BECKER Jean (1938-_)

Dialogue avec mon jardinier (Conversaciones con mi jardinero) (2007: 9.0)

Sin la maestría de su papá, el gigante Jacques Becker (es gigante, y no cabezudo, quien ha firmado obras como La evasión, París, bajos fondos, Los amantes de Montparnasse o Calle de la Estrapada), careciendo de su sutileza compositiva, del febril trasfondo romántico y de la pureza en las caracterizaciones, lo cierto es que Conversaciones con mi jardinero me ha conmovido y, por eso, ya que no es una emoción que se despierte (la conmoción) tan a menudo, me ha parecido una obra fabulosa. Casi una obra maestra: no lo es, precisamente, por la falta de discreción de Jean Becker, que no supo prescindir de tres o cuatro flash-backs innecesarios, que no quiso librarnos de una voz “en off” que nos recordaba lo que había dicho el personaje en cierta ocasión… En fin, son fallas graves pero que en absoluto ensombrecen las cualidades naturales y humanas de esta obra francesa contemporánea nuestra (en España somos incapaces de tales hazañas: acaso un Cesc Gay inspirado podría acercarse…).

Algo que me toca, me desconcierta y me deja K.O. desde el inicio es la ausencia de objetivos aparentes en la película. Los dos protagonistas, los asombrosos actores Daniel Auteuil y Jean-Pierre Darrousin, no destacan por nada maravilloso. El primero es un pintor de desnudos y paisajes, un burgués con éxito que vende sus obras antes de haberlas pintado, un tipo que se separa de su esposa, harta de sus cuernos con algunas jóvenes modelos. El segundo es un jardinero simple y escasamente articulado; es bueno en lo suyo pero el resto le importa un carajo; siempre se va a los dos mismos lugares vacacionales, cada año, con su santa esposa. No es un personaje especialmente atractivo ni dice frases profundas, menos aún pomposas o metafísicas. Es un tipo básico que va al grano, pudoroso como muchas gentes del campo, con un sentido de la decencia y la justicia nada engolado pero sí indiscutible.

Pues bien, las conversaciones entre ambos personajes, captados de manera admirable por Becker y la fotografía de Jean-Marie Dreujou, enhebran una amistad fortalecida por la naturaleza muy viva de los huertos, inspirada en una antiquísima camaradería (en el colegio), emotiva en lo que tiene de toma y daca entre un personaje exitoso pero inseguro (Auteuil) y otro humilde, ignorante y feliz (Darrousin). Ambos aprenden durante el transcurso de la historia, nada demasiado grande o irrebatible, pero sí pequeñas cosas que le ayudan a uno a poner los pies en el suelo y que, acaso, le sugieran al otro que hay más mundo más allá de una lozana berza.

La película es una delicia de plenitud paisajística y de situaciones cómicas, una delicia también porque, al menos, este espectador no podía intuir al principio de la misma hacia dónde nos iba a llevar: ya que, repito, parecía que las escenas, en sí mismas o sumadas (al menos hasta la mitad), no tenían un objetivo, un énfasis aclaratorio. Uno se relajaba en un fluir de la vida dichoso y sin rimbombancias, ajeno al progreso obligatorio, el crecimiento perpetuo y demás dogmas idiotizantes del presente.

Esto es cine del siglo XXI, un cine que me gustaría desligar de otro tipo de séptimo arte contemporáneo, ese que te obliga a “leer sobre las intenciones del artista y sobre lo que hace… antes”. Leer en textos que “nos aconsejan lo que debemos sentir ante ella…”. Ante la película: son palabras del escritor turco Orhan Pamuk a propósito de la Bienal de Venecia (El País, agosto de 2009, “Yo también he estado en la Bienal de Venecia”).

Éste es un cine para todos los públicos de todos los países: uno termina siendo mejor persona al final, estoy convencido. No se puede (¡cuidado, autor!) sobrevolar en exceso sobre las cosas y personas que podríamos tocar, oler, paladear. No es necesario contar con ambiciones fatuas: la felicidad no está en el futuro imperfecto sino en el presente que se nos escapa. La sabiduría no radica necesariamente en conocer la obra de Cézanne, en distinguir a Mozart de Verdi o en disfrutar de los vinos más famosos, sino en apreciar la valía de una rutina tranquila, armónica y estable que dé sentido a cada momento que vivimos. Y a cada fotograma que paladeamos, que olemos, que casi tocamos con los ojos.