BRADBURY Robert N. (1889-1949)

The Star Packer (El que lleva la estrella) (1934: 3.5)

Sobran las palabras, pero cito un resplandeciente diálogo extraído del momento cumbre de El que lleva la estrella, entre la guapa Verna Hillie y el malo George “Gabby” Hayes:

 

-Ella: Mira, tío Matt, he decidido que no voy a vender, creo que me quedaré y lucharé.

-Él: Bien, admiro tu espíritu y, si esa es tu decisión, la acepto; pero el desayuno está preparado, tengo que ir a la ciudad.

-Ella: Adiós.

 

Esto desarma a cualquiera. Pero independientemente de las virtudes, escasas, del western The Star Packer, el penoso hecho de que algunos sigan defendiendo el doblaje como “arte necesario”, sin llamarlo hábito impuesto o, sin más, cloroformo a domicilio, sólo da cuenta de la propia posición de esos “algunos”: o viven del doblaje o el cine les importa un carajo.

Aunque, en este caso, sobran las palabras. Probemos: quitamos el volumen y nos enfrentamos a la película sin sonido. Y es que esta obra de 1934 (asombrosamente a años luz de otras apuestas del mismo año mil veces más cuidadas, plenas y artísticas: Of Human Bondage de Cromwell, The Man Who Knew Too Much de Hitchcock, por no hablar de propuestas superiores  como L’Atalante de Vigo...) está tan apoyada en (necesitada de) el cine mudo, que pareciera que las palabras habladas fueron un relleno o añadido forzoso, una imposición de aquellos productores. Quizá sea que en esa época los actores y actrices ya estaban obligados a hablar “en pantalla”, por narices y, claro, guionistas y realizadores se veían en la tesitura de tener que escribirles unas líneas que, a todas luces, nada añaden: no más que información innecesaria o absurda que, oída hoy, provoca una beatífica sonrisa.

En fin, lo cierto es que en El que lleva la estrella, si somos rigurosos, casi sobran hasta las imágenes, pues se trata de una película plana e ínfima desde casi todos los puntos de vista. La narración rudimentaria, el dramatismo sin drama y la machacona música (ay, William Barber, quien seas...) así como de orquesta-karaoke (muy del cine mudo, por otro lado) hacen de este cine una rareza desopilante. Añadamos la existencia de un indio bueno y graciosillo (para que luego digan...), amigo y socio de John Wayne (Yakima Canutt, cuyo papel de escudero sería para Dean Martin dos decenios después, pero este último bebiendo alcohol y sin sonreír a los niños), unos toques de comedia loca, además de piragüismo en el río, brotes de terror y misterio dignos del Superagente 86, caídas del caballo rápidas y magníficas y aventura como si se parodiara sin parodiar (La princesa prometida, sin ser un western, y sí una bella película de humor y aventuras realizada medio siglo más tarde, utilizó conscientemente técnicas de ruido, música y hasta acción no muy disimilares a El que lleva la estrella, acaso como homenaje a aquel tipo de cine ingenuo e hilarante).

Por otro lado, un jovencito John Wayne ensayaba la trama de Río Bravo (1959) sin acompañantes técnicos o artísticos que estuvieran a su altura. En aquel momento aún no sabía, pues hubo de esperar cinco años a John Ford y La diligencia (1939), que se podían y debían realizar filmes del Oeste serios, profundos y complejos.

Pero The Star Packer era y es un simple divertimento de 55 minutos, apenas un largometraje que, supongo, haría las delicias de los chiquillos por aquella época. A todo esto, el espectador contemporáneo masculino, curioso y sin prejuicios (al femenino o al masculino con prejuicios ni se les ocurriría ponerse delante de la pantalla a presenciar un barato y antiquísimo western que cuesta un euro en el quiosco de la esquina), apenas se entretiene (es preferible hacer otra cosa al mismo tiempo, como corregir exámenes o cortarse las uñas) con esta muestra de raquítico cine. Su único atractivo radica, hoy, en regocijarnos con el sabor “kitsch” y “naif” de serie B (¿o es Z?) que solían contener las películas del Oeste en los inicios del sonoro, cuando se andaban pulimentando las estrategias narrativas, los procedimientos dramáticos y las interioridades psicológicas. Y si añado algo más será para admitir una rémora existencialista: sobran todas las palabras que acabo de escribir.