GODARD Jean-Luc (1930-_)

Weekend (Weekend) (1967: 10.0)

La dictadura del tránsito, o del tráfico de coches, o de la circulación de automóviles. La dictadura como producto de la libertad, de la libertad entendida así: yo compro lo que quiera. La invención de la ciudad, como principio de organización, cumbre de la civilización occidental: la ciudad convertida en cementerio y caos, en atasco y grito, en algarabía y agresividad, en supermercado, basura y chapuza. Esa ciudad es inamovible, las reglas son no-intervencionistas, que cada cual se las componga. Pero eso no es verdad. Lo que uno quiere es poseer cosas, obtener la independencia que da la total dependencia de la ciudad. En España un promedio de 4.000  personas mueren al año en accidentes de automóvil. Seres humanos, españoles la mayoría, asesinados por coches, conducidos a su vez por otros humanos, la mayoría españoles. Y esto es normal, está asumido como la lluvia en abril. Pues es un riesgo conducir, ya sabes, y un año el índice de cadáveres sube en un 5% y al siguiente baja un 10%, ¡buenas noticias! Mas nadie pone en duda, no la estadística mala o buena, sino la magnitud, el hecho en sí de que los coches maten tanto como el cáncer, el tabaco y el sida. El hecho no se discute porque el coche se ha impuesto como elemento obligatorio en el día a día, en la convivencia de la ciudad. No hay límites en las urbes, de ahí los atascos monumentales, también en las afueras, los enfados grotescos, la irritación generalizada; los cientos de muertos. Si algún alcalde o político prohibiera o restringiera la circulación de coches por la ciudad, se le echarían encima los brutos de turno (y casi toda la ciudadanía). Hemos incorporado un estrepitoso malentendido: la libertad sin respeto ni sentido colectivo, el yo hago lo que quiera por encima del bienestar común. Ese político perdería las siguientes elecciones, y con eso no se juega. Nada de perder posición y privilegios. El poder, los poderes, son lo primero, qué importa el resto. Y alimentamos a tantos salvajes: que se emborrachan antes de conducir y estrellarse, matándose a sí mismos o matando a los demás. Y tantas almas atolondradamente progresistas comprenden a estos asesinos sin grandeza. Dicen: pobre chico, se pasó un poco con el whisky, le podría haber pasado a cualquiera. Pero esos son criminales, esos alcoholizados y eufóricos que beben y conducen y se estrellan el fin de semana. En inglés y francés decimos Weekend (1967: obra maestra).

Marzo de 2005: uno de mis estudiantes de español intenta jugármela. Es uno de esos tipos que dirigen 200 empresas desde su oficina (eso dijo), uno de esos que ganan más dinero del que pueden contar. Uno de esos ignorantes absolutos para los cuales el mundo está hecho a su imagen y semejanza. Ellos son el mundo y por sus estándares los demás ladramos, cabalgamos. Este estudiante, de 40 años (un ganador), me debe 150 míseros euros por unas clases que impartí en su empresa. Acordamos que me pagaría al final de cada semana pero hubo sólo una semana. Canceló una lección sin avisarme y no he sabido más de él. Llevo detrás del tipo, a ver si me da lo que es mío, desde hace un mes y medio. Le llamo, le dejo mensajes, hasta le he dado mi dirección, para que me envíe de una vez el dinero por correo. Hoy ya no he podido más y el mensaje de voz que le he regalado ha sido claro y sin eufemismos, grave, semi-amenazante. Otra semana ha transcurrido y el tipo no me paga. No tengo con él contrato alguno, no puedo probar, ante la ley, que él es culpable, que él es un criminal, un explotador. WEEKEND. En mi anterior casa tres polacos se aprovecharon de la dimisión simbólica de la casera y decidieron hacer fiestas todas las noches. No me permitían dormir y hacían propaganda fascista. La casa era suya y la dueña sólo quería el dinero. Al final tuve que irme yo. ¡Más explotación! Los que alcanzan una posición de dominio intentan despedazar, sutil y legalmente por supuesto, a los demás, dominados. Conozco bien algún departamento universitario español. Allí los amiguismos y enchufismos sustituyen cualquier otro tipo de mérito personal o relación profesional. Ahí tenemos otra explotación legal, muy admirada. GODARD, por el contrario, es un libertador, un francotirador como el actor J. Stewart en las películas.

1967. Weekend. Conmoción del cine y fin del cine. Ahora Eastwood y algunos otros virtuosos morales construyen ficciones poderosas que no son (directa o inconscientemente) favorables a la explotación y deriva en que vivimos. Hay gentes valiosas por aquí y por allá, varios franceses como Guédiguian y Assayas (muy criticados porque reflejan contundentemente el mundo), Erice o Guerín, Leigh; otras gentes en varios sitios de Europa, Irán, Japón, China, no conozco a tantas. Mucho cine se acabó en Weekend. No es simplemente un film importante de los años sesenta. Es una radiografía terrible, una premonición, vista hoy, aún más terrorífica. Es una obra sobre y contra las explotaciones, contra el Occidente que entre los EEUU y nuestra propia ceguera se ha ido imponiendo al no-Occidente y al otro Occidente que quizá nunca existió, pero que podría haber tenido o aún tener la justicia, la libertad y la igualdad como axiomas inquebrantables. Godard, moralista, lo quebranta todo en Weekend. Su enfado es gigantesco, su irritación es cómica y desenfrenada. Ah, anuncia y da cobertura a algún terrorismo no enteramente injusto que, por desgracia, ha desembocado en pijo-terrorismos que dan alas a los garantes de la seguridad y la paz (es decir, la guerra) en Occidente: esto es, a empresarios, banqueros, inmobiliarias, mayoría política, ejércitos, jeques, jefes, directores de marketing, publicistas, jetas de multinacionales, petroleras y audiovisuales. El triunfo del Consumo-A-Toda-Costa y Por-Encima-De-Todo es tan evidente ahora mismo como evidente es la derrota de Weekend y de Godard.

Sin embargo, y pese a la parcial derrota, Weekend es una obra grandiosa, quizá la más grande del cine y por tanto del siglo XX cultural (artístico y combativo). Es la afirmación y la destrucción del cine. Una película de terror, sarcasmo infinito e inhumanidad, que critica su Francia y su momento y todos los demás países occidentales y todos sus momentos. Pero crítica es una palabra suave. Esta película, más que criticar, quiere destruir; mediante una descripción metafórica que se convierte en batalla. Weekend convoca la perdición que consume a buena parte del cine, vendido al mejor postor. La perdición de buena parte de la sociedad, rendida al Dinero. El triunfo de los poderes económicos y burocráticos, única ideología realmente ganadora, que se enriquecen y que esclavizan y que provocan la rendición de los explotados, que han dimitido de cualquier responsabilidad, fraternidad o agresividad contra esos poderes. La agresividad, por contra, la disparamos contra nosotros mismos. Es la victoria del Occidente ignorante, grosero, revoltoso, especulativo. Weekend es una joya que debería mostrarse y explicarse, o más bien introducirse en las universidades (incluso a escondidas, por sus catacumbas), pero aún más. Weekend es una acción que nos moverá a movernos, a no callar ante las groseras injusticias flagrantes, ante los sistemas que se piensan inmunes (los pequeños o grandes subsistemas que organizan el mundo, corrompidos por el dinero, el ansia de poder y la ausencia de una moral radicalmente presente en Weekend). Weekend es el ritmo de la imagen liberadora, un Buñuel multiplicado por cien, un Samuel Beckett caníbal, acaso la renuncia al pensamiento humanista (que en 1967 no servía). Weekend va contra todo pero, como todo Godard, es una desabrida y perturbada declaración de amor al mundo y al cine. Weekend es el cine más radical jamás hecho (Tarkovsky tortuga, Spielberg zorro, Tarantino babosa, Oliver Stone lagarto, Jeunet peluche, Luhrman buitre...).

Si yo ahora, como una centella desalmada y justiciera, acudiese a la empresa del tipo que me debe dinero (que sabe que tiene las de ganar porque no puedo probar que me debe dinero); en fin, si yo voy a su edificio y hago unas pintadas o le suelto una bofetada al impresentable, seré culpable y terminaré en la cárcel; como si voy a mi antiguo y corrupto departamento universitario y lo quemo; como si le rompo las costillas a los polacos que me hicieron la existencia imposible. Caería yo en la ilegalidad, el crimen, quién lo duda. Pero ahora estoy sumido en una mínima injusticia legalizada, una ensimismada frustración, una humilde impotencia; qué hacer, qué hacer: como se planteó Godard en 1967, con sus medios, irreverencia y sus miedos. Godard siempre se planteó y se plantea cómo podía y puede estar a contracorriente, cómo podía y puede luchar contra los poderes y las injusticias, del cine y del no-cine. Su cine es inmaculado, el cine de un santo juguetón, un bufón moralista. FIN.

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