BERGMAN Ingmar (1918-2007)

Asiktet (El rostro) (1958: 9.0)

Lo que único que me disgusta, por decir algo, de El rostro es su final cómico, ligero y redundante, ajeno a lo que hemos disfrutado hasta entonces sin pestañear. Cierto que hay elementos de farsa y picaresca, en este cine bergmaniano, pero no nos preparaba para esa extravagante explosión de júbilo, en la que la compañía de ilusionistas es celebrada en las calles de la ciudad, cuando se sabe que el rey los ha invitado a actuar para él. Un honor y un privilegio que nada tienen que ver con la oscuridad mordaz, el aliento libertario y siniestro, el retumbar enigmático y sardónico de los tambores bergmanianos en Asiktet.

Todo lo demás es armónico y salvaje; como la diligencia deteniéndose en el bosque y descubriendo el rostro de la supuesta muerte en un cómico enfermo y borracho, o como la misma diligencia llegando a la mansión donde han de componer su número mágico, su ilusionismo alucinógeno que, si no es simplemente un truco hábil pero inocente, se opondría a la ciencia (que todo lo explica y demuestra y contrasta). Aquí El rostro de Bergman se enfrenta justamente a los delirios de grandeza de los militares, aristócratas y científicos, metidos a expertos en el arte de vivir, dispuestos a desconfiar de cualquier muestra de desequilibrio, extrañeza o aparente dispersión sobrehumana.

El rostro convoca otras películas y otros ámbitos: La diligencia de Ford, en una variante, aquí en Bergman, divergente en cuanto a gustos, moral e intereses, pero no tan lejana en su aportación dichosa en favor de los desfavorecidos y anti-sociales. Me recuerda, por qué no, El viaje a ninguna parte de Fernán-Gómez, y así es el viaje de estos magos, que no dejan de ser cómicos que entretienen a la concurrencia para que estos pasen un rato agradable, cálido, evadiéndose de otros problemas y sinsabores, al servicio, por unos minutos, del propio deleite (el olvidarse de uno mismo y los rutinarios percances). Se acuerda uno de El séptimo sello y El manantial de la doncella, otras piezas maestras (estas, sin ningún “pero”) de Bergman, con un ritmo similar de rito medieval, una temática de lucha entre la inocencia y la corrupción, el vivir simple y plácido y los envites de la ambición y la muerte. Comparten, las tres películas del gigante sueco, un personaje masculino torturado que no disfruta de la vida terrena, ocupado como está de los espíritus, las musas y la culpa. Al menos, en apariencia.

Y mencionaré otras dos películas de calado temático más que opuesto, Killer’s Kiss de Kubrick y Rashomon de Kurosawa. Curiosamente, todas ellas de los mismos años: cuánta brillantez, originalidad y brío en los años cincuenta. A uno le asaltan los momentos finales de la ópera prima de Kubrick en la escena en que el asumidamente mago muerto (Von Sydow) reaparece en la sala de la autopsia, asustando al médico con su mano, que parece cobrar vida propia (¿La familia Adams?). Rashomon se aparece por su propia fuerza bruta, en tanto que obra de bosques y deriva, de violencia y terrible belleza física: algo de eso ahí en El rostro (aunque menos que en El séptimo sello y, sobre todo, que en El manantial de la doncella), un impulso intelectual subversivo surgido del miedo y la trasgresión, de la desesperanza habitual y del querer ir más allá, optando por un cine inmediato, con aristas, carnal, de risas furiosas y bravos espasmos que muestran debilidades, vicios e intereses humanos.

Y diré, por último, que el ambiente medieval de la obra, su lado más lúdico, de picaresca, escotes, juglares y pajares, lo han acercado un tanto a algún tipo de cine que realizaría Pasolini, menos abrumado por el peso del pecado y la tutela de los reyes, pero igualmente atento a la verdadera cultura popular, la pulsión sexual natural y la alegría de vivir sin conciencia de que se vive. Y no se olvide la mención de Drácula, pues la figura de Von Sydow y su capa, pálido, enfermo y con un lado más que oscuro, algún secreto tendrá que oculta y le permite sobrevivir en un mundo de ignorancia y espanto.

(Añado aquí: personajes, escenarios y paisajes de fábula y cuento de hadas, en esta y otras películas de Bergman de hace medio siglo, quedan diluidos en el “glamour” y la tontería en las torpes y “light” modernidades que nos extirpan cualquier atisbo de reflexión, nos cercenan el espíritu, nos castran el placer sensorial y debilitan el mensaje, es decir, nos privan de todo lo que merece la pena; léanse El laberinto del fauno, admirada por Stephen King, ese astro, o El ilusionista).

En otro orden de cosas, esta mañana, en un programa matutino, hacia las once, en la televisión estatal española, la presentadora ha mostrado las imágenes de un tremendo choque de automóviles en una autopista, justificando las imágenes con estas desoladoras palabras (tanto que las he anotado, perplejo):

 

Era una imagen lo suficientemente impactante como para querer compartirla con todos ustedes.

 

Dicho lo cual, de nuevo, ¿sobran las palabras?: “lo suficientemente impactante”, dijo con rostro cándido e ingenuo, como exculpando su forzosa acción (como un sacrificio, la pobre), a la que, supondrán ella y sus editores, estaba obligada por la actualidad, que, ya se sabe, “manda”. La actualidad manda. Qué barbaridad de determinismo imposible, que denota una pérdida de responsabilidad por parte del individuo, como cuando cae un rayo o el viento arranca un árbol de cuajo. No, señora, no: es USTED o USTEDES, si lo prefiere, quien “manda” que esa imagen esté ahí y así se nos enseñe. Es USTED quien decide que el criterio del “impacto” sea el que prima a la hora de considerar que un hecho es noticia. ¿O es un criterio dictado, también, por la propia “actualidad”? ¿No es esto un vicioso círculo?

No es complicado entender, aquí y ahora, que, visto como está el patio, un film de Bergman interese cada día a menos personas, pues está lejos del show que invade las pantallas, a años luz de querer ser noticia, y tampoco nos quiere vender nada ni cohibir con aquello de la letra con sangre entra. Sobrada de razones está la presidenta de la Academia de cine español, Ángeles González-Sinde, cuando declaraba hace pocas fechas (en Época): “El problema es que estamos educando a los jóvenes y a los niños en el lenguaje convencional más americano”. No otra metodología fue la seguida  a la hora de emitir ese accidente de coches; se trataba, pues, de un pedazo de formación gratis y a domicilio, cortesía de Televisión Española. Y, añado que, por las horas a las que lo pasaron, ese pedazo de bazofia irreal (como la vida misma) debía ir más bien destinado a los adultos, y no tanto, en este caso, a los jóvenes y niños, que a esas horas seguro que brincaban, chillaban, se “expresaban” y zampaban bollicaos en el colegio. Ya pestañeo.