BECKER Jacques (1906-1960)

Casque d’or (París, bajos fondos) (1951: 9.0)

Joya del cine francés que pocos espectadores conocen en España y Europa. Hablaba yo el otro día de cine con mi joven amigo holandés (veinte añitos) quien, para dárselas de cinéfilo, y así probar que no sólo de Tarantino, Jack Nicholson o Rambo renacido vive el hombre, citó diálogos enteros de la famosa Casablanca. Siempre es el cine norteamericano el que, popularmente, acapara citas y elogios, aunque muchas veces, como en la obra de Curtiz, sean justificados. Pero, ¿por qué no vemos más cine europeo en Europa? Supongo que, además de por las terribles censuras intrínsecas del mercado y sus cuentos chinos (protegidos por la derecha y el centro-izquierda), se trata de un prejuicio arraigado, más aún si hablamos de cine francés. ¡Oh, qué aburrimiento, cine francés, vade retro! Qué brutos somos.

Una obra como Casque d’or, o París, bajos fondos en España, merecería conocerse tanto como Casablanca, ¡Qué bello es vivir!, El bazar de las sorpresas o Matar a un ruiseñor. Y Becker debiera colocarse en el mismo escalafón que Ford, Hawks, Cukor, Walsh, Renoir, Buñuel, S. Ray o Rossellini. Me voy convenciendo tras haber visto cuatro, sólo cuatro, de sus excelentes películas: no es inferior, Becker, a ninguno de los mencionados. Qué pena que se muriese sin cumplir los cincuenta y cinco años. ¿Qué habría hecho en la década godardiana?

Casque d’or revela una naturalidad expositiva y una sencillez narrativa apabullantes: precisamente porque no apabullan, sino que resbalan por el leve tobogán del arte cinematográfico, sin darse importancia ni pretender ser la más guapa del baile.

Menos majestuoso y omnisciente que Ophuls, menos abarcador y naturalista que Renoir, más prosaico y hondo que Carné, menos redicho y pomposo que Clement, más serio y luminoso que Truffaut, el cine de Becker destaca por la ausencia de rasgos demasiado marcados: la sobria fluidez, el dominio de la escena y sus alrededores, el ritmo suave e implacable, un cine sin adornos ni desnudez absolutos. Un cine que no se fuerza a sí mismo para querer ser “otra cosa”. Un cine que, sin decirlo muy alto, se acerca a los cuestionamientos existencialistas: para qué estamos aquí, por qué merece la pena luchar, etc.

Cuántas cosas me gustan. Cómo giran las parejas en los bailes, rápida y alegremente. Qué presencia tienen los personajes, incluso los secundarios, definidos de una sola pincelada maestra. Y qué compendio de personajes: la rompedora prostituta y sus amigas fieles y disolutas; el capo sin escrúpulos y sus secuaces con moral; el chivato y el policía corrupto; los agentes y los camareros; el amigo leal, el buen carpintero y algunas otras gentes honradas.

Y qué elipsis: el encuentro de ambos a la orilla del río, ella le hace cosquillas con una brizna de hierba. Se besan. De pronto, el torso desnudo de él, en la cama con ella. Y qué detalles realistas: la vieja recogiendo de la mesa migas con los dedos (seguramente mojados por la lengua) y llevándoselas a la boca. Y la mágica boda a la que asisten nuestros protagonistas, él y ella, fotografiada con bella distinción desde el fondo de la iglesia.

Hay una insobornable decencia en la mirada de Becker, un núcleo humano inviolable, algo impensable hoy día. Observa, este autor, los conflictos desde la perspectiva del hombre justo, el hombre preocupado por la suerte de las personas que él más respeta: aquellas no cegadas por dineros o placeres, aún dispuestas a reconocerse en la moral común que nos hace iguales. Y obrar en consecuencia. Como señalaba A. Muñoz Molina en un artículo en Babelia (“Una máquina del tiempo”, febrero de 2008): “Importa obrar con rectitud y meditar lo que se hace porque las consecuencias de cualquier acto pueden ser ilimitadas”. Esa es la mirada beckeriana, una mirada responsable que decide mostrarnos a otro hombre caído en desgracia; una mirada no atraída por telarañas estetizantes ni encogida por sarampiones dogmáticos; sí vacunada frente a trazos agresivos y soluciones buenistas.

La lealtad. El amor. La culpa. La grandeza del gesto elocuente y justo.

Clasicismo francés y universal sin notas a pie de página ni citas cultistas. Nada de éxtasis alucinógenos, flores del mal, cines de papá ni literatura en conserva. Becker sabe ilustrar, en movimiento perfecto y medida humana, las vicisitudes del buen carpintero Manda (Serge Reggiani), su fiel amigo Raymond (Raymond Bussières) y el jefe de los criminales Leca (Claude Dauphin), además de la exuberante prostituta Marie (qué sonrisa, qué porte, qué beso), la esplendorosa Simone Signoret.

París, bajos fondos termina con el turbio ruido de la guillotina, que parte en dos a un valiente hombre bueno, víctima de su sólida y pasional defensa del amor, el honor y la justicia. Cine europeo esencial, veraz y eterno. Sólo falta darlo a conocer.