WYLER William (1902-1981)

Roman Holiday (Vacaciones en Roma) (1953: 3.0)

Sinopsis comentada: la pobrecita Hepburn, princesa de un país europeo angloparlante, sufre porque no puede hacer lo que le da la santa gana y debe, en cambio, “sacrificarse por su país”, expresión que yo nunca he entendido (“Franco se sacrificó por España”, etc.): una técnica del sacrificio que me parece más bien chantajista, una tapadera para conquistar el poder, mantenerlo y, eso sí, vivir como una reina. Vamos, que no puedo tragarme o, como dicen los norteamericanos, “I don’t buy” (no compro) esa idea ñoña y horripilante de la supuesta liberación de la Mujer en las correrías de esta consentida, sedada y caprichosa Hepburn que se va durmiendo y comiendo helados por las calles de Roma. Por su lado, Gregory Peck hace del típico periodista sin escrúpulos que, con su amigo el paparazzi (antes de La dolce vita de Fellini, claro), van en busca del máximo beneficio, la ganancia, el famoseo, la riqueza. El final solemne, artificioso como pocos y ramplón, en el que vence el noble corazón de Peck (dispuesto a renunciar a su dinero con tal de conservar la dignidad y la bella memoria) es indigesto, casi empeora más el perfil netamente tramposo de esta refitolera cinta (pese a las miradas de contenida resignación de Peck y Hepburn al final, seguramente lo menos malo del film).

Tendencias tendenciosas: Vacaciones en Roma es parte de la fértil (y fastidiosa) tradición de la guiri angloparlante que se enamora en Italia durante una breve visita: bien de un italiano (o seudo-italiano angloparlante) como en Estación Termini (De Sica) o Locuras de verano (Lean), o bien de otro guiri angloparlante, como ocurre en Vacaciones en Roma (Wyler). Tanto Jennifer Jones como Katharine Hepburn como, desde luego, Audrey Hepburn, se ven arrastradas a la tentación sentimental y pasional, seguramente invadidas por esa belleza italiana turbadora que ciega e invita a dejarse llevar. Estereotipos a mansalva, señores.

Vacaciones en Roma entraría también en el recuento del cine “de calidad”, caracterizado por sus actores y actrices (norteamericanos, franceses) ricos y famosos, además de por el artificio sin disimulo, la huida de cualquier reflejo de realidad inmediata y una inhibición autoral de los directores (o que no dan para más). También se distingue por la llamativa presencia de guiones y diálogos por lo general embetunados, radiantes y de charol, e historias del todo implausibles pero que cuentan con el beneplácito de un público entrenado en el espíritu neoromántico, las convenciones del Hollywood palanganero y el fomentado glamour de las estrellas. En este recuento o tendencia, propio de los años cincuenta, me apetece colocar, sin pensar mucho, filmes como Bodas reales (Donen), con Jane Powell, Las nieves del Kilimanjaro (H. King), con Ava Gardner, La última vez que vi París (R. Brooks), con Elizabeth Taylor o Anastasia (Litvak), con Ingrid Bergman.

Insatisfecha con causa: la jovencita y guapa Audrey Hepburn de Roman Holiday es, a primera vista, el reverso de su Sabrina con Billy Wilder. En el film de Wyler es la rica y aristócrata que añora (porque desconoce) una vida de emociones normales y convencionales, como las de “todo el mundo” (en fin, la clase media). En el film de Wilder es la chica humilde, “como todo el mundo”, que añora (porque sólo conoce como voyeur) la vida de los ricos y aristócratas empresarios que viajan a Roma y París y se embarcan en lujosos cruceros. En una perspectiva más amplia y al grano, ambas personajes no son tan distintos; en fin, que nadie puede tenerlo todo (ni siquiera, A. Hepburn), siempre se desea lo que no se posee, siempre se convence uno (una) de que lo mejor es lo del vecino, o lo que se ve en pantalla. Es un eterno estar insatisfechos, propio de las sociedades liberales (e inducido por la insidiosa, pero asumida alegremente como “agente de cultura”, publicidad): esa es la cuña propagandística en estas cintas (algo más auténtica la de Wilder que la de Wyler), con la coartada del amor “verdadero” como sambenito o, más bien, hábil cebo que colocar para que piquemos los espectadores, pececitos hambrientos, ansiosos de cualquier bagatela romántica que llevarnos a las bocas, sueños y dormitorios.

Wyler en entredicho: lo digo ya mismo; yo prefiero, con mucho, al Wyler más drástico, incluso ceñudo, patriótico, militante y melodramático de La loba o Los peores años de nuestras vidas, o al Wyler último de la excelente El coleccionista, incluso el de la irregular No se compra el silencio, antes que el Wyler vendido al “kitsch” turístico romano y la desdentada literatura de Dalton Trumbo: eso es esta desesperante, inviable, escandalosamente escapista y “quinta esencia” del Hollywood rendido a los pies del engaño flagrante, eso es Vacaciones en Roma. Cine timorato, estático, ceremonioso, forrado de cartón-piedra, repleto de momentos imposibles, estúpidos, previsibles, pacatos, irreales, el anti-neorrealismo y sus conquistas, derivas, variaciones. Baste añadir que en el mismo año que Wyler rodaba en Italia Vacaciones en Roma, Rossellini cambiaba el rumbo del cine con Viaggio in Italia, obra de arte de vuelos filosóficos y caídas emocionales, de reflexión, pérdida y lucidez total sobre la vida y el cine. Wyler y Rossellini. En fin, algo así como comparar a Clement con Godard o a Mel Brooks con Chaplin. Vacaciones en Roma no contiene ni un gramo de verdad.