BERGMAN Ingmar (1918-2007)

Törst (La sed) (1949: 7.5)

El primer y jovencito Bergman ya estaba preocupado, por no decir otra cosa, por cuestiones en torno a la infelicidad existencial, las perturbaciones de la vida en pareja y el choque entre el preferible “carpe diem” y las obligaciones sociales que se contraen, casi como sin querer, sin comerlo ni beberlo. Qué sed: es el cine de Bergman.

La película contiene, en su principio, raptos de vitalidad hedonista dignos del mejor Bergman, el de Mónica y las fresas, el del interludio veraniego y la sensualidad juvenil. Se adivinan elementos de Un verano con Mónica, en efecto, y también de El silencio, con ese recorrido en tren tras cuyas ventanillas divisamos el horror de la guerra, gente hambrienta y siluetas siniestras de edificios derruidos; lo que Rossellini contemplaba de cara y sobre la tierra Bergman lo vela pero sugiere desde el compartimento de un tren donde dos enamorados se hacen sufrir y sienten que se necesitan pero no se aguantan. Te querré siempre, según Rossellini. Te aguantaré siempre, según Bergman.

Bergman atado a su tradición teatral pero sólo relativamente, ya que relanza el relato a golpe de planos cercanos, en busca de la máxima función expresiva del encuadre, para que el espectador del cinematógrafo obtenga otras perspectivas, mayores instantáneas de los protagonistas haciéndose sufrir. Por cierto: a veces da la impresión de que los personajes de Bergman se complican la vida porque sí. O que reflexionan demasiado (no sobre el mundo) sobre ellos mismos. Pero, claro, si no fuese así no tendríamos una película de Bergman sino, quizás, de Mariano Ozores, Steven Spielberg o Joe D’Amato.

“Nunca preguntes si te quieren”, le dice él a ella. ¡Esto es Bergman, señores! Un Bergman acaso algo rígido en la secuenciación de escenas, seguramente algo repetitivas (sin exprimirlas lo suficiente), a lo mejor un Bergman aún aprendiz pero un colosal aprendiz.

Escenas de pareja, mujeres al borde de un ataque de nervios, el hombre en el límite del asesinato, ¿pero qué les pasa a los suecos de Bergman? Les pasa que sentían a flor de piel la confrontación entre individuo y sociedad, entre realidad y deseo, entre sueños y pesadillas. Les pasa que están a las órdenes de Bergman (un pensador, un teólogo, un sociólogo, un psicólogo), no de Comencini ni de Lazaga, tampoco de Wes Anderson o Jess Franco.

Hay momentos en el tren, escenas entre él y ella, informales, crueles, jóvenes, sensuales, que recuerdan imágenes de Godard, incluso de Rohmer, claro que los franceses nunca se dedicarían a escarbar tanto en las raíces del escozor vital.

La sed es cine adulto dirigido por un joven y protagonizado por actores jóvenes. La sed bergmaniana consiste en enfrascar a sus personajes en relaciones que no les convienen y en satisfacciones que, a medio plazo, no les conducen a la felicidad. Habrá que repetirlo: no hay felicidad para Bergman, sólo raptos, retazos, recuerdos, instantes, días de verano.

En La sed, en todo caso, uno se queda con la sensación de que es un film (pese a imágenes estupendas, sobre todo las pre-Godard y las pro-Rossellini) al que le falta un punto más de sal, más enjundia narrativa y una o dos escenas más y le sobra algún énfasis en los diálogos y un excesivo rictus de desgracia sin desgracia real. Hombre, tampoco es que Törst avance Gritos y susurros (la película de Bergman que menos me gusta), eso no, pero sí es cierto que termina la película de Bergman y uno se abalanza con ganas sobre un vaso de agua, por si acaso.