ZHUANGZHUANG Tian (1952-_)

Dao ma zei (El ladrón de caballos) (1986: 2.5)

El guión de la película china El ladrón de caballos es de Rui Zhang. La fotografía es de Hou Yong y Zhao Fei. El montaje, de Li Jingzhong. Protagonizada por Cexiang Rigzin.

Vale.

Ah, el director se llama Tian Zhuangzhuang y, si puedo evitarlo, no veré ninguna otra película que venga firmada por él, ya que he de sospechar desde ahora que se tratará de un cine visual, colorista, estéticamente llamativo, de formas diversas, un cine hecho de virtuosismo endémico, no de narración. Zhuangzhuang es autor de planos como estampas intensas, que carecen de pulsión dramática o narrativa. Los sucesivos planos que negocian su película se llevan mal entre ellas, no mezclan: la fuerza de esta película radica en el plano “en sí mismo”, de parecida manera (se me ocurre) a como en la prosa de Francisco Umbral el poder y la gloria los cobran las unidades pequeñas, las cláusulas y las frases, y no los párrafos ni el texto entero, deslabazados y sin mordiente argumentativa o sugestiva, opino.

Colocaría yo, con infinita humildad, El ladrón de caballos en una breve lista de cine oriental junto con La puerta del infierno de Kinugasa y Kagemusha: la sombra del guerrero de Kurosawa. ¿Por qué? Por la escasa calma al rodar, por la excesiva combinación entre forzada antropología y relato ético-familiar. Por jugárselo casi todo a la carta del “somos así”, un exotismo que parecería diseñado para ojos occidentales, que habríamos de admirarnos “porque sí” al contemplar tantos estandartes al viento, tanta máscara y baile, tanto “show” de guerra coreográfica: hay demasiados planos (como unidad fílmica) en El ladrón de caballos, innecesarios e innumerables cortes de imagen, escasa economía narrativa, un cine de, seamos pedantes, frondosidad imagística al servicio de sí misma.

Me disperso con este cine, al contrario que, pongo un ejemplo en mi modesta impresión paradigmático, ante cualquier película de Rohmer, donde he de permanecer siempre atento, esperando a que salte la liebre, eternamente alerta a diálogos sutiles, planos dulces o maliciosos que están ahí por algo, secuencias que sólo pueden ser como su autor decidió que fuesen… En El ladrón de caballos no se transmiten ideas pero, en el plano puramente narrativo ya mentado, tampoco existe continuidad. Intuyo que Zhuangzhuang (con la ayuda de sus colaboradores Zhang, Yong, Fei y Jingzhong, entre otros) es un ingenioso técnico y poco más, como, hasta cierto punto, es el caso de nuestro Alejandro Amenábar, cuya percepción y habilidad puramente “técnicas” están por encima de su, vuelvo a la pedantería, alma y pulsión como autor de cine.

Situaría El ladrón de caballos, además, dentro de una corriente de cine hippie, más bien tendente a la parábola libertaria o legendaria, normalmente materializada sin enorme inteligencia, escasos matices. Pienso en la película japonesa La balada de Narayama de Kinoshita, por ejemplo y, a partir de ella, sostengo que ese mentado “hippismo” cinematográfico suele ser desaconsejable, ¿o deberíamos salvar los films humeantes de Cheech y Chong como Up in Smoke (en español: ¡Como humo se va!) o los torpes westerns revisionistas tipo Soldado azul, o la rescritura italiana El profeta de Dino Risi o la desodorante Hermano Sol, Hermana Luna, incluso la cansinamente psicodélica Easy Rider?

No, efectiamente, Zhuangzhuang tiene poco que ver con su compatriota Zhang Yimou, de quien no aprendió nada esencial.

Y es que en El ladrón de caballos su director nos ofrece una extensa galería de encuadres integrando diversos tamaños, siluetas y colores, que no se diga que no hay un señor oriental con carisma detrás de la cámara… ¿Un cuento chino? Bastante.

Mucho tenebrismo y claroscuro en interiores, en plan “caravaggihuang”, muy barroco y decorativo en los exteriores, folclórico como el que más, pero no se detecta una unidad de intención, no se percibe una fuerza de fusión de elementos más allá del propio plano, que se alimenta a sí mismo, mandarín plano onanista.

Vuelvo al inicio. Sé (siento, pienso) que no me apetece nada ver otra película de este ceremonioso, refitolero, anecdótico y post-“hipppista” autor chino, cuyo plástico cine (de postales, rituales y lamentos) es, desde luego, puro plástico cinematográfico. Aún restan veinte minutos de película pero pulso el STOP y, aliviado, respiro.