Plutón ola Unión Soviética.Aunque, paradójicamente, directores como Wise no se rompían la cabeza (como ahora) diseñando medidas de protección y seguridad. Resulta hilarante, a este respecto, comprobar cómo en The Day the Earth Stood Still se deja al platillo volante, ya aterrizado en Washington, custodiado por dos tímidos soldados o policías, que además andan medio dormidos. Y sin cámaras que vigilen. Sin globalización, claro. El robot alienígena que surgió del interior de la nave especial, que se apostó delante de la misma y que (como demostró desde el principio), contaba con el poder de desintegrar objetos y personas, se queda ahí sin que nadie de la seguridad de los EEUU se preocupe lo más mínimo.

En fin, así hay innumerables ejemplos simpáticos que forman una trama imposible de ciencia ficción a ras de suelo, no en el aburrido espacio: medida humana, la de Wise, o la de Siegel en la extraordinaria La invasión de los ladrones de cuerpos (1956), películas en las que los seres del espacio exterior se infiltran tan discretamente entre nosotros que ya no sabemos quién es quién, metáfora (sin duda) también de las diversas cazas de brujas y brujos que se llevaron a cabo en aquellos años. Pero no nos pongamos más estupendos.