BECKER Jacques (1906-1960)

Montparnasse 19 (Los amantes de Montparnasse) (1957: 9.0)

Gérard Philippe y Anouk Aimée son Los amantes de Montparnasse. Son Modigliani y su joven esposa, a quien él hará feliz sin pretenderlo. Porque ella era feliz con sólo estar con él. Y él no sabía estar tranquilo ni contento, no se conformaba con nada y en realidad nada le placía. Se emborrachaba como único pasatiempo. Su anterior y frívola amante (Lilli Palmer) le entendía a la perfección. El aprovechado marchante de arte, Lino Ventura, también sabía mirar y disimular: veía que Amadeo era un gran pintor y que, tras su muerte, la cotización de sus cuadros se dispararía. Es el mérito del buen comerciante: oler a muerto y apostar por el vampiro: por la obra de arte que sobrevive, y de qué forma, al artista maldito.

 

-¿Es que me conoce?

-Sí, sabe el nombre de todos mis amigos, la historia de todos mis cuadros, conoce mi vida de memoria, y no se hace ilusiones.

 

Son lúcidas palabras de Modigliani, el artista a quien encarna con aliento y brío Gérard Philippe, un pintor que no quería que nadie se hiciese ilusiones respecto a él pero que, al mismo tiempo (¡y aquí lo inevitable, el halo trágico!), se hacía ilusiones sobre sí mismo. Pues de vez en cuando, antes de ahogarse en nocturas piscinas de alcohol, creía percibir un genuino interés por su obra. Pero no: los dos o tres que le compraron sus bocetos lo hicieron por lástima u orgullo, no porque de verdad se sintieran atraídos por esas pinturas. Y es que, de tan obvio, no sabían “verle”.

Acaso tampoco se supiera ver a Becker, qué lástima que muriera a los cincuenta y cuatro años. Un señor que ha sido capaz de dejarnos Calle de la Estrapada y La evasión, además de Los amantes de Montparnasse, merece mil parabienes. No sólo se trata de un seguidor del maestro Renoir, no sólo es un precursor de la conmovedora Nouvelle Vague, sino que sus películas (qué pena haber visto sólo tres) son tratados de lógica cinematográfica, emotivo romanticismo y confianza en la cómplice y austera bondad.

 

-¿Por qué no me dices lo que piensas tú?

-Pienso que para mí todo es posible ahora, que podría pintar el universo entero, pero que si quisiera pintar el universo, pintaría su retrato nada más.

 

El retrato de su enamorada, Aimée. Palabra de Modigliani. Un artista, uno más, incomprendido en su época, torturado por su distancia con el mundo, atormentado por saberse querido y amado por otros cuando él no podía ofrecer un amor verdadero y total, sino sólo fragmentos de repentinos entusiasmos y accesos de fiebre creadora.

Montparnasse 19, que recupero gracias a una vieja grabación del añorado programa Qué grande es el cine (sólo por escuchar las sabias y enigmáticas palabras de M. Marías merecía la pena ese espacio de oasis cinéfilo), es una película de caída al vacío, de riesgo: como On Dangerous Ground (N. Ray). Una obra en la que el creador principal, Becker, participando de la complicidad, entusiasmo y fiebre interpretativa de sus fenomenales actores y actrices, nos enseña que uno ha de lanzarse en pos de alcanzar una luz imposible, que transita allá en el horizonte que apenas entrevemos. Lanzarse a lomos de personas de carne y hueso que guardan en su baúl de misterios llaves que abren recónditos escondites del alma.

Un cine que atesora un vivo pero sobrio poso de desesperación, de hombre-arrojado-al-mundo, de compasión recíproca y de visiones del Fin que sólo un gran autor (Becker, Becker) puede poner en imágenes de recto perfil pero posos afilados, febriles, emocionantes. Imágenes al servicio no de un guión ni de una coraza estética, sino en función del corazón, ese cazador solitario, tan blanco que su contacto con el mundo exterior le provoca cismas, penumbras, perplejidades, inasumibles placeres; y llagas, montañas rusas e infinitas soledades.

(Termina el film, saco la cinta del reproductor de vídeo y hago “zapping”: ponen una película porno. Me quedo unos minutos y me excita y me excito. ¿Es que me conozco? Ay, mis amigos, mis letras, mi vida: no me hago ilusiones: caída, caída. Si quisiera pintar el universo, pintaría esa cinta de vídeo, sin rebobinar, flotando sobre una líquida alfombra; evasión o victoria o mar muerto)