BOYUM Steve (1952-_)

KING SOLOMON'S MINES (Las minas del Rey Salomón) (2004: 6.0)

La guapísima irlandesa Alison Doody, aún más guapa en su madurez que de jovencita en Indiana Jones y la última cruzada, heroína de Las minas del rey Salomón y compañera de fatigas de Patrick Swayze (el héroe Quatermain, claro), ni se despeina ni se encrespa ni suda y, excepto en un coyuntural descosido en su blanca blusa, en ningún momento de la increíble y peligrosa aventura hace un mal gesto ni pierde un mínimo de su innato atractivo. Tampoco va de señora maciza dispuesta a enseñar pierna o busto. Una maravilla de mujer: el maquillaje resalta su belleza, además, sin que ni la emoción ni el misterio ni el riesgo (amados por F. Savater) añadan feas bolsas a sus preciosos ojos irrebatibles. Toma poesía.

Estos audiovisuales televisivos son así: programados en horario familiar, han de corresponderse a lo que espera un público no exigente pero sí deseoso de pasar un buen rato gracias a paisajes exuberantes, dosis de acción no sanguinaria, romanticismo, malos y buenos reconocibles. La narración es nítida, simpática en su cartón-piedra sin disimulo, con diálogos divertidísimos (incluso los que querrían ser graves) y folclore africano (decía razonablemente mi señor padre, mientras veíamos la película: “los indios siempre haciendo el indio”: a buen entendedor, etc.).

El libro de H. Rider Haggard, que ha conocido al menos tres adaptaciones cinematográficas, fue rediseñado por Steve Boyum, especialista en estos menesteres (y experto segunda unidad en otros), en 2004 para la televisión. No seamos malvados: no le busquemos las cosquillas, porque se las encontraremos. Es un producto ligero y, ya digo, simpático, que es el apelativo que mejor le va. De gran duración (dos horas y cuarenta y cinco minutos), la película no se hace pesada y, viéndola con un espíritu relajado, intentando dejarse llevar por los desiertos, los bailes africanos, las peleas y la bonita historia de amor entre la atractiva y honesta Doody y el endurecido Swayze (qué lejos su época de blando sex-symbol, glorioso para las adolescentes: Rebeldes, Ghost, Dirty Dancing), entonces el entretenimiento estará casi asegurado.

Siglo XXI, libros de autoayuda, pensamiento débil, música étnica, “New Age”, esta versión de Las minas del rey Salomón es como si la hawksiana Hatari! contara con guión del profeta Paulo Coelho. Audiovisual honrado, ingenuo, generoso, banal, gracioso o risible, higiénico. Ya digo: quien desee hallar en él fallos y meteduras de pata, contradicciones o momentos absurdos, diálogos inviables, teorías poscoloniales o escenas de acción descaradamente ficticias, los encontrará.

¿Y qué encuentro? Arcadi Espada (Periodismo práctico) me pone entre la espada y la pared: “la emoción del espectador no depende de la veracidad, sino de determinados códigos del relato”. ¿Cuáles? ¿O ya están mencionados? Esto: Las minas del rey Salomón es lo más radicalmente opuesto a un reportaje de Informe Semanal. O será ésta la máxima, como escribe Espada (a propósito de las encuestas): “Creer es más sexy que saber”. Claro que en la entrada “¿Qué hacer en televisión?”, apunta el periodista: “La primera obligación de un hombre es someter al medio”. ¿Espada en El Mundo, Haggard colonial, Boyum domador, Swayze buscándose la vida, y yo mismo, con mi obsesivo hobby?

¿O volvemos con el Gordo y el Flaco a Las minas del rey Salmonete?