BERGMAN Ingmar (1918-2007)

Djävulens Öga (El ojo del diablo) (1960: 9.0)

Prólogo. El ojo del diablo (Djävulens Öga), de Ingmar Bergman, no ha de confundirse con Los ojos del diablo (Due occhi diabolici), de George A. Romero y D. Argento, ni tampoco con El ojo del diablo (Eye of the Devil), de J. Lee Thompson, ambas películas de terror y misterio. Saldremos ganando, si evitamos confundirnos. Además, El ojo del diablo bergmaniano es... ¡una comedia!

Primer acto. El famoso Dalai Lama afirma (entrevista de C. Carrillo de Albornoz en El Semanal, septiembre de 2007) que alguna vez, como le ocurre a otros muchos monjes, ha soñado “cómo sería una relación con una bella mujer”, pero que de inmediato ve “el lado negativo de todo eso porque sin deseo sexual hay mucha más paz”.

Segundo acto. Afirmación que, opino, no suscribiría Bergman, según lo que vemos y oímos en sus películas, aunque, es verdad, ese conflicto (entre la paz sin sexo y la guerra sexual del día a día) esté presente en casi todas sus obras, y de manera hilarante y crucial en esta maravilla que es El ojo del diablo.

Tercer acto. El ojo del diablo es una muy libre adaptación del Don Juan de Molière, una película poco conocida de Bergman que, en todo caso, podría ponerse en la balanza con la teatral y del mismo año Faust de Peter Gorski (véanse las diferencias entre la maestría integradora del sueco y la incapacidad cinematográfica del alemán), con Desmontando a Harry de Woody Allen (con el diablo, también, en posición central), y con Qué bello es vivir, la historia capriana  de un ángel bueno (frente a los ángeles malos de El ojo del diablo) que desea influir positivamente (y sociológicamente), frente a la influencia que querían negativa (psicológicamente hablando) los demonios de El ojo del diablo.

Cuarto acto. Farsa infernal, casi un pícaro “morality play” a la manera que recogieron dramaturgos británicos como Webster o Wycherley: pillerías, filosofía irónica y cínica, tonos agridulces y un divertido narrador que nos presenta y ordena el prólogo, el epílogo y los tres actos que conforman la historia (sin estar presente, como un fantasma, en ella, como hace Ophuls en La ronda).

Quinto acto. “Me gustaría tener un demonio en el armario”, admite el pastor protestante, padre de la chica virtuosa (Bibi Andersson), que es, por mor de su castidad, ese “orzuelo en el ojo del diablo” que da título al film. La potencia del “carpe diem” está siempre presente en las obras de Bergman, enfrentado a las obligaciones y la educación, las limitaciones y el sentimiento de culpa.

Sexto acto. Qué maestría, partir de moldes teatrales y crear un espacio visualmente extraordinario, dramáticamente estupendo y narrativamente original y fresco. Un perfecto compendio de frívola profundidad e insólito divertimento moral (Rohmer, con tales materiales, hubiera acentuado el rasgo “moral” de las decisiones: adulterio o no adulterio, dejarse tentar o hacerse la fuerte).

Séptimo acto. “Querido Dios, enséñame a ver la oscuridad de la gente”, pide al Señor el clérigo. El morbo, carácter íntimo de toda persona. “Nada es tan atractivo como los momentos críticos”, replica un demonio (venido a la Tierra, como vigilante de Don Juan y su ayudante). Finalmente, el clérigo exclama eufórico: “¡Tengo un demonio en mi armario!”. Lo ha atrapado y esto le llena de orgullo al ingenuo pastor, la Luzdominando a la Oscuridad. Vanos sueños.

Octavo acto. Berman hace mofa de sí mismo, en tanto que constructor de artificios fílmicos a partir de bases teatrales. Deliciosa “morality play”, Bergman guardando más distancia que de acostumbrado con la trama, personajes y conflictos, riéndose de ellos y con ellos: esa distancia es lo que define lo cómico.

Noveno acto. Precuela juguetona, bienintencionada, humanista (si se quiere) de lo que el pérfido y genial (y posmoderno) Haneke haría en los años noventa, Funny Games, con los demonios reconvertidos en vecinos ultra-violentos, despiadados, cínicamente malvados, y sin esperanza de salvación o reposo.

Décimo acto. Al Diablo le salen mal sus planes, el tiro por la culata; al diablo con el diablo. No se pueden predecir las reacciones humanas porque el contacto (entre personas) quema y debilita, nos despierta los sentidos y nos repone los pies bien en el suelo, entre el Infierno y el Cielo, que poco pueden hacer para cambiar el rumbo de los acontecimientos.

Epílogo. Deliciosa, aguda película, admirable y pequeña joya bergmaniana. Tan fina, elegante y sarcástica como lo mejor de Cukor y de Mankiewicz, un descubrimiento (para mí) extraordinario, y a precio de quiosco (“Antología Ingmar Bergman”, gracias a Filmax Home Video).