YOUNG Terence (1915-1994)

Triple Cross (Triple Cross) (1966: 2.0)

Con motivo de El hombre del Klan y El hombre rompecabezas, dos películas de Terence Young (de 1974 y 1984), escribí hace un par de años una pieza en la que exponía mi disgusto por un cine de “cachivache, chatarra, cacharro” (léanse, si apetece). En concreto, sobre The Klansman, terminé diciendo: “Película más bien digna de desguace que, no obstante, funciona al menos como clavo ardiendo al que agarrarme en grises días otoñales”. Sobre la segunda me mostré aún más irritado:

 

Cine chatarrero, grimoso; con la excusa de la Guerra Fría, los rusos y los espías, más M. Caine y L. Olivier (¡pobre gente!), Young prueba de nuevo que tiene parte, que no arte, en el Negocio... en The Jigsaw Man el autor se sabía herramienta de las técnicas televisivas, al servicio de un cine de achaparrado best-seller y romas conspiraciones. Cachivache, chatarra, cacharro.

 

Lo cierto es que dan ganas de repetirse: ¡y que algunos aún sostengan que la “teoría del autor” no tiene ni pies de cabeza! ¡Vaya si los tiene! Pies, cabeza, corazón, estómago y, sobre todo, fundamento firme.

Y es que Terence Young es lo que es (¡lo vemos en sus películas!): un director sin talento ni carisma, sin profundidad ni habilidades. “Grimoso”, “técnicas televisivas”, “romas conspiraciones” son términos que continúan vigentes para Triple Cross, película que Young había dirigido... ¡18 años antes de The Jigsaw Man! ¿Es que no se aprecia una constante temática, estratégica y, con perdón, estilística entre ambos filmes? La teoría del autor, en fin, seguirá siendo (mientras a nadie se le ocurra algo verdaderamente agudo o novedoso) el patrón más fiable por el que guiarnos a la hora de perorar sobre cine, explicándolo, describiéndolo, señalándolo, apuntando relaciones.

(Es verdad que, en otra obra mía previa, La quimera del cine, fui un poquito más generoso con Young tras ver Thunderball, pues escribí: “Sean Connery... modela a su antojo el film de Young no dando respiro a Auger y Paluzzi”: es evidente que Young se adaptó a la marca registrada “James Bond” y así tuvo que pensar menos; por cierto que, en Triple Cross, también aparece, como comentaré más abajo, la guapísima Claudine Auger)

El inicio de Triple Cross, en todo caso, es prometedor: enigmático y eléctrico y recuerda el perfil de Bullitt (1968, P. Yates) y demás filmes viriles de policías y casos tormentosos de finales de los sesenta o ya setenta, con aquel aroma de claroscuros morales, estética y música un tanto estridentes, todo ello digno de serie televisiva de cierta enjundia.

Sin embargo, inmediatamente la cosa cambia cuando nos adentramos (¡tras estruendosas elipsis!) en el subgénero de los campos de concentración nazis vistos desde la órbita aliada, claro está; y me acordé de Kapò (1959), de Gillo Pontecorvo, que también cuenta la historia (allí es una chica) de una supuesta traidora a su patria que se vende a los nazis para conservar la vida y obtener privilegios y salvoconductos.

Pero no, no vayamos tan lejos; Young no se podía pretender tan dramático, así que la siguiente referencia que se nos pone a tiro es sin duda La gran evasión (1963, J. Sturges), con aquel irrepetible Steve McQueen. También las alusiones a algunas de las películas menos logradas de James Bond saltan a la palestra: Christopher Plummer (en Triple Cross, un excelso destripador de cajas fuertes), como Connery o Roger Moore, tampoco se despeina ni suda, ni su camisa se arruga, son gajes del oficio: es la elegancia del hombre apuesto, expuesto, frío para el disimulo y la brega y caliente con las fabulosas hembras que se le arrojan al cuello sin más dilación.

Aunque no es Plummer el único partícipe del carácter asumidamente intocable y artificioso de la cinta: al inicio del film, cuando Plummer irrumpe en la cárcel de mujeres ya a la caza de la bella Claudine Auger (un pastelito de manzana que está presa, la pobre), vemos cómo las chicas que llenan la estancia (lozanas, maquilladas, estupendas) tienen tanta pinta de reclusas de los nazis como Carmen Posadas de labradora en los Ancares leoneses.

Podría suponerse, como suele suceder en la saga de James Bond, que ese es un encanto de la cinta, ese rasgo suyo de “no despeinarse” ni pasar un mal rato (para qué). Pero qué va, es otra promesa que Young (porque no sabe) incumple: ya que a partir de ahí Triple Cross carecerá de cualquier magnetismo, arrobo o lógica cabal. Por cierto que otro de los (numerosos) fallos de la cinta es pretender (a la manera de John Sturges, Peter Yates o incluso Peckinpah con Steve McQueen) crear un mito masculino a partir del desvergonzado personaje de Eddie Chapman, el que encarna el señor Plummer, a quien no le da ni el físico ni la idiosincrasia ni la desenvoltura para tales hazañas bélicas. No, en efecto, por si quedaban dudas, digámoslo: Plummer no es McQueen, ¡ni de coña!

Pero es que, además, en Triple Cross nos tenemos que tragar al molesto Yul Brynner como gran jefe nazi. Y hemos encima de creernos que un bombón como Romy Schneider (misteriosa y con un talante extrañamente  conservador, a la manera turbadora de Jacqueline Bisset) trate, a la primera ocasión que se le presenta, de seducir a Plummer, ofreciéndose nada menos que a darle un masaje, como si tal cosa fuera creíble. La sensación es, desde luego, que nos querían vender a Plummer como la gran estrella intratable (como un McQueen, un Connery, un Caine, un Bruce Willis, etc.); una elección o señuelo bastante increíbles, vista hoy Triple Cross.

La trama (porque estas películas se sostienen por el pintoresquismo de sus tramas) es de locos, absolutamente inverosímil: Plummer, el desvalijador, se convierte en renegado y traidor a su patria, luego en realidad es un agente espía con su corazoncito, faltaría más. Un espía, eso sí, que disimula tan mal y que tiene, realmente, tanta pinta de espía que es abochornante que los altos cargos nazis (comandados por Brynner y el “goldfinger” Gert Frobe, lo cual acaso explique estas facilidades) lo mantengan a su lado prodigándole tanto cariño y atenciones. Es tan evidente que el británico Chapman no es un tipo fiable y que a la mínima se la va a dar con queso a los alemanes, que tales elecciones de guión insultan a cualquier inteligencia emocional o de la otra.

La única explicación para estos aquelarres de idiocia está, supone uno, en el componente primero y último de una producción (coproducción franco-británica, de hecho) de este tipo: su rasgo básico como “cine-show” muy propio de esos años (The Great Escape, siendo de este subgénero, funciona por contra a las mil maravillas), sostenido sobre hombres valientes o malvados (maniqueos, sin doblez, para que no haya dudas) y mujeres atractivas o fatales (más bien decorativas). Este cine-show se basa, así mismo, en las leyes del convencional thriller bélico, con acción y conspiraciones, toques de humor y la figura del guapo y carismático protagonista masculino: inteligente, irresistible, deseado por mujeres y espectadoras, admirado por hombres y espectadores.

Un hombre, en todo caso, descreído, nada idealista ni sermoneador, un materialista, un pragmático (algo tan británico), alguien que incluso se llega a definir en el film, con o sin sarcasmo, como un pacifista. Lo que quiere este hombre, Chapman (Plummer), como tantos otros, es disfrutar de las damas y amasar fortuna. Y si, de paso, hace un servicio a la patria, pues mucho mejor, dónde va a parar.

Dicho todo esto, aún queda lo peor: y es que Triple Cross comienza a flojear a partir de los treinta o cuarenta minutos de manera rápida, lerda y sin solución: sobran romas conversaciones y la voz “en off” del pesado de Plummer explicando fofos planes y mensajes codificados inhóspitos, qué fárrago. La película se detiene y ya no hay matices. Pongámosla más verde.

Cartón-piedra, artificio total, rigidez obtusa. No hay encantamiento.

Triple Cross se desmorona, además, con tanta ida y vuelta de Plummer de Alemania a Inglaterra, pasando por Lisboa y Francia (ya se sabe, el subgénero del cosmopolitismo), dejando un halo de estatismo, falta de emoción, ausencia de “thrills” y sostén dramático tan atronadores que uno está a punto de rendirse y mandar a Triple Cross y a Young a freír espárragos. Pero hoy no era el día para eso, tocaba ser caritativo.

Triple Cross sí sigue cierta postiza tradición de cine de campos de concentración y guerras, y he pensado en Three Came Home (1950, Negulesco), que, de todas formas, es muy superior aún con su fingimiento.

(Situándola, por tanto, Triple Cross estaría justamente en la orilla opuesta de una obra tan fresca, inesperada y admirable como The Big Lift o ¡Sitiados!, también de 1950 y dirigida por el olvidado G. Seaton)

(Pero finalicemos pronto, ¿por qué escribo tanto? ¿Me motiva la impericia, la estupidez, la brocha gorda?)

El caballero Plummer, en suma, un “bon vivant” inglés durante los supuestamente dramáticos años de la 2ª Guerra Mundial y la ocupación alemana, está en otra guerra, o eso parece: lo mismo se toma un vaso de vino con los francesitos de la glorificada Resistencia como ríe las gracias de sus compañeros de viaje alemanes mientras preparan una escabechina; lo mismo se embarca en un viaje de placer a Inglaterra para cotillear sobre batallas como se marca un baile agarrado con la ornamental Romy Schneider o bebe un cóctel con Claudine Auger. Sin perder la sonrisa. Un caso perdido.

Quien sí la pierde es el espectador, en todo caso este espectador que escribe, embelesado ante tal cúmulo de disparates a través de una historia inviable, un héroe inmutable y unos nazis que parecen alelados (si es que no estaban sedados), entre diálogos farragosos, secretos de Estado de abrumadora relevancia y, en general, una atmósfera de tontería supina.

Triple Cross termina pareciendo una caricatura de sí misma, de su propio anuncio. La guerra se acaba, los nazis han perdido pero no sabemos cómo ni si nos importa. Hasta hemos de soportar a Brynner en una última escena para la galería con su buscada muerte, su digno “suicidio”: pero al espectador tanto Brynner como su dignidad majara le importan un pito.

Terence Young demuestra que no es un director fiable, que ni sabe lo que se trae entre manos ni pierde el sueño meditando sobre su cacharrero quehacer detrás de las cámaras. Por añadir otro dato con el fin de hundir a Young, señalemos que la escena final del film, ya en Inglaterra, con Plummer reintegrado (¿ya no continuará haciendo saltar cajas fuertes por los aires?) a su relajado mundo de socarronería y pintas en el pub, quiere ser un “twist” gracioso, una broma última muy de serial televisivo, y se queda en patética mueca deforme, en palidísimo reflejo del tipo de cine que Triple Cross pretendía imitar, con resultados paupérrimos. Un cine, sí, de desguace. Y que no se merecía tantas líneas.