WOOD Edward D. (1924-1978)

Plan 9 from Outer Space (Plan 9 del espacio exterior) (1956: 6.0)

Que se calmen los freakis y los horteras muy “fans” del cine más ínfimo y bajo de la historia del cine. Porque Ed Wood no es, ni de lejos, el peor director que ha estrenado películas en el planeta Tierra. El prestigio del “farolillo rojo”, en todo caso, es siempre excesivo, ¿pero cómo iba a ser Plan 9 from Outer Space la peor película jamás hecha (según alguna encuesta) cuando, a bote pronto (sin salirme de filmes que he visto en los dos o tres últimos años), se me ocurre mencionar obras, de diversas épocas, nacionalidades y géneros, tan estética o ideológicamente deplorables como Sin novedad en el Alcázar (Genina), No tocar a la mujer blanca (Ferreri), ¡Todos a una! (Enright), El hombre que perdió su sombra (Tanner), El último boy scout (T. Scott), Old Boy (Chan-Wook), Giulietta de los espíritus (Fellini), Fear and Loathing in Las Vegas (Gilliam) o Elizabeth (Kapur), o tan aburridas o irrelevantamente descerebradas como Life Aquatic (W. Anderson), Triple Cross (Young), El gran silencio (Gröning), La cáscara (Ameglio), El ataque de los muertos sin ojos (Ossorio), Fausto (Gorski), Cyrano de Bergerac (Gordon), Una historia china de fantasmas (Siu-Tung) y un largo etcétera?

En Plan 9 del espacio exterior (que no se estrenó hasta 1959), unos humildes alienígenas hacen acto de presencia en los cielos de los EEUU dentro de un míseros platillos volantes. Estos marcianos no hacen apenas daño a nadie. Los policías o mandos del ejército, incluso los más palurdos (y los hay muy palurdos), parecen más peligrosos que Vampira, Bela Lugosi o Tor Johnson, que caminan con desgana y lentitud y cuya expresión facial revela una tristeza inconmensurable. Se acercan a los terrícolas, con parsimonia, acobardados, poniendo caras raras mientras extienden sus brazos o se cubren el rostro con la capa, pero los terrícolas les disparan sin preguntarles antes si llevan DNI, o cualquier otra cosa comunicativa. Estos personajes tan patéticos, vivos murientes resucitados en el espacio interior o venidos en platitos del espacio exterior, lo único que quieren es que les quieran: que les abracen, que les mimen, que les hagan caricias. O al menos, que no les disparen. Cariños, no balas. Eso buscan, los pobres.

Los jefes del platillo volante principal, vestidos con traje de alienígenas de rebajas, lo dejan claro: desean dialogar con los habitantes de la Tierra, razonar con los seres humanos, intentar persuadirles de que mediante bombas nucleares (o de las otras) se dirigen o nos dirigimos hacia nuestra completa destrucción y, por extensión, a la demolición del Universo entero. Pero los norteamericanos no les escuchan y recurren a la proverbial violencia, incapaces de aceptar consensos o de, al menos, admitir los argumentos del oponente.

Edward Wood y sus inexpresivas criaturas, frágiles y temerosas de los hombres. Ed Wood y “los otros”: “the others”.

Un cine desmañado narrativamente e inexistente dramáticamente, pero que avisa y no es traidor, que divierte y que en ningún caso presume de nada ni va de artístico ni de modélico ni de académico ni de rompedor ni de rebelde ni de provocador. Y a mí casi me emociona.