BERGMAN Ingmar (1918-2007)

Tystnaden (El silencio) (1963: 7.0)

Desnudez bergmaniana. El silencio. El tren, el niño, luces intermitentes y penumbras. La destrucción o la guerra al otro lado de las ventanas. ¿Y dentro? Otras guerras.

Del tren al hotel. Otros interiores. Así es la vida del turista o del refugiado (con dinero para gastar).

Bellísimas, modernas, naturales, atractivas mujeres bergmanianas, para las que ser guapas sin esforzarse parece un don innato. Aquí dos hermanas, la espiritual Ester y la carnal Anna. Ester es Ingrid Thulin y Anna es Gunnel Lindblom (que está espectacular y amable: de “amar”).

Apetece opinar que Stanley Kubrick conocía El silencio y en ella se inspiró, hasta cierto punto, para rodar algunas escenas de El resplandor, dentro del terrorífico hotel Overlook: el indefenso niño por los pasillos, al borde del encuentro infernal, los fantasmas o el hacha del padre.

Casi siempre, en cualquier film de Bergman, existe un componente de teatro y representación, de carnaval, marionetas y la barrera y meta del “carpe diem”. En El silencio, las hermanas y el niño conviven en el raro hotel con un puñado de enanos españoles (o que hablan en castellano, no en sueco), artistas de variedades que, en una extrañísima e inolvidable escena,  disfrazan al crío de mujerzuela y le dedican un numerito circense.

Es para admirarse: jamás se adorna Bergman en el encuadre, en la captación de lo que a él le interesa, le angustia y le llena. Nunca pierde el tino en la sucesión de imágenes, en la escueta puesta en escena, todos los elementos empleados en función de los personajes y en base a dos paradigmas filosóficos o vitales que les persiguen y envuelven: la necesidad del placer y la alegría, por un lado, y la angustia (existencial y aprendida o social), por otro. Y ahí descansan los discursos (hablados, interpretados) de las dos hermanas (como en la posterior, mucho más lograda y fascinante, Persona).

(Este Bergman de los años sesenta influyó mucho y bien en Lynch, en algún Lynch, en cualquier caso, aquel que aún no le ha perdido respeto a la captura de realidades no deformes)

El niño, tercera e imprescindible pata del taburete bergmaniano, aprende entre las paredes interiores del hotel (y sus pasillos y ventanas, escasa gente) sobre el amor y la necesidad, sobre las pasiones y el miedo y las rarezas. Aprende que el aprendizaje es no es cosa fácil y que los sentimientos nos juegan malas pasadas y son poco fiables.

Pregunta que viene el caso: ¿es que las personas son marionetas?

¿Y si es así, quién nos maneja?

Respuesta: nuestros instintos, en dura pugna con los aprendizajes, diría Bergman.

“Qué bonito es que no nos entendamos”, le dice Gunnel Lindblom a su amante. El beneficio del silencio, tras el desahogo de la carne. Un silogismo no tanto sarcástico como anti-antonioniano (y perdón por el vocablo).

Y la propia Lindblom, resentida con su hermana Thulin (mujer enferma y enfermiza, angustiada y angustiosa, figura infantil y anciana al mismo tiempo), le espeta esta suerte de reproches extremadamente bergmanianos (cito los subtítulos españoles, claro está):

 

-Todo se centra alrededor de tu ego. No puedes vivir sin sentirte superior. Según tú, todo debe ser desesperadamente importante y significativo.

 

Y le responde la bella pero (aquí) seca Thulin:

 

-¿Cómo se puede vivir si no?

 

Este inmenso diálogo esencial (siempre actual, siempre discutible, nunca resuelto) podría ser, así mismo, el diálogo que pudieran haber mantenido el genio sueco y alguno de sus numerosos detractores. Y es que de Bergman se ha escrito que su cine se revolcaba sobre el barro de la santa desesperación y que a nada le quitaba hierro: un cine nada relajado sino intenso, alerta e intelectualmente comprometido con las grandes cuestiones. Sea esto más o menos verdadero, lo que no llego a comprender es por qué un cine más relajado, leve o frívolo va a ser necesariamente más interesante o superior (normalmente, más bien, es todo lo contrario).

(Nota en absoluto anecdótica: me han comentado que a la muerte durante el verano de 2007 de Ingmar Bergman, en la cadena radiofónica española COPE, perteneciente a la Iglesia católica, se insistió mucho en “lo enormemente aburridas” que eran las películas del realizador sueco)

(¿Que vuelvan Pili y Mili? Pues Pajares y Esteso, por lo que tengo oído, están en ello: ¡el retorno de los bingueros!)

Añados, en todo caso, que El silencio es parte de una de las corrientes que operan dentro de la impresionante carrera de Bergman, una obra que adelanta la angustiosa Gritos y susurros. Una película, El silencio, espléndidamente fotografiada y que, pese a sus posibles similitudes con películas de Antonioni (véase un paréntesis más arriba), contiene unos rasgos menos estéticos y untuosos, menos italianos, si se quiere y, al mismo tiempo, más filosóficos y menos sociales, con mayores resonancias pero con menos “punch” y comentario sobre la época en la que surge).

El silencio, lamentablemente, va decayendo durante su metraje (“El semen huele que apesta”, señala la pobre Thulin), abusando de las camas (la enfermiza postración de Ester y la pasión sin palabras de Anna). Y se echan de menos las ventanas, las calles, las salidas de Anna al exterior en busca de emociones y de vida y de aire (su salida a los cafés y al teatro es lo mejor del film). Echo en falta, en la segunda parte del film, el cielo, el vaivén de gentes (en guerra o no), el terror o el fervor o la ironía (lastre, en mi opinión, aún más acusado en Gritos y susurros, que se ahoga en sus propias lágrimas y gritos).

(El miedo a la soledad y la soledad del miedo: el miedo se siente solo y quiere compartir su desdicha y frío).

De cualquier forma, se trata de una película que hoy a muchos les resultará aburrida (no necesariamente oyentes de la COPE, por cierto). Pero escribamos también que las circunstancias no ayudan, precisamente, a que este tipo de cine pensado, cuidado, pausado, analítico, intelectual, ambicioso y con un firme anclaje en “lo real”, funcione en nuestra sociedad.

A este respecto, quisiera finalizar la pieza con dos citas del artículo “La tentación virtual” (suplemento de “las artes y las letras” de ABC, septiembre de 2007), escrito por Fernando Castro Flórez (mis “negritas”):

 

Se ha identificado un curioso síndrome de epilepsia óptica en algunos adolescentes maníacos de los videojuegos que, tras horas de “agonía y placer”, se muestran físicamente incapaces de mirar una imagen fija.

Mircea Aliade cuenta en su diario que en una película educativa acerca de los métodos de lucha contra los mosquitos exhibida en una aldea africana, los aldeanos se obstinaban en no ver más que unos pollos que pasaban por azar en primer plano. “Todos somos -apunta Debray- aldeanos africanos: al amparo de lo visual, cada uno aporta su percepción”.