BERGMAN Ingmar (1918-2007)

Vargtimmen (La hora del lobo) (1968: 9.0)

La hora del lobo, fotografíada por el eminente Sven Nykvist, montada misteriosamente por Ulla Ryghe, con fantástico diseño de producción de Marik Vos. Protagonizada por el gigante Max Von Sydow, acompañado de la deliciosa Liv Ullmann y la perfecta Ingrid Thulin.

Vargtimmen, dirigida por el señor Ingmar Bergman. Seguramente el más grande entre los grandes. Cada día va a más, en mi particular canon cinematográfico: siempre me apetece ver una película de Bergman. Siempre encuentro aspectos imprevisibles. Siempre dudo sobre cuál es su estilo auténtico, aquel núcleo más despojado que uno querría aislar tras quitarle a la flor (la película) todos sus pétalos. ¿Con qué se queda uno, sin los pétalos? ¿O será que lo más bonito de la flor “son” sus pétalos? No sé, no sé.

Me quiere. No me quiere. Bergman me quiere.

Film de terror: paranoico, obsesivo, de gran inventiva visual.

A ratos, casi lynchiano, Terciopelo azul, Carretera perdida. En una isla siniestra.

Adelanta preocupaciones psicológicas y hasta sociales (en su horror) de Haneke.

Bebe Bergman en Welles (El proceso, etc.) y en Hitchcock (Psicosis, etc.). ¿Bebieron Hitchcock y Welles en Bergman? Es muy posible: quién no tuvo nunca sed del universal sueco.

El Weekend (Godard) de Bergman, posiblemente (ese mónologo sensual y resignado y resistente y morboso de Ullmann): un límite, un exceso, hasta aquí hemos llegado, una incomunicación con el mundo (el íntimo y el exterior), una frustración. Un horror.

El Drácula de Lugosi, otra referencia asombrosa de La hora del lobo.

Un Bergman alucinante, experimental (imágenes y sonidos nunca vistas, oídos), la película que más se asemeja a Persona, seguramente: el Bergman menos preocupado por el teatro y más comprometido en conseguir el plano más artísticamente expresivo.

Ese hombre torturado, Von Sydow; esas mujeres lascivas o generosas, esos tipos bizarros (como apariciones infernales) que acosan. La pareja atrapada en una especie de Cul-de-sac menos divertido que el de Polanski, sin duda, igual de amenazador, no obstante, expuesto con sutil Repulsión.

Bergman rechaza casi cualquier atisbo de realismo y se embarca en la ola surrealista, terrorífica, excesiva en sus anhelos (pero no en sus estrategias y construcción fílmica: Bergman siempre posee una pausa y un freno distinguidos).

Esbelto e irregular film de amenazas consumadas o no. Película (otra más) indestructible y, la verdad, bastante indescifrable: importa más quedarse anonadado observando fotograma a fotograma cómo el genio de Bergman se desarrolla y se adapta, se transforma, casi nos avasalla. Un Bergman capaz de todo, en estado de gracia permanente, un dios del cine. O Dios en la Tierra, sin más.