BERGMAN Ingmar (1918-2007)

Kvinnodröm (Sueños) (1955: 8.0)

Bergman hasta en la sopa. En el autobús Alsa León-Madrid, mismamente, gracias a mi reproductor de DVD portátil. Si uno ha de esperar a que pasen algo decente en las pantallas de los autobuses, va listo. Las más potables serían El señor de los anillos, Dos súper-policías en Miami o Harry Potter, eso si no nos torturan con El núcleo, The Sentinel o cualquier otra “conspiranoia” o “marcianada” de explosiones que explosionan hasta dentro de las propias explosiones.

Gracias al mini-DVD veo Sueños y así descanso de la notable lectura de Nazarín, donde he subrayado frases tan suculentas como ésta: “...a Nazarín no se le cocía el pan hasta no meterse en el foco de la peste”. Se refería Galdós a la búsqueda de la miseria, el sacrificio y del dolor que el padre Nazarín, seguido por sus dos féminas compinches Ándara y Beatriz, tenía como (¿quijotesco?) objetivo en la vida: “vamos tras el dolor para aplicarle consuelo, y cuando se anda entre dolores, algo se ha de pegar. No corremos en busca de placeres y regocijos, sino en busca de miserias y lástimas”.

Un detractor de Bergman (incluso de Buñuel, en un mal día) le podría echar en cara al maestro sueco justamente ese perfil, ese ir, cinematográficamente, en pos del dolor, ese meterse en el foco de la peste, no la peste en sí, pero sí los entresijos más amargos por los que pasan, sufriendo como perros, las personas.

Así es en Sueños, otra preciosa y modélica película de Bergman, felizmente derivada del sobrio teatro de las sabias gentes escandinavas, obra en la que Bergman, sin piedad ni paños calientes, pone a sus dos protagonistas femeninas (la deliciosamente joven Harriet Andersson y la poderosamente frágil Eva Dahlbeck) al pie de los caballos de la cruda realidad, tras haberlas asomado al balcón de la felicidad, una ensoñación que las iba a convertir en princesas por un día, acaso por el resto de la vida... Sueño que se rompía en mil pedazos, que se quedaba en sueño, en un imaginar despierto, un puñetazo en la nariz, un asombroso espejismo (los personajes masculinos no salen mucho mejor parados).

De ilusión también se vive y, como escribió Bourdieu, la existencia de la ilusión no es ilusoria, aunque la ilusión en sí, sí lo sea. Nos hacemos ilusiones y alcanzamos el precipicio de la placentera estabilidad y resulta que ni hay puente para cruzarlo ni tenemos alas para volar y, encima, el príncipe se convierte en rana y, como un latigazo, volvemos a poner pie a tierra (tantas curas de humildad), para tropezar con la misma piedra otras mil veces si hace falta... Todo con tal de conservar la esperanza incierta, la ilusión a veces casi materializada de ser felices aquí y ahora, en la salud, el dinero y el amor, sobre todo en el amor.

Y es que somos poca cosa, subjetivos somos y esclavos de nuestras percepciones, con esas dudas perpetuas que tan bien expresaba Nazarín (sesenta años antes de Sueños), ya en sus últimos momentos, cuando el pobrecito deliraba por la noche y dudaba al modo de cualquier vanguardia seria:

 

Lo verdadero, ¿dónde estaba? ¿Dentro o fuera de su pensamiento? ¿Los sentidos percibían las cosas, o las creaban?

 

Inmenso Bergman, seguramente el director más inteligente (no el mejor, señalo), Inteligente con I mayúscula, que en el mundo ha existido. Una inteligencia abarcadora, señorial y total, capaz de apuntar con sus tétricos, lúcidos y generosos dedos a los vivos y los muertos, a placeres y dolores, a la ilusión del “carpe diem” y al más dura será la caída: el despertar o la muerte.

Aunque claro, hoy a falta de cualidades objetivas, todo se ha de cuantificar y, si le damos credibilidad a esa cosa más que sospechosa llamada “coeficiente intelectual”, una señora llamada Doda Elektroda, cantante polaca de 23 años, es una de las personas más  inteligentes del mundo (coeficiente de 156, a cuatro de Einstein). La chica, gracias a tan desarrollado intelecto, ha destacado en un “reality show” polaco “por mostrar sus dotes amatorias en directo, al esperar desnuda -y cubierta de nata- sobre una mesa a su entonces prometido” (ésta y las otras citas de El Mundo/ La Crónica de León, diciembre de 2007, reportaje de Isabel García).

Lleva conseguidos tres discos de oro y platino, habiendo sido la líder de un grupo pop “a lo Britney Spears”, por lo que fue elegida “peor cantante del año”, por los medios “más alternativos del país” (se adivina que los únicos con cierto criterio). Además ha salido varias veces en la portada de la revista humanista Playboy, su último disco se llama “Puta de diamante” (“Diamond Bitch”), presenta un programa de coches en un canal televisivo, hace versiones de “Like a Virgin” de Madonna y su gran sueño sería, nada menos, representar a su país en el Festival de Eurovisión (desde luego, como señaló majaderamente Einstein, todo es relativo, también las cantidades industriales de estúpida inteligencia).

Y ofrezco un segundo apunte en las antípodas de Bergman (de elmundo.es, diciembre de 2007, agencia Reuters), por aquello de relativizar el mundo de la cultura, ¡todavía más!... La última masacre sangrienta acaecida en los EEUU (ese aún modelo de unidad, democracia y progreso para los liberales en economía y conservadores en temas sociales), esta vez se debe a un chico de 19 años, que asesinó a ocho personas (e hirió a varias otras) en un centro comercial en Nebraska.

El chico, hay que entenderle, había sufrido una vida durísima (que se lo cuenten ineptos como ese a mis abuelas, pobriñas, que en paz descansen); imaginen: sus padres se divorciaron cuando él tenía tres años (¡oh, novedad!) y, para más inri, había perdido el trabajo y la novia (¡oh, el horror de Conrad!), vamos, que hay que congratularse, pues lo raro, frente a tales catástrofes sin solución, es que no hubiese hecho uso de armas de destrucción (más) masiva... Aunque acaso no las utilizó porque (como Irak antes y después de la guerra) no las tenía... Pero sí presumía de poseer un modelo de rifle ruso, así que, contando con tan simpática y funcional arma de fuego, y conocedor del único uso razonable que se le puede dar a una herramienta de esa condición, era lógico que se decidiera a acabar con la vida de varios seres humanos y con la suya propia, no sin antes escribir en una nota: “Soy una mierda, pero ahora voy a hacerme famoso”.

Enhorabuena, Mr. Warhol, a quien idolatran los turistas del espectáculo en cientos de ceremoniales paredes y reverentes páginas. Y los valiosos, pacíficos, luminosos, contradictorios y profundos Bergman y Galdós, mientras tanto, en las catacumbas de la cultura (periódicos, televisiones, revistas), si bien algunos, y aquí me pondré torete, seguimos soñándoles despiertos, intentando evitar (no siendo fácil) el contacto con los warhols, elektrodas y rifles del mundo (tres armas de destrucción cultural masivas).  Evitando así los idiotizantes botes de sopa, los fraudulentos coeficientes y, desde luego, los odiosos gatillos, elementos todos prestos a celebrarse a sí mismos, con la tristísima complicidad de una nube de curiosos (y algún que otro pillo disfrazado de nihilista compulsivo) dispuestos, en cualquier momento y lugar, a poner fin al tedio de sus vidas cargándose de razones en quince minutos de fama a cualquier precio.